Harina de otro costal: un ensayo cultural de la Cuba que soñamos
Cuba
Trigueros, donde los pedazos dispersos de un país pueden sentarse otra vez alrededor de la misma mesa
Trigueros (Huelva)/Durante ocho días, un pequeño pueblo de Huelva se convirtió en punto de encuentro para una cultura cubana cada vez más dispersa. Del 19 al 26 de agosto, la XIII edición de Cubacultura reunió en Trigueros a músicos, escritores, cineastas, actores y artistas visuales residentes dentro y fuera de la Isla, en una programación atravesada, inevitablemente, por la emigración, la memoria y el reencuentro.
El centro de casi todo es Harina de Otro Costal, un espacio difícil de encasillar. La casa de la gestora cultural Lourdes Santos y el artista Juan Manuel Seisdedos se construyó alrededor de un antiguo molino, cuyas maquinarias conviven hoy con obras de arte. Junto a la actriz Laura de la Uz y el fotógrafo y escritor Héctor Garrido, la pareja forma el cuarteto que sostiene desde hace trece años un festival dedicado a tender puentes entre Cuba y Andalucía.
Entrar en la casa de Lourdes y Juan tiene algo de aquella fascinación que sintió Federico García Lorca al descubrir la residencia de los hermanos Loynaz en La Habana. El poeta terminó llamando a aquella mansión del Vedado “mi casa encantada”. Algo parecido experimentan hoy los artistas cubanos cuando recorren Harina de Otro Costal, donde las viejas maquinarias del molino conviven con cuadros, libros, camas para los amigos y mesas siempre dispuestas a alargar la conversación.
Trigueros parece durante el día un pueblo suspendido en el tiempo, de puertas cerradas, calles silenciosas y gallos que anuncian por igual el amanecer y la siesta. Pero, al caer la noche, Harina de Otro Costal lo transforma todo. Llegan visitantes de Huelva, Sevilla, otras ciudades españolas e incluso de Portugal, y el antiguo molino se llena de conversaciones, música y acentos.
La edición abrió con tres exposiciones fotográficas: Retrospectiva inconclusa, de Alberto Díaz Korda; Otra música, con fotografías de Silvio Rodríguez, y Cuba iluminada: 10 años, de Héctor Garrido. La primera noche terminó con La Dame Blanche, proyecto de la cubana Yaite Ramos Rodríguez, que mezcló hip hop, reggae, cumbia y raíces afrocubanas.
El cine tomó después el relevo. Al oeste, en Zapata, de David Bim, permitió mirar hacia una Cuba alejada de las postales, mientras A media voz, de Heidi Hassan y Patricia Pérez, colocó la emigración en el centro de la pantalla. Construido sobre la correspondencia y los archivos de dos amigas que abandonaron la Isla y terminaron viviendo en países distintos, el documental habla de la soledad, los oficios insospechados del exilio, la maternidad y esa sensación de haber dejado partes de uno mismo repartidas por diferentes ciudades.
“Los cubanos somos como pedazos de un espejo roto, como fichas de un rompecabezas que aún no logramos armar”, resumió una de las espectadoras. Cubacultura permitió durante unos días intentar juntar algunas piezas.
La música llevó esa misma experiencia a otros registros. Habana Abierta ocupó el sábado el antiguo Convento de Santa Catalina. A los fundadores Alejandro Gutiérrez, Vanito Brown y José Luis Medina, La Liebre, se sumaron Roberto Carcassés, Ernesto Blanco, José Raúl Machado, Fernando Favier y Pedro Pablo Rodríguez.
El teatro llegó dos noches después con Jacuzzi, de Yunior García Aguilera, interpretada por el propio autor junto a Claudia Álvarez y Yadier Fernández. Más de un centenar de espectadores siguieron una historia donde amistad, amor, miedo y política terminan encerrados en el mismo espacio. Fue entonces cuando la discusión política saltó del escenario al público. Un miembro de una organización española afín al Gobierno cubano tomó la palabra para repetir contra García la narrativa utilizada por la Seguridad del Estado, que años atrás intentó presentarlo como pieza de una operación extranjera destinada a impulsar un “golpe blando” en Cuba.
El intento de llevar el conversatorio hacia aquel discurso encontró una respuesta serena. García agradeció el debate y recordó que una discusión semejante resulta prácticamente imposible en la Isla bajo la censura y el monopolio oficial de la palabra. Laura de la Uz intervino entonces: “Usted tiene la libertad en España de decir todo lo que piensa. Pero nosotros, como cubanos, también la tenemos”.
El público volvió enseguida a Jacuzzi. Los comentarios se concentraron en la emoción y la sinceridad de la propuesta, y algunos asistentes contaron los kilómetros recorridos para verla. El incidente terminó demostrando, casi involuntariamente, una de las particularidades del festival: nadie necesitaba desterrar al discrepante ni impedirle hablar para defender sus propias ideas.
La literatura continuó al día siguiente ese diálogo entre partidas y regresos. Karla Suárez y Héctor Garrido presentaron Objetos perdidos y Habitación con cielo en una conversación poco convencional, casi una tertulia entre amigos. Las historias parecían avanzar en direcciones contrarias para acabar encontrándose. Garrido, español, escribe sobre La Habana después de haber decidido vivir en Cuba; Suárez, cubana emigrada muy joven, sitúa en Barcelona una novela donde unas pulseras aparentemente insignificantes terminan guardando la cronología sentimental de años de despedidas y reencuentros.
La clausura quedó en manos del músico X Alfonso, que cerró con broche de oro el evento acompañado por Ernesto Blanco y Frank Durand. Cientos de personas habían reservado sus entradas y el espacio estaba completo desde dos días antes. En un pequeño formato de guitarra, bajo, piano y percusión, los músicos fueron cambiando de instrumentos con una naturalidad asombrosa durante un concierto tan íntimo como poderoso.
Hay en X algo de artista del Renacimiento. Resulta difícil encerrarlo únicamente en la música. Compositor, intérprete, fotógrafo, realizador audiovisual y gestor cultural, ha sabido unir disciplinas que otros suelen mantener separadas. Esa vocación encuentra quizá su expresión más visible en Fábrica de Arte Cubano, el espacio que ha defendido durante años en La Habana como lugar de encuentro entre manifestaciones artísticas, incluso en medio de las estrecheces y obstáculos que supone sostener un proyecto semejante en Cuba.
En esa aventura ha sido fundamental Sandra Lusitana, su esposa, productora y gestora cultural, una de esas personas capaces de solventar cualquier contratiempo. En Trigueros no tardó en integrarse en la maquinaria invisible que mantiene vivo el festival. Pero si alguien terminó apropiándose del evento fue Mar, la pequeña hija de X y Sandra. Con la facilidad que tienen los niños para abolir solemnidades, rebautizó a varios de los presentes y fue iluminando con su personalidad cada rincón de Trigueros.
La singularidad de Cubacultura no está solo en su programación. Está en la acogida. En quienes cocinan para los artistas, lavan un vestuario a última hora, resuelven un problema técnico, ofrecen una cerveza o hacen sitio alrededor de una mesa. En Lourdes y Juan Manuel, después de más de medio siglo juntos; en Laura de la Uz descubierta también como incansable gestora cultural; en la hospitalidad de Garrido y de un equipo –compuesto por Lola, Chari, Vito, Parra, Alfonso y Antonio– para el que casi ningún contratiempo parece irresoluble.
Durante ocho días, Harina de Otro Costal fue justamente eso: otra manera de entender Cuba. Una donde los artistas de distintas ramas pueden ocupar una misma programación; donde alguien puede defender sus ideas sin que se genere un acto de repudio; y donde los pedazos dispersos de un país pueden sentarse otra vez alrededor de la misma mesa. No es todavía la Cuba que existe. Pero durante una semana, en un antiguo molino de Trigueros, se pareció bastante a un ensayo de la Cuba que soñamos.