Sanguily y la manía de dormir con el enemigo
Hoy como ayer
Del mambí que cobraba de España al cuidador que trabajaba para el castrismo: la sospecha difusa no ve al que respira en la nuca
Madrid/En 1871, Ignacio Agramonte rescató al brigadier Julio Sanguily de una columna española. Durante un siglo, aquel rescate fue toda su carta de presentación. Luego alguien abrió los legajos. En los papeles de Camilo García de Polavieja, capitán general de Cuba entre 1890 y 1892 y artífice de una red de confidentes contra el bandolerismo, el historiador Manuel de Paz Sánchez encontró otra película. Desde al menos 1889, Sanguily figuraba como colaborador de la Capitanía General. Tenía alias, Pancho, y una clave cifrada fechada en 1892. Y tenía, sobre todo, una vocación contable muy suya: pedía anticipos. En una ocasión solicitó 175 pesos en oro y le entregaron 150, “últimos, pero de verdad”, según anotó un ayudante de Polavieja, con la fe de quien le presta a un cuñado.
Su misión era entregar a Manuel García, el “Rey de los Campos de Cuba”, bandolero y conspirador independentista. Nunca lo hizo. Los españoles tampoco se fiaban de él; uno de sus agentes lo llamó “ese maldito cojo”. Paz Sánchez concluye que jugaba a dos barajas: cobraba de Polavieja mientras protegía a los bandoleros, que le pagaban su “justa” comisión.
El 24 de febrero de 1895, Sanguily debía encabezar el alzamiento de Occidente. Juan Gualberto Gómez le rogó que se escondiera; su hermano Manuel, también. Lo detuvieron en su casa de El Cerro, mientras se bañaba, según el cónsul estadounidense. Algunos compañeros, asegura el historiador Rolando Rodríguez, ya sabían que no se alzaría: tenía empeñados el revólver y el machete. Sin él, los conjurados de Matanzas se dispersaron y el alzamiento occidental fracasó. Esa misma noche, por una casualidad que a muchos pareció sospechosa, murió Manuel García en su estreno como mambí; varios testigos hablaron de asesinato. Sanguily fue arrestado por las autoridades españolas y guardó prisión durante casi dos años en La Cabaña; para Rodríguez, su encarcelamiento fue, en realidad, una coartada para protegerlo de las sospechas de ser un agente al servicio de España.
Martí lo acusó veladamente de sacarles dinero a los tabaqueros de Cayo Hueso con un alzamiento que nunca llegó
Este historiador, que lo sube al podio de los villanos nacionales junto a Estrada Palma y Gonzalo de Quesada, le atribuye un currículo picaresco. En la manigua, según el diario de Vicente García, comerciaba con los enclaves enemigos. En la paz aceptó de Polavieja una “botella” en los ferrocarriles. Martí, según el mismo autor, lo acusó veladamente de sacarles dinero a los tabaqueros de Cayo Hueso con un alzamiento que nunca llegó. En el exilio le cobró mesadas a Estrada Palma y, en 1897, ofreció al ministro español Dupuy de Lôme convencer a Máximo Gómez de aceptar la autonomía por unos 300 pesos al mes. Cánovas aprobó el sueldo, pero no el viaje: España le pagaría por quedarse quieto. Terminó cobrando de Leonard Wood por labores “especiales”. Había que financiar la baraja. Su retrato, sin embargo, cuelga en la galería de patriotas del Ayuntamiento habanero.
Hoy como ayer, la escena se repite con menos naipes y más pastillas. En febrero de 2018, Luis Posada Carriles cumplió 90 años. En una foto aparece junto a una tarta enorme y un único invitado de pie a su lado: Fernando Armando Valdés Pérez, el hombre que había organizado la fiesta. Según las autoridades estadounidenses, el anfitrión trabajaba para el Gobierno que Posada había pasado la vida intentando derribar.
El 10 de julio de 2026, agentes federales detuvieron a Valdés en el aeropuerto de Miami. El 7 de agosto fue deportado. Según el servicio de Inmigración (ICE), desde mediados de los noventa era un activo de la inteligencia cubana encargado de infiltrar el exilio. No fue juzgado por espionaje: lo deportaron por haber olvidado mencionar ese detalle al pedir la residencia, y no se han presentado pruebas públicas.
Según The Miami Herald, Valdés acompañaba a Posada al médico, le administraba las pastillas y decidía quién podía verlo. Un amigo del viejo militante lo describió como un “hijo devoto”. Tras el indulto panameño de 2004, Posada pasó más de un año escondido en su casa de Guatemala, a unos 200 metros del consulado cubano. Otro allegado lo resumió con precisión de bolero: dormir con el enemigo.
La Habana, entretanto, denunciaba la “vida apacible” que Washington consentía a Posada en Miami. Tenía motivos para conocerla al detalle: uno de los suyos le cortaba la tarta.
La lista es larga. En 2003, la Seguridad del Estado “quemó” a sus agentes para condenar a los 75 de la Primavera Negra; Néstor Baguer, el agente “Octavio”, dijo llevar 43 años informando. Alrededor de Posada orbitaron otros: Percy Alvarado, el agente “Fraile”, contó en la televisión cubana que Posada había sido uno de sus contactos, y Gilberto Abascal, informante del FBI, volvió a Cuba a construirse, según sus vecinos, una casa con piscina.
Los cubanos solemos reprocharnos el “síndrome de la sospecha”: vemos agentes en todas partes, en el primo que volvió, en el vecino que abrió una mipyme, en el camarero demasiado atento. El régimen agradece el servicio. Una oposición que sospecha de todos ya no necesita espías, y cuando alguien denuncia una infiltración real, basta con llamarlo paranoico.
La paradoja es que esa sospecha difusa no ve al que respira en la nuca. Orlando González, amigo de Posada, dice que alertó al FBI sobre Valdés hacia 2006. La deportación llegó veinte años después. Cuando González lo confrontó, Valdés respondió que, si de verdad fuera espía, podría haberlos matado a los dos. Es el mismo argumento que absuelve a Sanguily: si quería traicionar, ¿por qué no entregó a Manuel García? El infiltrado no está para disparar, sino para escuchar.
Los cubanos solemos reprocharnos el “síndrome de la sospecha”: vemos agentes en todas partes
Hay una pista que se repite: el dinero. Sanguily jugaba y pedía anticipos; Abascal alquilaba en Cuba coches de 500 dólares a la semana; en la habitación de Valdés apareció una tarjeta de negocios con Cuba e Italia. Pero no todos los agentes se mueven por dinero. Ana Belén Montes espió durante años sin enriquecerse, y no todo el que comercia con la isla es un agente. Lo que merece atención es la desproporción y, sobre todo, los privilegios que solo el Estado concede: licencias exclusivas, concesiones, puertas que a otros se les cierran. Motivo para verificar, no para acusar.
La oposición cubana no tendrá un servicio de contrainteligencia mientras dure el régimen, y quizá sea mejor así. Ni los servicios más sofisticados son impermeables, y montar ese andamiaje solo se justifica cuando hay un proyecto lo bastante sólido para sostenerlo.
Lo que sí puede construir es una cultura de seguridad: que nadie concentre todo el acceso, porque el infiltrado siempre busca a la persona clave, sea Polavieja o Posada; verificar antes de abrir puertas; exigir cuentas claras; atender las alertas en lugar de archivarlas o airearlas; y recordar que la presunción de inocencia no es una debilidad, sino lo que nos distingue del adversario.
La traición no detuvo la guerra de 1895. Sanguily acabó en La Cabaña, Occidente se apagó y, aun así, Martí, Gómez y Maceo desembarcaron semanas después. La lucha de hoy tampoco debe detenerse porque un hijo devoto resultara ser adoptivo de otra familia. Pero la historia no siempre resuelve quién era leal, y no podemos esperar otro siglo para averiguarlo. No necesitamos sospechar más. Necesitamos sospechar mejor.