La intervención de Estados Unidos en Cuba: ¿es indeseable o es imprescindible?
Intervención
Un informe de Cuba Siglo 21 ve una similitud con la participación de Washington en la guerra contra España para derrotar la potencia colonial en 1898
La Habana/El historiador y ex diplomático Juan Antonio Blanco ha puesto sobre la mesa una pregunta que muchos cubanos prefieren evitar: ¿puede el pueblo cubano, empobrecido, vigilado y desarmado, poner fin por sí solo a un régimen que conserva el monopolio de las armas, la policía política, los tribunales y los medios de comunicación? Su respuesta es tajante. No puede. Por eso, sostiene, una intervención de Estados Unidos no solo sería deseable, sino imprescindible.
El texto, publicado por Cuba Siglo 21 bajo el título Intervención en Cuba: ¿indeseable, preferible o imprescindible?, busca romper el tabú que durante décadas ha convertido cualquier apelación a Washington en sinónimo de traición nacional. Para hacerlo, Blanco recurre al paralelo histórico de 1898.
En su lectura, los líderes independentistas cubanos tuvieron que escoger entre lo preferible y lo posible. Lo preferible habría sido derrotar a España sin ayuda extranjera. Lo posible, en medio de la reconcentración, la hambruna, el desgaste militar y la falta de apoyo latinoamericano, fue buscar la entrada de Estados Unidos en la guerra.
Blanco niega que exista hoy un proyecto anexionista real en Estados Unidos
Blanco recuerda que figuras como Máximo Gómez, Estrada Palma y otros dirigentes mambises gestionaron activamente esa ayuda, aun conscientes de los riesgos que podía implicar para la futura soberanía de Cuba. Desde esa comparación, el ensayo propone revisar la manera en que se juzga hoy a quienes piden apoyo externo para provocar un cambio político en la Isla.
Otro eje del texto es la discusión sobre los temores asociados a una posible intervención. Blanco niega que exista hoy un proyecto anexionista real en Estados Unidos y argumenta que Cuba, con una economía destruida y millones de ciudadanos empobrecidos, no sería una pieza atractiva para incorporarse como estado norteamericano. También presenta la Ley Helms-Burton como un marco que obligaría a transferir el poder a un gobierno elegido libremente por los cubanos.
Blanco imagina la intervención no como una invasión convencional, sino como una combinación de protestas internas masivas con ataques punitivos y quirúrgicos contra las fuerzas represivas
El ensayo deja abiertas varias interrogantes. Una de ellas es si la comparación con 1898 puede aplicarse plenamente al presente. Entonces existía un Ejército Libertador, una República en Armas y una dirección política capaz de actuar como interlocutora. Hoy hay oposición, exilio y descontento social, pero no una autoridad nacional reconocida que pueda solicitar formalmente una intervención y asumir después la conducción del país.
Blanco imagina la intervención no como una invasión convencional, sino como una combinación de protestas internas masivas con ataques punitivos y quirúrgicos contra las fuerzas represivas. Esa hipótesis plantea preguntas sobre los riesgos militares, las posibles víctimas civiles, la reacción del régimen y la estabilidad posterior.
También queda pendiente el debate sobre el día después. Una transición tendría que reconstruir instituciones, reformar tribunales, desmontar estructuras económicas controladas por los militares, garantizar seguridad pública, manejar archivos, atender reclamaciones de propiedad y convocar elecciones creíbles.
El valor del ensayo está en colocar sobre la mesa una discusión incómoda acerca del agotamiento de las salidas conocidas y la necesidad de pensar escenarios que hasta ahora muchos han preferido evitar. Como provocación política e histórica, el texto cumple su propósito. Su pregunta, sin embargo, queda abierta y es urgente: ¿cuánto tiempo más puede pedirse paciencia a una población que se está quedando sin futuro?