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Las mansiones del Vedado abren sus puertas, pero no todos sus secretos

Reportaje

Durante una jornada organizada por la Unesco, antiguos palacetes republicanos convertidos en oficinas estatales dejaron ver vitrales, mármoles, escaleras y zonas clausuradas

“Lo más duro es el contraste con el resto de La Habana, que se cae a pedazos”. / 14ymedio
Darío Hernández

31 de mayo 2026 - 09:03

La Habana/Lo primero que te piden antes de entrar no es silencio, ni respeto por el patrimonio, ni cuidado con los pisos antiguos. Es el carné de identidad. En la puerta de cada inmueble, un funcionario fotografía el documento de los visitantes, como si la visita a una casa patrimonial fuera también un trámite de control o la entrada a la Embajada del Pasado. Solo después de ese gesto, tan habitual en la Cuba bajo vigilancia y tan poco compatible con una excursión cultural, comienza el recorrido por varias mansiones del Vedado abiertas al público durante la Jornada de Puertas Abiertas organizada por la Unesco.

Había bastante gente. Familias, curiosos, estudiantes, vecinos que llevaban años pasando frente a esas fachadas sin poder cruzar el umbral. Algunos miraban fijamente hacia arriba, como si quisieran tragarse de un golpe las cornisas, los balcones, las columnas y las herrerías negras. Otros caminaban con la discreción de quien entra en una casa ajena, aunque esa casa ya no tenga dueño visible, sino siglas, custodios, oficinas y retratos oficiales de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. 

Las mansiones del Vedado abren sus puertas, pero no todos sus secretos

En cada inmueble esperaban alumnos y profesores de Historia del Arte, preparados para explicar molduras, vitrales, estilos, fechas y materiales. A ratos el recorrido parecía una clase viva de arquitectura republicana; a ratos, una excursión por el inventario de una riqueza privada convertida en patrimonio estatal. Las voces de los guías intentaban poner orden en la belleza, pero el visitante no podía evitar mirar también lo que no se explicaba.

“Lo más duro es el contraste con el resto de La Habana, que se cae a pedazos”, susurra un hombre mientras atraviesa uno de los salones. Afuera, la ciudad se desconcha, se apuntala, se derrumba o sobrevive remendada con bloques, zinc y milagros. Adentro, en cambio, quedan lámparas, escaleras generosas, patios interiores, jardines, techos altos, esa idea de amplitud que hoy parece casi obscena en una capital donde tantas familias viven apretadas entre goteras y apagones.

Algunas fueron expropiadas; de otras se dice, con la fórmula cómoda del relato oficial, que sus propietarios se fueron del país y “no dejaron herederos”. / 14ymedio

La ruta incluía algunas de las casonas más imponentes del Vedado: la sede del Ministerio de Cultura; la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), en Paseo y 13; la Casa de la Prensa, sede de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), en 23 e I; y el Centro Fidel Castro Ruz. Todas tienen en común que fueron levantadas o habitadas por familias de mucho dinero durante la República, muchas de origen español o descendientes de españoles, y después de 1959 pasaron a manos del nuevo poder. Algunas fueron expropiadas; de otras se dice, con la fórmula cómoda del relato oficial, que sus propietarios se fueron del país y “no dejaron herederos”.

En la sede del Ministerio de Cultura, la antigua casa de Ernesto Sarrá y Loló Larrea impone incluso antes de entrar. Ocupa casi toda una manzana y todavía conserva el aire de palacete familiar que debió tener cuando el dueño de una de las mayores fortunas farmacéuticas de Cuba vivía allí con su esposa. Desde la calle, el edificio promete una novela de dinero, fiestas, alianzas, criados, vajillas y automóviles entrando por el portal. Adentro, sin embargo, la mansión ya no funciona como casa. Es una colección de oficinas donde se administra –y se vigila– la cultura de la Isla.

“Qué belleza, y qué desperdicio no poder verla completa”, comentó una mujer al salir de una sala. / 14ymedio

Muchas áreas estaban cerradas al público. Unas porque son despachos; otras porque “no están en condiciones”. Esa fue una constante en el recorrido: puertas entreabiertas que no podían cruzarse, escaleras que no llevaban a ninguna parte, pasillos clausurados, o zonas que la guía mencionaba sin mostrarlas. El visitante apenas podía reconstruir, con fragmentos, la escala de lo que alguna vez fue. 

En la sede de la FMC, entre vitrales, una escultura femenina y salones intervenidos por el uso burocrático, la guía explicaba detalles ornamentales mientras los visitantes levantaban la vista hacia los techos, las puertas y las columnas. “Qué belleza, y qué desperdicio no poder verla completa”, comentó una mujer al salir de una sala. La frase quedó flotando con una precisión involuntaria. Se muestra el patrimonio, pero con cautela; se habla de conservación, pero apenas se toca la historia de la propiedad.

La Casa de la Prensa, sede de la Upec, conserva una memoria incómoda para el periodismo oficial. El inmueble de 23 e I está asociado a la familia García Osuna, vinculada a la política republicana. Desde 1963 allí se instaló la organización que agrupa a los periodistas del oficialismo. En sus salones, donde antes hubo vida privada, recepciones y conversaciones familiares, hoy se hace propaganda subordinada al Partido único. La arquitectura, con sus rejas trabajadas y su elegancia antigua, parece conservar más libertad que la institución que la ocupa.

La antigua mansión de la familia Conill se ha convertido en templo civil del líder que gobernó el país donde propiedades como esa fueron confiscadas. / 14ymedio

El contraste más fuerte aparece en el Centro Fidel Castro Ruz. La antigua mansión de la familia Conill, con su monumentalidad restaurada, sus jardines cuidados y su despliegue museográfico, se ha convertido en templo civil del líder que gobernó el país donde propiedades como esa fueron confiscadas, intervenidas o absorbidas por el Estado. Las fuentes oficiales reconocen que la casa perteneció a la familia Hidalgo de Conill y que Enrique Conill Rafecas fue capitán del Ejército Libertador. También admiten que, tras 1959, la familia abandonó el país y la vivienda tuvo usos vinculados al Ministerio del Interior.

Allí la paradoja alcanza una nitidez casi teatral. Un palacete republicano, nacido de la fortuna privada, convertido en santuario de la Revolución. Un edificio que debió guardar álbumes familiares, vajillas, dormitorios, fiestas y herencias, transformado ahora en escenario de una memoria única, cuidadosamente iluminada. “Uno pasa por aquí toda la vida y no sabe lo que hay dentro”, dijo un visitante frente a la casona donde se exhibe el Mercedes-Benz de Fidel Castro como si fuera una reliquia.

Ese dato bastaría para otro recorrido, menos ornamental y más honesto: no solo por las columnas, los vitrales y las herrerías, sino por los expedientes de propiedad, las nacionalizaciones, los exilios, las casas vaciadas y las versiones oficiales que explican demasiado con muy poco. ¿Quiénes fueron exactamente sus dueños? ¿Qué ocurrió con ellos? ¿Qué documentos prueban el traspaso? ¿Hubo confiscación, abandono, donación, intervención, litigio? ¿Dónde están esos archivos? En la visita, esa parte aparecía apenas como nota lateral, como si la historia social de las mansiones fuera menos importante que el mármol.

Muchos entraban con asombro; otros, con una mezcla de curiosidad y sospecha. / 14ymedio

El público, sin embargo, no parecía indiferente. Muchos entraban con asombro; otros, con una mezcla de curiosidad y sospecha. Caminaban despacio, fotografiaban vitrales, tocaban discretamente una baranda, se detenían ante una escalera, miraban los techos como quien descubre una ciudad escondida encima de la ciudad visible. Durante décadas, buena parte del patrimonio residencial republicano ha permanecido detrás de rejas, custodios, ministerios, organizaciones de masas, embajadas o dependencias estatales. 

La jornada de la Unesco tiene valor porque permite mirar. Y en Cuba, mirar hacia dentro ya es algo. Pero mirar no basta. Un país que presume de patrimonio debería contar también cómo llegó ese patrimonio a manos del Estado, quiénes lo construyeron, quiénes lo habitaron, quiénes lo perdieron y bajo qué mecanismos. Sin esa información, el paseo se queda en una postal incompleta de una Habana bella, deteriorada y vigilada, donde el visitante entrega el carné antes de entrar y sale con más preguntas que respuestas.

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