Látigos… ¡al museo!

El domador se pasea por la jaula dándole la espalda a sus fieras amaestradas. En apariencias despreocupado, cuenta cada paso, mide cada centímetro y en su mano diestra, enrollado o extendido, mantiene con firmeza el látigo. El valor de su instrumento va más allá de ser el primer utensilio fabricado por el hombre capaz de romper con su chasquido la barrera del sonido.

El látigo es el mensajero del dolor y el promotor de la sumisión. Si no se usara con frecuencia como herramienta de castigo, se rompería la rutina de la domesticación y en ello le iría la vida al domador, que no es otra cosa que un represor.

En las sofisticadas relaciones sociales, el Estado reprime a través de un codificado sistema de leyes donde los ciudadanos tienen deberes y derechos. La diferencia básica entre la jaula de un circo y una sociedad moderna es que en esta última las fieras gozan de mayor autonomía y pueden elegir al que lleva el control de la situación. Las normas de convivencia y las reglas disciplinarias son aprobadas en parlamentos, donde los diputados representan a su electorado. Los aparatos policiales se encargan de someter a los que se resisten a pasar por el aro; sustituyen el rol del látigo, pero no para complacer los caprichos de un despótico domador, sino para defender los intereses de la comunidad, debidamente consensuados.

Los gobiernos que más se aproximan a la definición de régimen autoritario, dictadura o totalitarismo, se comportan como el domador de leones. Si algún mínimo aspecto de su gestión es desaprobado por una parte de la ciudadanía, hacen resonar la fusta y si el estallido del cuero contra el aire no resulta suficientemente amenazante, descargarán el azote sobre la espalda del desobediente. Sería absurdo e inútil pedirle indulgencia, tolerancia o aceptación ante cualquier indocilidad. En el número que presentan al público, no caben las fisuras.

La diferencia básica entre la jaula de un circo y una sociedad moderna es que en esta última las fieras gozan de mayor autonomía

He escuchado que en numerosos países los más prestigiosos circos están renunciado a este tipo de espectáculo, entre otras cosas porque se han percatado de que el abuso con animales causa más repugnancia que admiración en "el respetable" del siglo XXI. Ojalá se hiciera extensiva a todas las sociedades modernas esta novedosa consideración de la arena circense.

Los domadores, que se reciclen en payasos o malabaristas; los dictadores, que intenten convertirse en políticos competitivos, sometidos al escrutinio ciudadano. Si unos u otros no están capacitados para el cambio, que abandonen la escena, preferiblemente sin aplausos.

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