La Habana vende lástima a cuatro congresistas demócratas de visita en Cuba

Cuba-EE UU

El régimen aprovecha las diferencias naturales de la democracia estadounidense –sus partidos y sus cálculos electorales– y los echa a fajar

Mark Pocan, Delia C. Ramírez, Teresa Leger Fernández y Maxine Dexter, recibidos por Miguel Díaz-Canel justamente el 11 de julio.
Mark Pocan, Delia C. Ramírez, Teresa Leger Fernández y Maxine Dexter, recibidos por Miguel Díaz-Canel justamente el 11 de julio. / Facebook / Miguel Díaz-Canel
Yunior García Aguilera

15 de julio 2026 - 16:27

Madrid/La Revolución cubana ya no presume de hospitales, escuelas, ballets ni logros deportivos. Ahora enseña apagones, basura acumulada, escasez de medicinas y migración masiva como si fueran argumentos a su favor. La miseria, con el encuadre correcto y un canciller como Bruno Rodríguez –consigliere del castrismo desde hace más de 17 años, siempre listo para convertir cada desastre propio en crimen ajeno–, puede convertirse en un producto diplomático demasiado sofisticado para los novatos. 

Eso fue, en esencia, la visita a Cuba de los congresistas demócratas Mark Pocan, Delia C. Ramírez, Teresa Leger Fernández y Maxine Dexter, recibidos por Miguel Díaz-Canel justamente el 11 de julio, en medio de un viaje oficial que se extendió del 9 al 13. El régimen habló de una relación “respetuosa” con Estados Unidos y de las “potencialidades” de una eventual normalización, mientras sus invitados regresaron a Washington pidiendo a la Administración de Donald Trump levantar sanciones y abrir “negociaciones serias e integrales” con La Habana.

La escena tiene algo de remake tropical de La Entrevista, aquella sátira en la que Kim Jong-un intenta seducir a periodistas estadounidenses con efectos de utilería y una puesta en escena milimétrica. Solo que en la versión cubana no hay niños regordetes posando ante una abundancia de papier mâché, sino un país entero colocado bajo la luz correcta para parecer víctima exclusiva de la maldad del Norte. 

Los congresistas dijeron haber escuchado a religiosos, empresarios, médicos, agricultores, organizaciones civiles y grupos humanitarios. La lista, impecable en apariencia, revela sobre todo lo poco familiarizados que parecen estar con los filtros de La Habana, experta en fabricar una sociedad civil de escaparate, dócil, autorizada y convenientemente agradecida; una sociedad servil que responde menos a los intereses de los cubanos que a las necesidades del régimen. 

La escena tiene algo de remake tropical de 'La Entrevista', aquella sátira en la que Kim Jong-un intenta seducir a periodistas estadounidenses con efectos de utilería

Tras ese recorrido, aseguraron que la población cubana está siendo “estrangulada” por las órdenes ejecutivas y las sanciones de EE UU, y que las políticas de Washington “matan” a cubanos comunes cada día. 

El problema no es que hayan visto sufrimiento. El sufrimiento está ahí, a la vista de todos. El problema es que parecen haberlo mirado exactamente por el estrecho agujero que les ofreció el régimen. No se sabe que hayan visitado a familiares de presos políticos, periodistas sitiados, opositores bajo vigilancia, madres de jóvenes condenados por gritar libertad o artistas a quienes el Estado trata como rehenes. 

En teoría, casi todos los políticos estadounidenses dicen querer una Cuba democrática y libre. La disputa está en el camino para llegar a ella, y se vuelve más áspera a medida que se acercan las elecciones legislativas, con unos partidarios de la distensión y otros convencidos de que solo una mayor presión puede forzar cambios.

Durante el deshielo de Obama, La Habana administró la supuesta apertura con cuentagotas: más cuentapropismo, más habitaciones de alquiler, paladares, cooperativas, compraventa de casas, algo de autonomía empresarial, más contactos con emprendedores y la promesa eterna de una economía “actualizada”. Del lado estadounidense llegaron embajadas, viajes, remesas, flexibilización bancaria, interés empresarial y legitimidad internacional; todo el oxígeno que el régimen necesitaba para sostenerse en el poder un poco más de tiempo. 

Bajo la presión de Trump, en cambio, La Habana ha puesto sobre la mesa lo que antes habría denunciado como herejía capitalista: 176 medidas, banca privada o semiprivada, mercado cambiario digital, entrada de capital privado y extranjero, compra de acciones en empresas estatales, liquidación de compañías públicas inviables, comercio exterior sin intermediación estatal, contratación libre, inversión de cubanos en el exterior, venta de propiedades estatales a nacionales y extranjeros y usufructo de tierras por tiempo indeterminado. La conclusión no es que la presión democratice automáticamente a una dictadura, sino que parece ser más eficaz que el oxígeno gratuito. 

Para Rubio, hijo político del exilio cubano de Miami, Cuba es un tema íntimo, algo que uno de los cuatro visitantes demócratas le reprochó al decir que estaba actuando de forma “personal y no profesional”

La coartada migratoria que usan los congresistas demócratas tampoco resiste bien la cronología. La mayor estampida cubana de los últimos tiempos no se produjo bajo la nueva política de Trump, sino durante la Administración de Biden. En un solo año, entre octubre de 2021 y septiembre de 2022, las autoridades estadounidenses registraron cerca de 225.000 cubanos en la frontera con México, una cifra que, sumada a los más de 6.000 interceptados en el mar, superó con creces el Mariel de 1980 y la crisis de los balseros de 1994. En los dos años siguientes, casi 425.000 cubanos llegaron a Estados Unidos. 

Tampoco el colapso económico nació con las sanciones de enero de 2026. El actual ministro de Economía, Joaquín Alonso Vázquez, reconoció que el PIB cayó un 1,1% en 2024, pese a que el Gobierno había previsto un crecimiento del 2%. De hecho, la producción nacional acumula un descenso del 15% desde el año 2020. 

Mucho antes de esta nueva ofensiva de Trump, Cuba ya venía arrastrando el desplome de 2020, cuando la economía se contrajo alrededor de un 11%, la anemia posterior de 2021 y 2022, y la chapucera reforma monetaria que terminó de disparar distorsiones, inflación y escasez. El dato más irónico es que una de las caras principales de aquel desastre, el ex ministro Alejandro Gil, acabó condenado a cadena perpetua por “espionaje” y a 20 años por delitos de corrupción, convertido por el propio régimen en chivo expiatorio de una ruina que fue colectiva, planificada y bendecida desde arriba.

El régimen vende lástima. Usa una catástrofe que él mismo ayudó a fabricar y la administra como alegato de inocencia

Tampoco dentro del equipo de Trump la Isla pesa igual para todos. Para Rubio, hijo político del exilio cubano de Miami, Cuba es un tema íntimo, algo que uno de los cuatro visitantes demócratas le reprochó al decir que estaba actuando de forma “personal y no profesional”. Sin embargo, para un J.D. Vance más encerrado en el catecismo del America First, Cuba importa menos como tragedia nacional que como ficha útil solo si afecta migración, seguridad o votos. 

La Habana sabe leer a Washington con oficio de viejo tahúr. A los demócratas puede venderles sufrimiento humano; al trumpismo más autárquico, una promesa mínima de orden migratorio; y a los sectores republicanos incómodos con Rubio, la insinuación de que Cuba no merece tanto gasto emocional ni tanta energía estratégica. 

La visita de los congresistas no revela ni la “crueldad de Trump” ni la “empatía” de los demócratas, sino la astucia de La Habana. El régimen vende lástima. Usa una catástrofe que él mismo ayudó a fabricar y la administra como alegato de inocencia. Pero, sobre todo, aprovecha las diferencias naturales de la democracia estadounidense –sus partidos y sus cálculos electorales– y los echa a fajar. A unos les entrega víctimas; a otros, provocación; a todos, el espejismo de que el problema principal de Cuba está en Washington y no en La Habana.

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