Un carnaval de tristes animales

El revolucionario se vuelve un pordiosero en la exposición de Juan Pablo Estrada y Camila Ramírez Lobón

Juan Pablo Estrada y Camila Ramírez Lobón presentan la explosión de mundos perdidos que es La Habana Vieja. (Catálogo)
Juan Pablo Estrada y Camila Ramírez Lobón presentan la explosión de mundos perdidos que es La Habana Vieja. (Catálogo)

Ya sabemos que durante el juego la realidad queda suspendida, pero aquí la realidad proyecta sus oscuras formas sobre la pared del juego. Es una amplia sombra suspendida. En medio del juego atroz de las sombras chinescas de la realidad histórica, en mitad de este ahora, se abrió un espacio de tiempo suspendido en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.

Juan Pablo Estrada y Camila Ramírez Lobón presentan, allá en lo alto del antiguo edificio, entre esa explosión de mundos perdidos que es La Habana Vieja, la exposición pERSONAJe de largaS orejaS, un repertorio de leves pero insólitas fotos, piezas, libros y videos, un bestiario en que resuena El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saëns, la suite de entre cuyas melodías surge el irónico título de la muestra.

En las palabras del catálogo, Anamely Ramos nos revela cómo el hacedor de juguetes y el narrador de cuentos convergen en la autocontemplación del que juega; nos desnuda así las tentaciones de la imagen y el imaginario, el sendero que conduce al asalto al cielo, esa obsesión del revolucionario.

“En lugar de curiosidad o de catarsis nos sentimos incómodos ante la pérdida del silencio colectivo”, nos señala, revelando cómo “el revolucionario se vuelve un pordiosero. Ha accedido al universo de lo irónico. Construye con residuos y su esfuerzo parece más condescendiente que transformador. Desde la fragilidad narra su historia dentro de la Historia en que vive y es sometido”.

La underground e independiente Revista de la Vagancia en Cuba describe a Estrada como “uno de los pocos fotógrafos del país a quien no se le aplicaría la greguería de Gómez de la Serna, ‘el ideal del joven aspirante a fotógrafo es comprarse la mejor cámara para hacer fotografías de miserables’, pues no hace de la miseria otra vaquita lechera”.

De Ramírez Lobón nos cuenta en octosílabos que “se comenta en la ciudad / que el pelícano rampante / es un grupo disidente / de damas de sociedad. / Allí descolla Lobón / a cuyo nombre de pila / la señorita Camila / responde con efusión. / Es notable su pasión / por desmanes insulares / por los chismes de ocasión: / zoológicos singulares”.

Aunque hay dos actores en este juego de largas orejas y agudos ojos, no hay competencia ni pugilato, sino dos soledades que se interpueblan

Aunque hay dos actores en este juego de largas orejas y agudos ojos, no hay competencia ni pugilato, sino dos soledades que se interpueblan y se significan tímidamente, entre el azar, la agonía de las cosas y los signos, los restos de sueños y de simulacros, en medio de una serenidad que casi da vértigo.

Porque las piezas de Juan Pablo Estrada parecen tejidas con lo que el artista encontró en una orilla de muchos naufragios: fragmentos de cualquier cosa, retazos de cualquier cuento, miembros de cualquier cuerpo, reacomodados con precisión y mucho respeto —por lo irrecuperable— sin pretención barroca ni conceptualismo, sobre tapas de libros que alguien botó en una acera.

Hay una pared con fotografías que se reparten ambos creadores en un juego de figuras en blanco y negro, vasto retablo atravesado por animales y personas en mixto carnaval. Hay videos que nos llevan a las islas imposibles de la infancia y la familia. No ganamos regocijo. Ni nada. Soñar y resoñar es dibujar en la arena. Del cansancio histórico no nos salvan ni la familia ni el juego convertido en frontera difusa y amenazante.

Por si no quedara claro que la Historia es la pesadilla de la que tratamos de despertar, Ramírez Lobón nos cuenta en el libro que hojeamos, ¿acaso al centro del salón?, Mary y los hombres lagartos, la fábula de los saurios libertadores que llegaron “a salvar a la villa de las injusticias y maltratos de los hombres tortugas”.

Prometieron los héroes que la tierra y las flores mágicas serían para todos, pero luego resultó que mentían brutalmente y que solo perseguían el poder y el placer para ellos solos. La gente en la villa cambió: “los ojos les crecían de tanto vigilar en busca del enemigo. Desconfiaban unos de otros y vivían asustados”.

Y volvemos a la realidad, en fin. Al juego puro y duro.

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