León XIV en España y la Cuba que se cruza en su camino
Opinión
Ver a la Iglesia moverse en una democracia plena es, para un cubano, redescubrir una fe sin mordaza
Madrid/Hay una memoria litúrgica que los cubanos arrastramos en la maleta, una especie de catecismo aprendido bajo la sombra del miedo. Quienes sobrevivimos a la Isla y tuvimos la oportunidad de ser testigos de la visita de Juan Pablo II en 1998, de Benedicto XVI en 2012 o de Francisco en 2015, guardamos una certeza compartida. Los tres papas que pisaron Cuba lo hicieron bajo una dictadura.
Sus visitas, balsámicas y esperanzadoras, abrieron ciertas grietas en el muro del totalitarismo pero estuvieron siempre pautadas por el libreto del régimen. Vimos plazas llenas, sí, pero vigiladas por la policía política. Escuchamos discursos de paz pero bajo el peso asfixiante de un Gobierno que ha utilizado la presencia del Vicario de Cristo en tierra cubana para lavarse la cara ante el mundo. Y es que en Cuba existe la libertad de culto pero no la libertad religiosa.
Por eso, caminar estos días por las calles de Madrid durante la visita apostólica del papa León XIV a España despierta en mí un torrente de contrastes. Ver a la Iglesia moverse en una democracia plena es, para un cubano, redescubrir una fe sin mordaza. Pero lo más impactante de este viaje no ha sido solo la libertad del entorno, sino constatar cómo, de manera casi milagrosa, Cuba ha estado presente y se ha colado en la agenda madrileña del pontífice. La Isla no estuvo ausente, estuvo latente en los rostros de su diáspora.
En cada uno de ellos vi fragmentos de una nación dispersa, pero viva
Cuba se hizo carne en el Centro de Información y Acogida (Cedia) de Cáritas, a través del desgarrador y esperanzador testimonio de Niurka Paz con sus dos bebés en brazos. Ella, una abogada cubana que llegó sola y embarazada a España, le habló a León XIV en nombre de las miles de madres que cruzan el océano huyendo de la miseria material y espiritual de nuestro país.
Cuba también estuvo en el engranaje invisible de la organización, con jóvenes como Joe, aportando a la organización desde la delegación de jóvenes del Arzobispado de Madrid. Estuvo en el servicio desinteresado de Nelys y Ale, como parte de los más de 18.000 voluntarios. En la alegría desbordante de los movimientos de Fernando, que fue parte del cuerpo de baile que encendió el encuentro eclesial en el estadio Santiago Bernabéu y en el encuentro del papa con los voluntarios en Ifema (Institución Ferial de Madrid). En el acompañamiento de Amed a los adolescentes y jóvenes de su parroquia sevillana que deseaban vivir la experiencia. En la solemnidad de Juan Miguel, Mario y otros tantos sacerdotes cubanos, que concelebraron en la multitudinaria eucaristía en la plaza de Cibeles.
En cada uno de ellos vi fragmentos de una nación dispersa, pero viva. También en todos aquellos que se hicieron presentes en cada una de las actividades. Una Cuba que ya no pide permiso para existir y que reza en libertad.
Sin embargo, mientras observaba al Papa moverse entre la gente, rezar y pronunciar discursos, una pregunta inevitable me golpeaba el pecho: ¿Cómo sería la visita de un Papa a una Cuba democrática?
Los cubanos solo conocemos visitas papales bajo el yugo de la plaza sitiada. No sabemos lo que es recibir al sucesor de Pedro sin que la policía política decida quién asiste y quién se queda fuera de la misa.
Me imagino a León XIV, con esa sensibilidad hacia los marginados que ha demostrado en su pontificado, aterrizando en una Cuba nueva. ¿Qué le diría al pueblo? Estoy seguro de que ya no tendría que usar metáforas ni parábolas veladas para hablar de la libertad. Le diría al cubano, mirándolo a los ojos y sin el temor de que sus oyentes terminen en un calabozo de Villa Marista, que es dueño de su destino. Les diría que la reconstrucción de una sociedad destruida por el odio no se hace desde la venganza, sino desde la justicia y la reconciliación. Alentaría a los jóvenes a no marchar más al destierro, porque la patria, finalmente, volvería a ser un hogar seguro.
Al ver a tantos cubanos sosteniendo de diversas maneras y siendo parte de esta visita en España, me asiste una profunda esperanza
¿Y qué le diría a las autoridades civiles? En una Cuba nueva, el papa no tendría que estrechar la mano de dictadores ancianos ni validar dinámicas dinásticas. Hablaría ante un Parlamento plural, ante un presidente electo por el voto popular. Su discurso no sería de confrontación, sino de exigencia ética. Recordaría a los gobernantes que el poder es un servicio y que la grandeza de una nación se mide por cómo trata a sus ciudadanos más débiles, no por la represión ni la rigidez de su control ideológico.
En esa Cuba libre, el Papa no tendría que interceder por la liberación de presos políticos. No actuaría tampoco como un mediador geopolítico entre un régimen moribundo y el mundo. Actuaría como un pastor en medio de una fiesta. Caminaría por las calles de La Habana, Holguín o Santa Clara sin cordones de la Seguridad del Estado bloqueando el acceso de fieles “revoltosos”. Abrazaría a los presos políticos liberados y les exigiría a los obispos que ejerzan con fuerza la misión profética de anunciar y denunciar sin temor de que las palabras se conviertan en reprimendas y en un accionar malévolo por parte del régimen para dañar a la Iglesia por atreverse un pastor a decir algunas verdades.
El paso de León XIV por Madrid nos demuestra que la Iglesia brilla más cuando se ensucia las manos con la realidad del migrante y del desposeído. Al ver a tantos cubanos sosteniendo de diversas maneras y siendo parte de esta visita en España, me asiste una profunda esperanza. Confío plenamente en que los ojos de este Papa verán una Cuba nueva. Deseo y confío en que León XIV será el primer pontífice que abrace a nuestro pueblo, no en la larga noche de la dictadura, sino bajo el sol brillante de la libertad porque la noche nunca será eterna.