La inmensa distorsión de Martí

José Martí en una imagen de 1891. (Universidad de Miami)
José Martí en una imagen de 1891. (Universidad de Miami)

Es cierto que, aparentemente, en los escritos de José Martí puede encontrarse la justificación de aberraciones políticas como las que sufrimos desde que Fidel Castro se quitara la careta democrática y legalista a mediados de 1959. Y destaco aquí la palabra "aparentemente".

Para conseguir una comprensión suficiente del pensamiento de cualquier personalidad intelectual o política, se impone buscar el argumento de su vida. El de José Martí no era otro que la constitución de una República de Cuba, independiente y soberana, que por el ejercicio de sus virtudes cívicas impulsara una renovación hemisférica, y hasta mundial, en las formas republicano-democráticas. El apóstol de nuestra independencia fue capaz de deshacerse de todas las dimensiones de la vida humana que no tuvieran que ver directamente con la labor de ese apostolado autoimpuesto.

Ahora, como con cualquier otro pensador, en la puesta en escena de su argumento vital, José Martí se ve obligado a responder a problemas menores. Respuestas casi siempre apresuradas que, con el paso de los años, se prestarán para que algunos consigan justificar en ellas aberraciones como la más arriba mencionada. Solo mediante esta magnificación de lo que es secundario en el pensamiento de José Martí puede convertirse a un demócrata de su quilate en nada menos que en un antecedente intelectual de las formas profundamente antidemocráticas impuestas a Cuba por el déspota Fidel Castro.

Solo mediante la magnificación de lo que es secundario en su pensamiento se puede convertir a Martí en un antecedente intelectual de las formas antidemocráticas impuestas por Fidel Castro

Una muestra de este error se descubre en una conocida serie de ensayos latinoamericanos que Martí publicó entre 1889 y 1890. Un investigador apresurado solo verá lo aparente. Martí, desengañado, se aparta por un momento de los asuntos cubanos para dedicarse a otros de más alcance: los Nuestroaméricanos (título del más importante de los trabajos en cuestión). La realidad es, no obstante, otra.

Dichos ensayos no han sido escritos más que con el objetivo de manipular los miedos de ciertas élites políticas en las repúblicas latinoamericanas, para así intentar ganarlas para la causa de la independencia cubana. En esos días Martí, hombre poco dado a ello, no se dedica a llorar desengaños amargos. Entonces el argumento de su vida se desarrolla pleno y fructuoso como pocas veces antes o después. Por esos días, en la Conferencia Panamericana a la que asiste como representante de varias repúblicas latinoamericanas, se empeña en una de las más importantes y poco conocidas batallas de su vida: la lucha para evitar la venta de Cuba a EE UU que apoyaban no pocas cancillerías nuestroamericanas.

En base a estos ensayos, sin tomar en cuenta la circunstancia vital en que fueron escritos, se ha pretendido cambiar el argumento hasta convertir a Martí, el latinoamericano de su tiempo que mejor entendió y admiró a EE UU, en un antiestadounidense a la ascética manera del conspirador italiano de tiempos del romanticismo. Esta reconversión argumental, de paso, sirve para hacernos tragar ese disparate de que nos lo presenten como el gran justificador intelectual del regreso a las formas políticas que combatió: las de la fortaleza sitiada, del presidio, o sea, las que a taconazos nos impuso España desde 1837 hasta el final de la Guerra Grande.

En esencia, no es de Martí de quien debemos deshacernos, sino de la visión hagiográfica que nos ha impuesto la gran mayoría de sus intérpretes, para quienes la dimensión del más grande cubano de todos los tiempos ha sido tan superior a las de sus limitados sentidos que se han limitado a reducirlo a una manejable caricatura virtuosa. Martí no fue un fanatizado seguidor de unos principios inflexibles que le impedían transigir en la consecución de sus objetivos. Por el contrario, el político Martí entiende que es imprescindible ceder para conseguir algo de lo que se espera.

No es de Martí de quien debemos deshacernos, sino de la visión hagiográfica que nos ha impuesto la gran mayoría de sus intérpretes

El arte de la política debe estar no en imponer absolutamente o en ceder lo menos posible, sino en que lo cedido a la larga pueda ser utilizado en la realización de los planes originales, o que, al menos, no les estorbe. Si se pretende apartar a las naciones latinoamericanas del apoyo a los mencionados planes de cesión a EE UU, se debe hurgar en sus miedos a una posible recolonización europea, que no era tan irreal a finales del siglo XIX y principios del XX.

Una cultura es un peso que no se puede echar a un lado con tanta facilidad, ni con tan inofensivos resultados. Lo que en el caso de Martí debemos hacer es más bien estudiar con detenimiento su obra dentro de su circunstancia vital, hasta jerarquizar su pensamiento y aclarar el argumento martiano sin otra concepción preconcebida que la de que no estamos tratando con un santo, sino simplemente con un ser humano de inteligencia inusual que ha sido capaz de subordinar su vida a una tarea que él mismo se ha impuesto. Una tarea de la cual nosotros somos en considerable medida el resultado.

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