La dirección colectiva en Cuba es un mito, el mando sigue concentrado
Cuba y la noche
No hace falta ostentar cargo alguno para representar al verdadero poder
Madrid/Es cierto que el poder en Cuba ya no está tan concentrado como antes, que el mando se ha fragmentado y que el país parece haber pasado del verticalismo absoluto a una especie de administración coral del desastre. Hoy son visibles más operadores, más capas, más intermediarios y más élites sectoriales que en los años del fidelismo clásico. Pero de ahí no se deduce que el poder haya dejado de estar concentrado. Se ha fragmentado la gestión, pero lo que no termina de fragmentarse es el mando. Y ese mando, todavía hoy, sigue remitiendo a un solo nombre y a su círculo íntimo, Raúl Castro.
El régimen cubano ya no funciona como en los años en que el barbudo monopolizaba el discurso y convertía cada problema de gobierno en una extensión de su voluntad personal. Ese modelo, por razones biológicas e históricas, se agotó. En su lugar apareció otra arquitectura, menos carismática y más burocrática. Pero opacidad no significa reparto del poder. Que hoy tengan más presencia en la cosa pública los administradores del aparato, los tecnócratas confiables, los militares-empresarios, los guardianes y los comisarios ideológicos no quiere decir que todos pesen igual ni que decidan colegiadamente el rumbo estratégico del sistema.
Ese matiz permite corregir la ilusión de suponer que el verdadero poder se va licuando por simple desgaste. A veces ocurre lo contrario. La desaparición del liderazgo fundador abre espacio para nuevas concentraciones más discretas. En Cuba, la autoridad ya no necesita aparecer con la frecuencia de antes para mantener su monopolio sobre el poder.
Raúl Castro determina de forma incuestionable cuándo hay que fijar límites, ordenar sucesiones o bendecir contactos de alto riesgo
En marzo pasado, en plena negociación con Estados Unidos, Miguel Díaz-Canel se apresuró a subrayar que las conversaciones estaban siendo conducidas por él –con un énfasis casi ansioso en ese “por mí”–, además de Raúl Castro y otros funcionarios. La inflexión de su voz delató más de lo que aclaraba. Parecía responder a la percepción, cada vez más extendida, de que ejerce una función casi decorativa sin ocupar del todo el centro del poder. Sus cargos formales –presidente de la República y primer secretario del Partido Comunista– no bastan para disipar esa sospecha. Menos aún cuando, en esos mismos momentos decisivos, la presencia de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto y escolta de Raúl, recordaba que las zonas realmente sensibles del mando siguen orbitando alrededor del viejo núcleo de confianza, y que no hace falta ostentar cargo alguno para representar al verdadero mando.
De hecho, cuando se mira dónde aparece Raúl Castro, aparece siempre en el lugar decisivo. Él determina de forma incuestionable cuándo hay que fijar límites, ordenar sucesiones o bendecir contactos de alto riesgo. Fue él y nadie más quien eligió a Díaz-Canel en todos sus cargos y quien ha permitido que siga allí. Fue también él quien propuso aplazar indefinidamente el congreso del Partido previsto para 2026, y luego el Comité Central aprobó la propuesta por unanimidad. Llamar a eso “dirección colectiva” exige una imaginación bastante generosa.
Y sin embargo, esa es precisamente la fórmula que Díaz-Canel repite. El pasado 12 de abril, en la entrevista con NBC, dijo que la dirección de la Revolución no se “personalizaba en una persona” y afirmó “nosotros tenemos una dirección colectiva”, con unidad, cohesión, disciplina revolucionaria y cientos de personas en condiciones de ocupar responsabilidades y decidir de manera colectiva.
En Cuba hay administración colectiva, sí, pero en el sentido en que un aparato reparte funciones, no en el sentido en que distribuye el mando final. La colegialidad sirve para repartir responsabilidades, para que varios cuadros carguen con el peso del deterioro y para que nadie parezca imprescindible en la superficie. Pero cuando el asunto toca la seguridad del régimen, la relación con Washington o la arquitectura de la sucesión, el sistema no se remite a un colectivo horizontal; vuelve a gravitar hacia el centro íntimo donde confluyen familia, seguridad y confianza histórica.
Fuera de la familia, todos los que ocupan esas posiciones de micropoder lo hacen de manera precaria. Pueden desaparecer con un chasquido de dedos.
Durante el deshielo con Obama, el actor clave fue Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, ligado entonces al aparato de seguridad nacional. Y ahora, todas las miradas señalan a Raúl Guillermo, conocido como El Cangrejo. Es decir, cuando Washington quiere saber con quién hablar para que una conversación no sea solo protocolo, termina tocando la órbita de la familia Castro y de sus enlaces de máxima confianza.
Lo mismo ocurre dentro del país. Están, claro, los administradores del aparato, Díaz-Canel, Roberto Morales Ojeda, Manuel Marrero, gobernadores, ministros y secretarios del Partido. Están los tecnócratas confiables, promovidos para gestionar zonas críticas sin tocar la lógica del mando. Están los militares empresarios, herederos del poder económico concentrado durante años en Gaesa y en el entorno del fallecido López-Calleja, yernísimo de Raúl Castro y padre de El Cangrejo.
Pero, fuera de la familia, todos los que ocupan esas posiciones de micropoder lo hacen de manera precaria. Pueden desaparecer con un chasquido de dedos. La lista de oficiales, cuadros y tecnócratas borrados del mapa político es demasiado extensa para este espacio, pero basta repasarla para advertir patrones inevitables. Sin importar cuán alto haya escalado un administrador dentro del sistema, nada lo protege de una caída fulminante. Ahí están los casos de Arnaldo Ochoa, José Abrantes y los hermanos de la Guardia, pero también, en otra escala y en otro momento, los de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque o Alejandro Gil.
Nadie tiene certeza de que Donald Trump acabará de manera drástica con el castrismo
Tampoco es cierta la supuesta “unidad” dentro de las parcelas de poder. En la esfera digital-propagandística eran harto conocidas las diferencias irreconciliables entre Iroel Sánchez y Abel Prieto. Las pugnas internas por eliminar a competidores, ganar terrenos de influencia o garantizarse padrinazgos exclusivos siempre han sido intensas. Hoy la disputa por el relato no es solamente cultural; es también de vigilancia, difamación, movilización de alianzas y gestión del miedo.
El poder cubano ya no tiene la forma simple del mando unipersonal de otras décadas. Pero cuando murió Fidel Castro todo el mundo tenía claro quién era su heredero. Ahora han nacido nuevas concentraciones, varios grupos que administran parcelas del sistema, mientras un núcleo reducido conserva la capacidad de ordenar lo esencial. La gran pregunta es qué pasará cuando Raúl Castro desaparezca físicamente.
Nadie tiene certeza de que Donald Trump acabará de manera drástica con el castrismo. Pero aún sobreviviendo a sus amenazas, el régimen no parece capaz de sostenerse indefinidamente. Si la presión social y la presión externa continúan, difícilmente alguien pueda mostrar todas las credenciales para autoproclamarse como heredero legítimo del poder dictatorial. Y ese momento, inevitablemente, se acerca a velocidad máxima.