La respuesta del régimen cubano a Trump: ”Patria o muerte"
Cuba
- “El presidente del Imperio se está comportando como un Hitler, con una política criminal, de desprecio, que tiene como objetivo apoderarse del mundo”, dijo Díaz-Canel
- Pese a todo, La Habana no descarta mantener con EE UU un diálogo “serio, responsable y basado en el derecho internacional”
La Habana/Ante el endurecimiento de la presión de Washington y la pérdida acelerada de sus proveedores de combustible, el Gobierno cubano ha vuelto a reciclar su respuesta más vieja y previsible: “Patria o Muerte”. No hay indicios de que cuenten con un programa económico alternativo. Tampoco hay reformas políticas visibles ni señales de rectificación interna. Solo retórica.
La frase reapareció este viernes en boca del presidente Miguel Díaz-Canel, en una intervención difundida ampliamente por Cubadebate, y quedó ratificada horas después en un comunicado oficial enviado a la prensa internacional. El mensaje no aporta novedades, frente a las nuevas sanciones de Estados Unidos, la estrategia es la de siempre.
El discurso, repetido durante más de seis décadas, ya no disimula la ausencia de ideas nuevas ni el desgaste profundo del modelo. La narrativa oficial vuelve a girar en torno a un “imperio en decadencia”, una agresión externa permanente y un país heroico que resiste. Pero evita cuidadosamente cualquier referencia a los errores propios, a la ineficiencia estructural del sistema o a la falta de libertades y derechos.
La escena recuerda demasiado a la que vivía Venezuela en los días previos a la captura de Nicolás Maduro. Entonces, como ahora en Cuba, el discurso del poder combinaba llamados a la paz, denuncias de conspiraciones internacionales y una supuesta disposición al diálogo “sin condicionamientos”, mientras en la práctica no se ofrecía ni una sola concesión política real. El resultado es conocido.
En La Habana, el guion se repite casi línea por línea. Díaz-Canel asegura que Cuba está dispuesta a dialogar con Estados Unidos, pero solo “en condiciones de igualdad”, sin “injerencias” y sin tocar los pilares del sistema. Es decir, un diálogo para no cambiar nada. Un intercambio retórico sin consecuencias, diseñado más para consumo internacional que para resolver los problemas cotidianos de la población.
Las alianzas del régimen tampoco han logrado traducirse en estabilidad económica ni en alivio para una Isla que enfrenta su peor crisis
El Gobierno reafirma su determinación de “seguir trabajando con países amigos”, en alusión a Rusia, China e Irán, presentados como contrapesos geopolíticos frente a Washington. Pero esa alianza, más simbólica que efectiva, tampoco ha logrado traducirse en estabilidad económica ni en alivio para una Isla que enfrenta su peor crisis en las últimas tres décadas.
El comunicado oficial insiste en que Estados Unidos ha fracasado durante 67 años en su intento de “rendir y destruir” a la Revolución. Sin embargo, el texto omite una pregunta clave: ¿qué ha logrado el propio Gobierno cubano en ese mismo período para garantizar prosperidad, derechos y bienestar sostenido a sus ciudadanos?
La crisis energética, agravada por la suspensión del suministro venezolano y la presión de EE UU sobre México, es presentada como una consecuencia exclusiva del “bloqueo”, cuando en realidad es también el resultado de décadas de mala gestión, falta de inversión y decisiones centralizadas que ahuyentan capital y talento.
Ni siquiera los aliados tradicionales de La Habana ocultan ya su frustración ante un Estado incapaz de honrar sus compromisos financieros o de emprender reformas mínimas para ordenar una economía exhausta. A ello se suma la aparente normalización del impago y una dependencia cada vez mayor de donativos y concesiones políticas, asumidas como parte del funcionamiento habitual del sistema.
El régimen se presenta como un “pueblo de paz”, dispuesto al diálogo, pero recrudece los mecanismos de represión interna
La retórica beligerante convive, además, con un tono cada vez más grandilocuente. Las palabras para definir a Estados Unidos están diseñadas para la movilización ideológica, no para la diplomacia ni para la solución de conflictos reales. Y refuerzan la percepción de un poder encerrado en su propio relato.
En paralelo, los datos oficiales ofrecidos en los plenos partidistas recientes muestran una realidad mucho menos épica, con un transporte colapsado, producción industrial muy por debajo de lo planificado, vivienda estancada y mortalidad infantil en alza. Todo ello gestionado, según el propio discurso oficial, con más consignas y más llamados a la resistencia, pero sin soluciones objetivas a la vista.
El régimen se presenta como un “pueblo de paz”, dispuesto al diálogo, pero recrudece los mecanismos de represión interna, la persecución al disenso y el control absoluto sobre la vida política. Pide “comprensión” internacional mientras niega derechos fundamentales puertas adentro. Habla de soberanía popular sin permitir elecciones libres ni pluralismo.
“Patria o Muerte” vuelve así a funcionar como eslogan de cierre, pero no como proyecto de futuro. Una frase útil para cohesionar a la élite gobernante y justificar la inmovilidad, pero cada vez más distante de una ciudadanía agotada, que no pide épica sino soluciones concretas: luz, comida, medicinas, transporte y libertad.