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En el cien de Onelio Jorge Cardoso

Centenario del natalicio del cuentero mayor, Onelio Jorge Cardoso

Admiración por la "frescura verbal, valores simbólicos, y encanto poético" de sus cuentos

Onelio Jorge Cardoso (foto de archivo)
José Prats Sariol

14 de septiembre 2014 - 11:00

Coincido con Reinaldo Arenas en aquella valoración suya al destacado narrador Onelio Jorge Cardoso. Ahora, cuando la celebración de su centenario impulsa a releerlo desde nuevas perspectivas críticas respecto de lo que suele llamarse —y confundirse— “realismo mágico” y “lo real maravilloso”.

Cuentos como “El caballo de coral”, “El cuentero”, “Hierro viejo”, “Nino”... Entre otros valiosos que exhiben su profesionalismo expresivo como experto en los aparencialmente sencillos artificios del cuento, quizás permiten desechar ciertos prejuicios, uno de los cuales puede ser atribuido a la subestimación de la temática no urbana, que irrumpiera sobre todo con los cuentistas de la próxima generación: Guillermo Cabrera Infante, Antonio Benítez Rojo...; que también fueron novelistas —bien se sabe— escritores de obras no mayores sino con diferentes exigencias estilísticas, aunque en el ámbito general de la narrativa.

Si con otros cuentistas cubanos anteriores o coetáneos —y muchos posteriores— el mencionarlos parece propio de arqueólogos, de generosos y fatigosos historiadores de la literatura; con Onelio Jorge Cardoso hasta se puede recurrir al trillado adjetivo de inexcusable. Porque lo es, sin otro atributo documental, circunstancial, mucho menos político o ideológico como factor exógeno de promoción. Que también puede haber funcionado —¿funciona aún?— como descalificación, según se experimenta en lectores de raíz sectaria, incapaces de disfrutar —por ejemplo— a Ferdinand Celine porque fue colaboracionista de los nazis o a Alejo Carpentier por serlo del castrismo; como si Viaje al fin de la noche o Los pasos perdidos, no se independizaran de la vida de sus respectivos autores.

La labor de Onelio Jorge Cardoso como presidente de la entonces Sección de Literatura de la UNEAC, su entusiasta militancia antes, durante y después del Congreso Nacional de Educación y Cultura (abril, 1971), sus reportajes maniqueos y declaraciones ardientes, no deben ser esgrimidos como hipotecas para la valoración de sus cuentos, dentro de la mal llamada “corriente criollista”, no sólo rural.

Hay que leerlos “Con los ojos abiertos”, como titulara Reinaldo Arenas su encomiástica reseña (en La Gaceta de Cuba, La Habana, 1970, feb.- mar., pp. 10-11); que da fe, además, de cuánto puede haber influido el narrador de Calabazar de Sagua en el conocido disidente holguinero.

Porque además, en este mismo sentido, Onelio —hasta donde sé— nunca se caracterizó por ser un cazador de brujas.

Me consta personalmente su defensa —hasta donde tal vez pudo o lo dejaron— de escritores y artistas considerados “problemáticos” por la Seguridad del Estado y el Partido.

Varias veces coincidimos en el taller comunitario de artes plásticas —donde también había una biblioteca y mesas de ajedrez— que brillantemente dirigiera el pintor Heriberto Manero en el reparto La Ceiba, cerca del apartamento del escritor y etnólogo Serafín “Tato” Quiñones, también asiduo colaborador y consejero del taller, que hoy lleva el nombre de Manero y trata de sobrevivir a los recortes presupuestarios de la cultura. En aquellas tertulias —como a veces, pocas, en La Chapuza del portal de la UNEAC— Onelio destapaba su humor, reía irónico cualquier chiste político, a pesar de un rostro que presagiaba dureza, rigidez, intolerancia; o recordaba sus increíbles métodos pedagógicos, dirigidos por Raúl Ferrer, en la escuela rural del Central Narcisa, donde los dos coincidieron para deleite de aquellos niños campesinos.

Además, ha sido víctima de no sé cuáles fanáticos de medallas, diplomas y títulos —nada más frágil ante cualquier poder para un artista o escritor—, que le han otorgado el dudoso calificativo de “cuentista nacional” y alguna vez el de “cuentista mayor”; error parecido al que aún sufre Nicolás Guillén como supuesto “poeta nacional”, que en su caso ya había sido otorgado antes de 1959 —con el mismo espíritu versallesco—, consecutivamente, a Bonifacio Byrne y Agustín Acosta.

Signo de subdesarrollo, ninguno de los dos merece un mote que los deprecia ante lectores sagaces, que de inmediato se preguntan cómo países de más fuerte tradición literaria —Rusia, Alemania, España, Francia...— carecen de esa rimbombancia operada por la vanidad.

Lo indubitable es que al cumplirse cien años de su nacimiento podemos recomendar la lectura de sus mejores cuentos —incluyo sus cuentos para niños, algunos de los cuales aparecen en libros de lectura de la enseñanza primaria— bajo la gustosa sugerencia de que mantienen frescura verbal, valores simbólicos, encanto poético.

Sus exégetas —Raúl Aparicio, Manuel Díaz Martínez, Denia García Ronda, Sergio Chaple, Salvador Arias…— han demostrado mediante minuciosos análisis de algunos de sus cuentos que estamos ante una obra con textos que —para usar otro lugar común— prosiguen atrapando lectores. Tales estudios desbaratan con fuerza aquellas simplicidades que vincularon mecánicamente algunos de sus cuentos, al mediocre “realismo socialista” y sus “cultivadores” cubanos a partir de 1959; hoy felizmente olvidados por las nuevas promociones de narradores y por los lectores jóvenes, hasta causar aquellas risas que retumbaban en los cines cuando se exhibían películas soviéticas y chinas de héroes del proletariado mundial.

Porque la obra de Onelio Jorge Cardoso, sin bien es heterogénea o desigual —así sucede con los cuentos de Virgilio Piñera, por ejemplo— exhibe piezas donde para mí brilla “El caballo de coral” por su maestría in crescendo y la atmósfera anímica y social creada a través de mínimas referencias, hasta el hermoso, inolvidable final donde la imaginación triunfa sobre la chata realidad del mar o de la tierra, donde el langostero Eumelia sigue pescando ilusiones.

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