La escuela abre, pero el maestro hay que buscarlo fuera

Matanzas

Las familias matanceras pagan hasta 300 pesos semanales a repasadores ante la inestabilidad del claustro y la reducción de los horarios docentes

En el Centro Escolar Mártires del Goicuría, en la ciudad de Matanzas, faltó el timbre por estar en apagón.
Centro Escolar Mártires del Goicuría, en la ciudad de Matanzas, este martes. / 14ymedio
Julio César Contreras

02 de septiembre 2026 - 09:34

Matanzas/A las ocho de la mañana de este martes 1 de septiembre, en el Centro Escolar Mártires del Goicuría, en la ciudad de Matanzas, faltó uno de los sonidos más asociados al comienzo de las clases: el timbre. No hubo electricidad para hacerlo sonar. Los alumnos fueron llegando a cuentagotas. Algunos todavía con el cansancio del apagón nocturno, acompañados por padres que cargaban mochilas, pomos con agua y, sobre todo, preguntas.

En la amplia entrada del antiguo cuartel militar tampoco había banderolas, tribuna ni cartel de bienvenida. Frente a las puertas blancas, los uniformes rojos y blancos de los niños daban algo de color a una mañana bastante menos festiva de lo habitual. Los adultos conversaban sobre un asunto que parece haberse incorporado definitivamente a la economía familiar: cuánto cuesta un buen repasador y quién, entre los maestros particulares de la zona, todavía tiene matrícula.

Damaris buscaba respuestas más elementales. Su hija comienza tercer grado y la semana anterior, cuando fue a rectificar la matrícula, nadie pudo decirle qué profesor estaría frente al aula. “Ya ese relajo viene desde el curso pasado”, lamenta. La niña pasó unos tres meses y medio sin maestro fijo y, según su madre, solo la ayuda de una pedagoga jubilada que la repasaba de lunes a viernes evitó un atraso mayor.

Algunos todavía con el cansancio del apagón nocturno, acompañados por padres que cargaban mochilas, pomos con agua y, sobre todo, preguntas.
Algunos todavía con el cansancio del apagón nocturno, acompañados por padres que cargaban mochilas, pomos con agua y, sobre todo, preguntas. / 14ymedio

Desde que la pequeña comenzó primer grado, Damaris y su esposo han asumido ese gasto como un sacrificio imprescindible.

Otro abuelo llegaba tomado de la mano de su nieto después de cruzar el semáforo apagado de Versalles. Tres de sus descendientes han estudiado en el Mártires del Goicuría y asegura haber visto deteriorarse la estabilidad del claustro. Su nieto, incluso, dice entender mejor al repasador particular que a la maestra.

El hombre paga 300 pesos semanales. “Vale la pena. Con él los muchachos aprenden, mientras que aquí están viniendo la mayoría de las veces media sesión, y mal aprovechada”. El maestro particular no solo repasa las asignaturas: ayuda con trabajos prácticos, atiende individualmente las dificultades y hasta imparte nociones de educación cívica y formal.

En los muros del edificio sobreviven algunos impactos de bala de otros tiempos. Ahora las heridas son menos visibles: escasez de docentes, horarios reducidos y familias que desconfían de que la escuela pueda garantizar conocimientos elementales de lectura, ortografía o Matemáticas sin ayuda externa.

“Esta se la voy a mandar a la tía, que fue la que le compró el uniforme en Hialeah”.
“Esta se la voy a mandar a la tía, que fue la que le compró el uniforme en Hialeah”. / 14ymedio

“En el Noticiero, la ministra de Educación habla muy bonito, pero en la concreta hasta los educadores que ella dirige están cansados de tanto discurso que no se refleja en el salario mensual”, protesta Dayana, madre de una alumna de sexto grado.  

También busca repasador. Ya llamó a dos, pero ambos tienen la matrícula completa. “Esto no es fácil”, resume.

Alrededor de la escuela Mártires del Goicuría continúa el trasiego. Las madres llegan con sus hijos de la mano, otros niños avanzan con mochilas que ya sobrevivieron al curso anterior y algún padre aprovecha para hacer la inevitable foto del primer día. “Esta se la voy a mandar a la tía, que fue la que le compró el uniforme en Hialeah”, comenta una de ellas orgullosa en voz alta ante el impecable color blanco de la camisa de su hijo que entra en preescolar. 

Han pasado varios minutos de las ocho. No hay himnos ni consignas. El timbre sigue mudo. Para muchas familias matanceras, el nuevo curso comienza así: con la escuela abierta, pero buscando fuera de ella al maestro que garantice que sus hijos aprendan.

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