El problema del helado en Matanzas

Mipymes

El cierre de una heladería estatal y la campaña de una fábrica privada desatan la indignación en Matanzas

Salvo por unidades puntuales como Coppelia, la producción de helados en la ciudad ha quedado relegada al ámbito privado.
Salvo por unidades puntuales como Coppelia, la producción de helados en la ciudad ha quedado relegada al ámbito privado. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

26 de julio 2026 - 08:41

Matanzas/Según diversos historiadores y referentes de la industria, se considera que en Cuba la tradición heladera comenzó en los años 30 del siglo pasado, momento en que la compañía La Lechera empezó a fabricar los recordados helados Hatuey. En tanto, la Compañía Frigorífica Cubana operaba desde 1910 dedicada a la producción a gran escala de hielo, helados y sorbetes, cimentando una costumbre fuertemente vinculada a la identidad gastronómica y al consumo popular de la Isla.

En la actualidad, Cuba enfrenta un severo déficit de productos lácteos de cara al público, un renglón esencial que ha pasado paulatinamente de la golpeada red estatal a manos de empresas privadas, desencadenando una espiral inflacionaria en sus precios finales. En la provincia de Matanzas, dos acontecimientos recientes han encendido el descontento de la ciudadanía con apenas una semana de diferencia.

El primer suceso involucra directamente al sector estatal y se desencadenó tras filtrarse información atribuida al Ministerio de Comercio Provincial. Según los reportes, una concurrida y tradicional heladería local, llamada Calle del Medio, pasará a manos de arrendatarios particulares para convertirse en un espacio de quioscos de ventas variadas (merolicos), sin que se haya brindado una explicación oficial ni una justificación pública a la población.

“Lo peor es que este era el único sitio al que podían acudir abuelos pensionados o padres de bajos recursos"

“Yo lo veo como un tráfico de influencias”, declara Dayán, residente matancero que denunció el hecho en redes sociales. “Los funcionarios de Comercio le rentan el local a sus amigos mipymeros y ya no tienen que preocuparse por abastecerlo, mientras les caen algunos billetes en los bolsillos por el favor. No tengo pruebas, pero tampoco dudas. Lo molesto es que era el único lugar de la ciudad donde el helado resultaba más o menos asequible, a 50 pesos la bola; o sea, 250 pesos la ensalada. Sigue siendo caro, pero es mucho más barato que los helados artesanales particulares, que van desde los 450 hasta los 1.500 pesos”.

Dayán añade que la indignación no responde únicamente al cambio de gestión, sino al impacto social de la medida: “Lo peor es que este era el único sitio al que podían acudir abuelos pensionados o padres de bajos recursos. Y, para colmo, no lo cierran para abrir un local de mejor calidad o de mayor servicio gastronómico; lo hacen para instalar varios puestos de mercancía idénticos a los que ya abundan en todas partes. ¿Dónde está el humanismo con el pueblo en la empresa de comercio que administra el inmueble?”.

Con salarios que apenas superan los 6.000 pesos, el helado ha quedado excluido del presupuesto doméstico.
Con salarios que apenas superan los 6.000 pesos, el helado ha quedado excluido del presupuesto doméstico. / 14ymedio

Salvo por unidades puntuales como Coppelia, la producción de helados en la ciudad ha quedado relegada al ámbito estrictamente privado. Dichos productores mantienen contratos con mipymes que comercializan el producto al por mayor, lo que encarece la cadena de distribución hasta fijar el precio de un pote de 900 gramos entre 1.400 y 1.500 pesos.

Para la mayoría de los trabajadores, la cifra resulta inalcanzable. Con un salario que apenas supera los 6.000 pesos, ciudadanas como Bianca aseguran que el postre ha quedado excluido por completo de su presupuesto doméstico.

El caso de la heladería matancera y la publicidad de Alask no son síntomas de un país donde el bienestar social se derrite a pasos agigantados

“Ni un pote pequeño puedo darme el lujo de comprar”, dice Bianca. “En la casa somos mi mamá, mi hijo y yo. El helado más económico cuesta 450 pesos; serían 1.350 si compro uno para cada uno. Y mientras tanto, el arroz sube todos los días de precio, el aceite igual... ¿con qué dinero los compro? A eso sumemos que el saco de carbón ya está en 2.500 pesos. Con esos precios, ¿quién en mi situación puede pensar en comer helado?”.

Las declaraciones de Bianca conectan de manera directa con la segunda controversia que agitó a la opinión pública matancera. Helados Alask, una fábrica privada que abastece a buena parte de las mipymes de la región, difundió un anuncio en su página oficial de Facebook donde dividía conceptualmente a los consumidores en dos categorías: quienes compraban helados Alask y quienes no, supeditando la pertenencia a uno u otro grupo según el poder adquisitivo.

"¿Cómo un negocio, por muy grande y próspero que sea, puede burlarse así de la situación que atraviesa el pueblo?"
"¿Cómo un negocio, por muy grande y próspero que sea, puede burlarse así de la situación que atraviesa el pueblo?" / Alask lácteos

“Yo lo vi y no quise creerlo”, expresa Yesenia, una comunicadora social que no sale de su asombro ante la publicación. “¿Cómo un negocio, por muy grande y próspero que sea, puede burlarse así de la situación que atraviesa el pueblo? Lo peor fue que mantuvieron la publicación durante varios días y ningún directivo pidió disculpas, a pesar de tener a miles de personas escribiendo indignadas en el post. ¿Quiénes se creen estos magnates que facturan millones de pesos semanales? Se creen intocables mientras se burlan de quienes intentamos sobrevivir en un país donde todo va a peor. ¿Quién nos protege de ellos? Tengo más preguntas que respuestas”.

El conflicto surgido en Matanzas en torno a una bola de helado trasciende lo meramente gastronómico; es el reflejo latente de una fractura económica y moral que se profundiza en la Cuba contemporánea. Mientras el Estado se repliega y traspasa la infraestructura pública al capital privado bajo sospechas de favoritismo y opacidad, la brecha social se ensancha dramáticamente entre quienes perciben ganancias en moneda fuerte o ingresos inflacionarios y la mayoría asalariada que intenta subsistir con ingresos congelados.

Cuando un alimento emblemático y popular se convierte en un objeto de lujo inalcanzable, y cuando el éxito empresarial se publicita desde el clasismo frente a la escasez generalizada, el malestar deja de ser una queja económica para transformarse en un reclamo de dignidad. El caso de la heladería matancera y la publicidad de Alask no son hechos aislados, sino síntomas de un país donde el bienestar social se derrite a pasos agigantados, dejando a los sectores más vulnerables a la intemperie de un mercado descontrolado.

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