"No se puede retirar tropas inexistentes": la ficción oficial cubana sobre sus guerras en el exterior
Análisis
Granada, Angola, Ucrania y ahora Venezuela revelan una política sostenida de negación, eufemismos y silencios sobre la presencia militar en conflictos foráneos
La Habana/A lo largo de más de seis décadas, el régimen cubano ha desarrollado un patrón reconocible para gestionar –y narrar– la presencia de sus tropas fuera del territorio nacional. No se trata solo de una estrategia militar, sino de un método político y comunicacional que combina negación, ocultamiento, eufemismos y, cuando ya no queda otra opción, una épica tardía destinada a recomponer el relato oficial. Granada, Angola, Ucrania y ahora Venezuela permiten seguir ese hilo con una claridad incómoda.
El libreto suele comenzar con la negación. En 2019, cuando Washington volvió a poner el foco sobre la influencia cubana en Caracas, la entonces subdirectora general de Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores, Johana Tablada, fue tajante: "No hay tropas cubanas en Venezuela". Y remató con una frase que hoy resuena como una pieza de museo propagandístico: "No se puede retirar de Venezuela tropas que son inexistentes". Según su versión, Cuba solo mantenía en el país a colaboradores civiles, fundamentalmente del sector de la salud, en el marco de acuerdos bilaterales legítimos.
Las tropas no existen hasta que mueren. Y cuando mueren, existen solo como símbolos
La frase de Tablada resume mejor que cualquier editorial la lógica del poder cubano cuando se trata de sus aventuras por el mundo. Las tropas no existen hasta que mueren. Y cuando mueren, existen solo como símbolos, nunca como prueba de una política injerencista que el régimen se niega a asumir de frente.
Siete años después de aquellas enfáticas declaraciones, el propio Gobierno cubano decretó duelo nacional por la muerte de 32 cubanos "en acciones combativas" durante la operación estadounidense para capturar a Nicolás Maduro. El comunicado oficial habló de misiones cumplidas "a solicitud de órganos homólogos del país sudamericano", reconoció que los fallecidos pertenecían a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y al Ministerio del Interior, y describió su actuación como "heroica". Lo que durante años fue negado pasó, de golpe, a ser honrado con banderas a media asta y consignas de "honor y gloria".
Este tránsito brusco entre inexistencia y glorificación no es nuevo. En octubre de 1983, cuando Estados Unidos invadió Granada, el discurso oficial cubano aseguró que los nacionales allí presentes eran simples constructores civiles que levantaban un aeropuerto para el turismo. Sin embargo, esos "obreros" resultaron ser ingenieros militares entrenados y armados, algunos de ellos ofrecieron resistencia a las tropas estadounidenses. La propaganda habló entonces de cientos de muertos y de combatientes inmolados abrazados a la bandera. La realidad, conocida días después, fue otra: alrededor de 24 cubanos fallecidos, mientras los demás desobedecieron las órdenes de combatir hasta el final. El régimen decretó luto nacional, repatrió los cuerpos y enterró junto a ellos la versión real de los hechos.
Angola representa el caso más elaborado de justificación histórica. Durante 16 años, entre 1975 y 1991, Cuba mantuvo una presencia militar masiva en ese país africano bajo el argumento de "pagar la deuda histórica con África" y combatir el apartheid. La narrativa oficial habló de internacionalismo, solidaridad y epopeya. Las cifras de caídos, sin embargo, fueron tratadas con extremo sigilo. No fue hasta finales de los años 80 que se reconoció un listado de 2.016 muertos en Angola, cifra luego ajustada a 2.077 por el propio Raúl Castro. Aún hoy persisten dudas sobre la exactitud de esos números, alimentadas por entierros colectivos, listas sin detalles y décadas de silencio oficial. El heroísmo fue exaltado; la dimensión humana del costo, minimizada.
Ante las denuncias de que miles de cubanos combatían junto a las fuerzas rusas, La Habana optó por una fórmula intermedia
En Ucrania, el patrón vuelve a mutar, pero no desaparece. Ante las denuncias de que miles de cubanos combatían junto a las fuerzas rusas, La Habana optó por una fórmula intermedia: admitir la presencia de nacionales en el conflicto, pero desligarse de ellos por completo. Según la Cancillería, Cuba "no participa" en la guerra y los cubanos involucrados habrían sido reclutados por organizaciones sin vínculo con el Estado o actuarían "por su cuenta". Se invocó una política de "tolerancia cero al mercenarismo", mientras se reconocía que muchos de los detenidos por intentar viajar a Rusia tenían formación militar y vínculos con las Fuerzas Armadas. Otra vez, el Estado se lavó las manos cuando la narrativa de la cooperación noble ya no resultaba creíble.
Venezuela cierra el círculo y expone la contradicción en su forma más cruda. Durante años, el régimen cubano negó cualquier rol militar en la protección del chavismo. Ahora, tras la captura de Maduro, reconoce muertos, misiones de seguridad y combate directo, pero evita precisar funciones, jerarquías o responsabilidades. La versión oficial habla de "terrorismo de Estado" estadounidense y de sacrificio heroico, mientras el presidente estadounidense Donald Trump describe una operación relámpago con escasa resistencia efectiva. El contraste entre ambos relatos no solo es llamativo sino que revela la ineficacia militar cubana ante la potencia militar y tecnológica de Washington.
En todos estos escenarios se repite la misma secuencia. Primero, negar. Luego, maquillar la presencia militar bajo etiquetas funcionales –constructores, colaboradores, técnicos o, incluso, médicos–. Más tarde, si los hechos se imponen, desligarse de los implicados o envolverlos en una épica defensiva que diluya responsabilidades políticas. El luto, los homenajes y las consignas llegan después, cuando ya no es posible sostener la ficción inicial.
Muchos familiares de los caídos en conflictos foráneos han optado por el silencio a lo largo de estas seis décadas. Algunos por convicción y cercanía al discurso oficial de inmolación y sacrificio, otros por miedo. Sin embargo, con los muertos en Venezuela el escenario es muy diferente al que rodeaba a los combatientes en Angola o los “constructores” en Granada. Las redes sociales están siendo el canal para que nombres, fotos y otros detalles biográficos de los fallecidos comiencen ya a circular.
Lo que ha cambiado no es el método oficial, sino el contexto interno y la reacción internacional. En Angola, la Guerra Fría ofrecía una coartada ideológica robusta. En Granada, el Caribe aún era terreno de confrontación directa entre bloques. En Ucrania y Venezuela, el mundo es otro, más interconectado, más escéptico y menos dispuesto a aceptar versiones sin pruebas. Pero La Habana insiste en hablarle al presente con el lenguaje del pasado.