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“Mira que nos quejamos del CUC, pero ahora lo extrañamos”

Crónicas de La Habana

Amontonados en un triciclo eléctrico por las calles de La Habana, los pasajeros evocan otros tiempos mejores

En una ciudad donde cada oportunidad de transportarse que se abre no debe ser desaprovechada. / 14ymedio
Yoani Sánchez

05 de junio 2026 - 06:58

La Habana/Después de largos minutos esperando, logro atrapar un triciclo eléctrico en la calle Carlos III. Ya hay cinco pasajeros, así que soy la última en subir y me sobra una pierna. Solo queda dejarla afuera para lograr avanzar en una ciudad donde cada oportunidad de transportarse que se abre no debe ser desaprovechada. Así viajo, hasta el parque de la Fraternidad, con el muslo, la pantorrilla y el pie colgado del vehículo. Me siento afortunada de llegar a mi destino.

Frente a mí, una mujer de mirada preocupada cuenta que ya no aguanta más. “Me mudé a la Isla de la Juventud hace más de 20 años, cuando parecía que aquello iba a despuntar”, rememora, aunque todos estamos absortos en nuestros propios dramas. Yo, por ejemplo, me di la primera ducha en tres días a las dos de la madrugada de este jueves. Ya no sé si es de día o de noche y dormir al menos cinco horas de continuo me parece una quimera dolorosa.

“Gané algún dinerito comprando pescado, del bueno, en la Isla de la Juventud a 18 pesos la libra y vendiéndolo aquí en La Habana a dos CUC (pesos convertibles)”, detalla la locuaz pasajera. Nada más mencionar los chavitos, todo el vehículo estalla en remembranzas. “Mira que nos quejamos de esa moneda, pero ahora la extrañamos”, sentencia un hombre que viaja justo a mi lado. Los tiempos de la dualidad monetaria se asoman como el nuevo período de nostalgia, como una vez lo fueron los años 80. Una década que algunos recuerdan de abundancia y que yo evoco como de estricta vigilancia y absolutamente orwelliana.

Ya no sé si es de día o de noche y dormir al menos cinco horas de continuo me parece una quimera dolorosa

“Con el dinerito que hice del pescado me compré una casa en Nueva Gerona, aunque yo soy de aquí, del Cerro”, añade la mujer. “Ahora tengo mi casita cerrada allá porque de la isla no hay cómo salir, eso es una doble prisión”. El triciclo avanza. Un Lada detrás de nosotros acelera y el conductor lo deja pasar no sin antes gritarle “¿Estás apurado?”. La prisa es mala consejera en una ciudad inmovilizada. Hasta mirar el reloj es de mal gusto en un país donde el tiempo no vale nada.

Me bajo frente al Palacio Aldama. Todos los alrededores están tapiados y algunas zonas del techo de la planta superior del, antaño imponente, edificio se han desplomado. Hay un señor desdentado que me ofrece una pucha de marpacíficos a cambio de algo de dinero para llevar algo de comer a su “nietecita”. Saco un Antonio Maceo, como se conoce al billete de 50 pesos, y a cambio recibo el ramo de pétalos frágiles. Hubo un tiempo en que caminaba por La Habana comiéndome estas flores. Era una mezcla de hambre y experimentación. Conozco la parte que mejor sabe. Hay una zona carnosa justo debajo del pistilo que se puede masticar con gusto y tiene un sabor que recuerda a la almendra, pero mucho más suave. Si las autoridades del Ministerio de Comercio Interior se enteran, nos racionan también los hibiscos.

Salto del triciclo con la pierna que llevaba fuera totalmente adormecida. Cojeo como una vieja dama indigna que atraviesa un parque de la Fraternidad tan renqueante como yo. Hago algunas gestiones en las cercanías pero, en casi cualquier lugar a donde voy, me topo con las puertas cerradas y el apagón presente. “Así no hay país que funcione”, masculla un anciano que me pasa por al lado. “Ni país, ni servicios, ni personas”, añado, en medio de un bostezo que me recuerda que, ya para ese momento, llevo nueve horas en pie después de apenas tres de sueño. 

Retorno a casa. Hay un batiscafo color verde en la piquera de carros particulares que hace la ruta por la avenida Rancho Boyeros hasta Santiago de las Vegas. En la parte trasera, una zona rehecha para el traslado de pasajeros, hay dos bancos bajitos, uno frente al otro, donde deben entrar diez pasajeros. No es tiempo de tener sobrepeso. Todo aquel que sube al vehículo con algunas libras de más es mirado con suspicacia. Donde aquel señor expande una anatomía más ancha, aquella joven deben quedar apretada contra el próximo viajero. El tamaño importa y las libras también. 

Cuando estamos a punto de partir, aparece una señora con un cuadro de un metro de ancho por un metro y medio de alto. Es una de esas impresiones baratas, montadas sobre frágiles tablillas de madera, con la foto impresa de una quinceañera. Pide que le hagamos espacio para subir la imagen que termina dividiendo el batiscafo a la mitad, cuan largo es. El flujo de aire entre las ventanillas de un lado y de otro se corta, los pasajeros quedamos separados por la endeble estructura y el achacoso carro echa a andar.

Así viajo, hasta el parque de la fraternidad, con el muslo, la pantorrilla y el pie colgado del vehículo. Me siento afortunada de llegar a mi destino. / 14ymedio

Miro el amplio vestido azul de la quinceañera retratada. Lo acompaña también un cuadro, más pequeño, de ella en ropa de baño en el que sonríe de perfil a la cámara. Hay gente que todavía celebra cumpleaños, bautizos y bodas en medio del desastre que vivimos, me digo. La mujer pide ayuda para tapar con una sábana el cuadro grande y se justifica. “Me pedían 8.000 pesos hasta Mazorra y yo no puedo pagar eso”. Subida en el batiscafo, como una viajera más, ha pagado 1.000 y nos ha regalado una escena surrealista a todos.

Llego a Boyeros y Tulipán. Me bajo con cuidado para no estropear la imagen de la quinceañera que ya todo el mundo protege dentro del vehículo como quien quiere salvaguardar esa ingenuidad que la dureza de la realidad trastocará. Me bajo, le pago al chofer. Doblo a la derecha. Meto la mano en la cartera y me encuentro con los marchitos marpacíficos. La planta eléctrica del Ministerio de Transporte ya ronronea, señal de que no hay electricidad en mi casa. Le doy un mordisco a la pucha de flores y enfilo hacia mi propia colina, hacia la montaña empinada que me espera.

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