Adiós, amigo

El autor, colega de Florentino Aspillaga Lombard, recuerda al más célebre desertor cubano, fallecido este lunes

Antonio Tang y Florentino Aspillaga (derecha) en el sur de Florida en 1993. (Antonio Tang)
Antonio Tang y Florentino Aspillaga (derecha) en el sur de Florida en 1993. (Antonio Tang)

"Au revoir, mon ami", le dije al más buscado desertor de los servicios de Inteligencia cubanos en la orilla del Sena, en el centro de París. Lo abandoné a su suerte, cuando caminaba tranquilamente en una operación de denuncia en la capital francesa contra las maniobras del espionaje cubanas.

Eran los capítulos finales de la Guerra Fría, los primeros años de la década de los 90. El mundo estaba en transición y el exmayor del Ministerio del Interior Florentino Aspillaga Lombard estaba en la cúspide de su trabajo neutralizando los servicios especiales cubanos. Por mi parte, en plena juventud, no consideraba en esos momentos que fuera un riesgo dejar solo al hombre más buscado por La Habana en pleno París. "Después de todo —pensé—, no es lo mismo el oficio de cazador de espías que el de chaperón".

Me llegó la noticia del fallecimiento de quien fue un gran amigo, Florentino. Su muerte repentina me hizo retroceder con nostalgia a los tiempos en que soñábamos con una patria libre y pensábamos que era posible a corto plazo. El destino nos deparaba una espera que todavía continúa, pero lo sigo viendo con los ojos del pasado, en San Juan de Puerto Rico.

En ese momento tuvimos información de que los grupos separatistas puertorriqueños habían descubierto su presencia en la isla y se aprestaban a realizar otro atentado contra el conocido desertor cubano, quien ya había sido herido en una ocasión anterior por un agente de La Habana en Londres.

Los exoficiales de la Inteligencia cubana, Florentino Aspillaga (izquierda) con Enrique García, en Montreal en 1992. (La Presse)
Los exoficiales de la Inteligencia cubana, Florentino Aspillaga (izquierda) con Enrique García, en Montreal en 1992. (La Presse)

Aspillaga y yo estábamos allí denunciando la injerencia cubana en el referéndum independentista que se iba a desarrollar en esa isla. Una vez más me tocó participar en la operación porque mi amigo siempre requería mi presencia a pesar de mi juventud y completo desconocimiento de las artes del espionaje.

En medio de la "evacuación", de San Juan a Miami, los escoltas nos metían en los vehículos y me insistían: "Entre en el auto y tome el vuelo que le hemos dado. Usted y su amigo están en peligro". Recuerdo mi enérgica protesta, pues todavía me quedaban dos noches en el hotel Casino donde estaba alojado, argumentando que nadie me buscaba a mí, pero de nada valieron mis argumentos y terminé mis dos últimos días operacionales en un aburrido Holiday Inn en Miami.

Florentino siempre me perdonaba mis errores de novato. Nunca permitió muchas fotografías. Siempre lo acompañaron la desconfianza y paranoia propios del oficial de Inteligencia. Sin embargo, jamás se molestó conmigo por tomarle fotos. Tenía un corazón y una sensibilidad humana que sobrepasaban los avatares de su profesión. Los recuerdos son tantos y tan dispersos cuando se pierde un amigo de juventud. Junto luchamos por una Cuba mejor. Hoy su muerte me sorprende y solo puedo decir con dolor: Adiós, amigo.

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