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Félix Beltrán, el diseñador que no se escondía para cuestionar la torpe grafía oficialista

El genio del cartel cubano ha muerto. Un fragmento de la novela 'La Grieta' rinde un pequeño y personal homenaje a su trabajo

Félix Beltrán en un conversatorio sobre su trabajo y trayectoria profesional en Casa de América, España, en 2016. (Casa de América)
Reinaldo Escobar

29 de diciembre 2022 - 00:17

La Habana/El genio del cartel cubano, Félix Beltrán, ha muerto. El diseñador falleció este miércoles a los 84 años dejando una impresionante obra que lo llevó no solo a ser uno de los grandes referentes en América Latina sino también el mentor de varias generaciones de artistas gráficos en la Isla. Pero, más allá de sus cualidades profesionales, era un hombre valiente.

Tras saber que Beltrán expiró hoy en México, país en el que se nacionalizó, enseguida recordé una de sus clases en la Escuela de Periodismo de la Universidad de La Habana en 1969. Un fragmento de mi novela La Grieta me ayudó a desempolvar cada detalle de aquel día y, de paso, a rendir un pequeño y personal homenaje a su trabajo.

Aquí va tal y como mi memoria me lo trajo de vuelta tantas veces y lo dejé por escrito hace varios años:

El segundo turno correspondía a la asignatura de Diseño Gráfico. Ese día el profesor Félix Beltrán había prometido hacer un ensayo del examen final que consistiría en un análisis de dos páginas del periódico Granma, Órgano Oficial del Partido Comunista. Colocó en la pizarra el pliego abierto donde quedaban a la vista la primera y la última plana del diario. Luego de pegar el último trozo de cinta adhesiva a una esquina del papel, el profesor Beltrán acomodó sus gruesos espejuelos y pidió al grupo que observara atentamente esas hojas durante cinco minutos y juzgaran el diseño sobre la base de los conocimientos impartidos en la clase.

Pero, más allá de sus cualidades profesionales, era un hombre valiente

Mirar con ojos avisados lo que se ha visto con la mirada cotidiana resultaba una inquietante experiencia para quienes comenzaban a buscar el equilibrio entre el texto y la imagen; medir el grosor de las líneas rojas que enmarcaban una crónica; comparar el despliegue de un titular con el de otro; analizar la importancia de cada noticia con relación a su lugar en la plana o, simplemente, tratar de captar los efectos más generales ocasionados por la composición allí mostrada.

No habían pasado ni dos minutos cuando Nicanor, de pie en el mismo centro del aula y sondeando con la vista el gesto de reacción de cada uno de los estudiantes, le dijo al profesor Beltrán:

–Compañero profesor, yo estimo que nosotros aquí no podemos analizar el emplane del Órgano Oficial de nuestro Partido, sencillamente porque los compañeros que en el Comité Central conciben y aprueban el diseño de estas páginas cuentan con muchos más elementos que cualquiera de nosotros, por lo que cualquier conclusión que hagamos aquí estaría desprovista de sentido.

–Entonces –le preguntó el profesor Beltrán– ¿usted sostiene que es imposible mejorar el diseño del Órgano Oficial del Partido?

–Sostengo que le corresponde mejorarlo a quienes el Comité Central escoge para realizar esa tarea.

Nicanor era el dirigente partidista del grupo. Un hombre de unos treinta años, alto, de piel muy blanca, rostro de rasgos afilados, de hablar mesurado y gestos ceremoniosos. El grupo lo apodaba "el monseñor", por su extrema rigidez ideológica.

Una declaración de esa naturaleza demandaba una respuesta contundente, y el más adecuado para darla sería Vicente, un ecuatoriano que había estudiado la carrera de Derecho Internacional en una universidad de la Unión Soviética. Su dominio sobre la teoría Marxista Leninista, sus vivencias en la aplicación práctica de los postulados revolucionarios y su brillante inteligencia, le otorgaban una gran autoridad. Era pequeño, enjuto, pero sus ojos, negrísimos, tenían una fuerza expresiva que vencía toda defensa.

Entonces –le preguntó el profesor Beltrán– ¿usted sostiene que es imposible mejorar el diseño del Órgano Oficial del Partido?

–¿Pasamos directamente a analizar la página –preguntó Vicente– o nos detenemos en el argumento de Nicanor?

Aquello de "nos detenemos" fue una sutileza que no pasó por alto casi nadie, mucho menos el profesor Beltrán, quien lo subrayó de esta forma:

–Pudiéramos detenernos en eso, pero ocurre que ese aspecto señalado por Nicanor no está incluido en el programa, y como ustedes habrán de imaginar, nuestro contenido de clases ha sido concebido por compañeros que tienen muchos más elementos que cualquiera de nosotros y no nos vamos a poner aquí en una actitud revisionista con el programa de estudios.

Sobre los principios del Diseño Gráfico impartidos en clases, Vicente practicó una minuciosa disección de las páginas del Órgano Oficial del Partido. Haciendo gala de un hábil manejo de la ironía, demostró que atendiendo al volumen tipográfico, a la ubicación en la plana y al recuadro utilizado, resultaba evidente que la noticia más importante del día era el exitoso resultado de un nuevo tipo de arado, puesto a prueba en la roturación de un futuro campo de caña de azúcar.

–Mucho más importante –añadió– que esta otra noticia "insignificante", que informa sobre la destitución de un ministro. Detrás de Vicente siguieron otros a hacer astillas del árbol caído. Pero Antonio se abstuvo porque le irritaba repetir lo que otros ya habían expresado mejor de lo que él pudiera hacerlo.

El grupo oficialista guardó silencio absoluto y sólo entrecruzó miradas de censura y negaciones con la cabeza ante cada nuevo pronunciamiento.

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