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Su modelo era la Cuba castrista y mataba en nombre de ETA

La película 'Maixabel' cuenta el proceso de reconciliación entre la viuda de una víctima y el asesino de su marido

Icíar Bollaín (izquierda) dirigiendo a los actores Luis Tosar y Blanca Portillo durante la grabación de 'Maixabel' . (eitb.eus)
Rosa Pascual

10 de octubre 2021 - 19:48

Madrid/¿Te sentarías delante del asesino de la persona que más quieres para escucharle pedir perdón? La respuesta parece fácil, porque lo más natural es que la vida nunca nos coloque en esa situación. Pero, ¿y si pasa? "

Juan Mari hubiera hablado hasta con los que lo mataron, lo sabéis perfectamente", es la respuesta de Maixabel Lasa, en la vida real y en el filme sobre su historia, bautizado con su nombre de pila. Maixabel, estrenada en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, abre un incomodísimo melón de preguntas y sentimientos contradictorios en torno al diálogo, el perdón, la incomprensión y el arrepentimiento.

La historia de la protagonista de la película es de sobra conocida en España, donde lleva tres semanas liderando el ranking de público. Viuda de Juan Mari Jáuregui, exgobernador civil de Guipuzkoa y asesinado por el grupo terrorista ETA en el año 2000, Lasa tomó la decisión, a veces rechazada o incomprendida en su entorno más cercano, de enfrentarse a su duelo mediante la palabra que había guiado la vida de su marido: diálogo.

No hay spoilers en esta película. El guión, un prodigio de Isa Campo e Icíar Bollaín que consigue, desde la contención, teñir de emoción todo el metraje, reproduce con extrema fidelidad el proceso de reconstrucción de Maixabel Lasa, heroína rotunda del filme, junto (sí, junto) a Ibón Etxezarreta, el hombre que la llamó para pedirle perdón por haber matado a su marido en nombre de una ignominia.

La historia de la protagonista de la película es de sobra conocida en España, donde lleva tres semanas liderando el 'ranking' de público

El 29 de julio de 2000, Etxezarreta conducía el vehículo en el que viajaban también Luis Carrasco Aseginolaza y Patxi Makazaga antes y después de disparar tres veces y por la espalda a Jáuregui, que comía con un amigo en un restaurante de Tolosa (Navarra). El político socialista trabajaba en Chile para mantenerse apartado del peligro, pero visitaba con frecuencia la localidad, donde vivía su esposa. Los tres etarras fueron condenados en 2004 como parte del comando Buruntza, al que se atribuía una treintena de atentados.

Carrasco fue el primero de los tres en acogerse a la vía Nanclares, un proyecto de reinserción creado en España para presos de ETA que aceptaran una serie de condiciones de ruptura inequívoca con su pasado. Entre ellas, la renuncia pública a la banda y su colectivo de presos, la colaboración antiterrorista, el rechazo a la violencia y la petición de perdón a las víctimas.

Parte del acuerdo implicaba concentrar en la cárcel de Nanclares de Oca (provincia de Álava) a quienes se adherían al proceso, una decisión nada fácil de tomar, porque de facto suponía enfrentarse a ETA, convertirse en un traidor y estar amenazado. "A mí todo me da igual, pero yo ahí fuera tengo familia", dice uno de los presos de Nanclares a la mediadora en un momento del filme. Y así era.

Etxezarreta llegó accidentalmente desde la prisión de Badajoz (Extremadura) en la que estaba a Nanclares de Oca, donde debía pernoctar para acudir a ver a su familia con motivo de la muerte de su abuelo. Así es como coincide con Carrasco, al que reprocha inicialmente sus críticas públicas y salida de la banda porque, aunque él ya es también consciente desde hace tiempo de la aberración que supone el grupo terrorista, aún considera que los trapos sucios se lavan en casa.

En ese contexto arrancan los diálogos entre víctimas y victimarios, un programa que se inició con los presos disidentes de Nanclares que solicitaron pedir perdón a los familiares de los asesinados que estuvieran dispuestos a estos encuentros individuales. En ellos, el terrorista debía estar preparado para ser confrontado con dureza ante una víctima que quisiera buscar respuestas, escuchar las versiones de los asesinos y mirarlos a la cara.

Maixabel Lasa, entonces directora de la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco, fue una de las personas que optó por hablar y escuchar al responsable de su dolor. Primero con Carrasco, hombre de menos palabras, y después con Etxezarreta, con quien ha trabado, poco a poco, una relación –que no amistad– aún muy cuestionada desde muchos sectores.

La película se adentra, pues, en el camino personal que hacen ambas partes para llegar a donde están hoy. O donde estaban, específicamente, el día en que juntos acudieron al monolito que recuerda a Juan Mari Jáuregui durante el homenaje por el 14 aniversario del asesinato del político vasco y en el que el exetarra portaba un ramo de flores que dejó a los pies del monumento: 10 rojas, por cada año pasado en prisión, y una blanca, por el futuro que comenzó ese ya lejano día.

El encuentro entre Maixabel e Ibón –Blanca Portillo y Luis Tosar, dos de los actores españoles más sólidos– tuvo que realizarse al margen del Estado. Ambos habían programado verse cuando el Gobierno decidió suspender el programa y tuvieron que hacerlo durante un permiso del preso. Es la cima de la película, cuando ambos se abren en canal buscando, ella comprender lo incomprensible, él, obtener un perdón que a sí mismo no puede darse.

Maixabel se adentra en muchos detalles poco conocidos del entorno de ETA. Tosar, que confesó estar aterrorizado antes de visitar a Etxezarreta para preparar el personaje, pone voz a los delirios que llevan a una persona a convertirse en el soldado de una secta que a lo largo de su existencia dejó 854 muertos en España.

Ibón confiesa estar plenamente ideologizado desde la adolescencia, cuando defendía la causa nicaragüense y su modelo era la Cuba castrista, aunque resulta más descorazonador descubrir que muchos ni siquiera tenían una motivación razonada para matar y acababan en ETA casi como si fuera un proceso natural de cierta parte de la juventud vasca, algo que Maixabel Lasa, la de verdad, niega rotundamente: "Fueron muchos más los que no se sumaron, afortunadamente", ha dicho en una reciente entrevista.

Es la cima de la película, cuando ambos se abren en canal buscando, ella comprender lo incomprensible, él, obtener un perdón que a sí mismo no puede darse

La nueva posición de Ibón le cuesta un merecido calvario al exterrorista. No solo encuentra el rechazo de todo su antiguo entorno y las pintadas de traidor en medio de una diana en la fachada de la casa materna, sino el más importante, el que le azota cada noche a solas en su celda, del que es imposible esconderse: el odio a uno mismo.

Maixabel busca respuestas pero le cuesta encontrarlas en las palabras de los asesinos de su marido. ¿Por qué él? No lo saben, les daban una lista y ya está. ¿Qué sabían de él? Poca cosa, que fue gobernador civil. ¿Quién disparó? Lo echábamos a suertes. ¿Sabíais que Juan Mari ha investigado torturas contra etarras porque le parecía que los derechos humanos debían ser para todos? Ni la menor idea. Qué insustancial era todo para haberse llevado la vida de más de 800 personas y sus familias. "Prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre", le espeta Maixabel a Ibón. "Yo también preferiría ser Juan Mari antes que yo", responde él, poniendo fin a una cruda y dolorosa escena, tan seca como emotiva.

Un personaje sobrevuela de forma fundamental la película: el de María Jáuregui. La hija del político tiene un papel clave, en la vida y en el mensaje de la película. Aunque apoya radicalmente a su madre, su gestión del duelo ha sido completamente diferente. Vivió en Andalucía durante años, donde acababa de ser admitida en la universidad cuando mataron a su padre, y trató de escapar del dolor.

A pesar de sus dudas respecto al proceso –"No representa a nadie, ¿cuántos arrepentidos hay ahí dentro"–, entiende y apoya la necesidad de su madre de sanar mediante un camino menos transitado pero tan válido como otros. Su mirada al terrorista, una enorme mezcla de confusión, rabia y emoción, en la escena final del homenaje sintetizan el espíritu de un filme que llega a las pantallas coincidiendo con el décimo aniversario del fin de la violencia de ETA.

Maixabel Lasa ha dicho estos días que no es religiosa y no cree en el perdón, pero sí en las segundas oportunidades y que ella quiere dárselas a quienes las pidan, sin cuestionar a quienes optan por un camino distinto. Dice que le ha gustado la película y que cree que puede ayudar a hacer memoria de lo sucedido. "Y que se entienda no solamente en Euskadi, sino fuera de España. Porque hay muchísimas zonas con conflictos de estas características, donde hay mucha violencia y pueden suceder cosas que aquí ya han sucedido".

De momento, Patxi Makazaga, el tercer hombre, ya ha pedido su encuentro.

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