¡De la que te salvaste Camilo!

Por primera y última vez, lo vi de lejos durante una fracción de segundo el 21 de octubre de 1959, día  que él pasaba por Camagüey para arrestar al comandante Huber Matos. Nadie entendía nada, pero la presencia de Camilo en medio de la confusión nos trasmitía la confianza de que todo se solucionaría de la mejor manera.

Los detalles del momento en que se informó su desaparición (una semana más tarde), los he borrado de mi memoria, pero no he olvidado aquel instante en que se anunció la falsa noticia que lo habían encontrado. La gente en las calles sacaba banderas y cuadros de la Virgen de la Caridad. Fue breve la alegría, pero inolvidable.

¿Cómo es posible que en todos estos años, donde no ha quedado un metro cuadrado sin explorar, no haya aparecido un vestigio (...)?

Durante mucho tiempo tuve la convicción de que podría aparecer de un momento a otro. En los años en que me creí poeta hasta hice unos versitos describiendo su regreso. Todas las veces que volé entre Camagüey y La Habana, cada vez que lo hice, me preguntaba cual sería la razón para precipitarse en el mar… ¿cómo un Cessna, que nunca toma demasiada altura, puede caer sobre otro sitio que no sea la plataforma insular? ¿Cómo es posible que en todos estos años, donde no ha quedado un metro cuadrado sin explorar, no haya aparecido un vestigio, una parte del motor, las hélices, qué se yo…

Si hubiera sobrevivido a lo que le ocurrió y de no haberse envuelto en otro incidente similar, Camilo Cienfuegos sería hoy otro octogenario en la cúpula del poder. Si no hubiera sido destituido, encarcelado o fusilado, estaría cargando hoy con la responsabilidad del desastre nacional. Ya no estaríamos discutiendo si era más popular que el “otro”, sino si era tan culpable.

Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, los estudiantes marchan con flores hacia el malecón, también la gente que trabaja en las oficinas sale más temprano que de costumbre porque van a echarle flores a Camilo. Un ritual carente ya de las emociones de los primeros años, cuando los que llegaban a las costas para rendirle homenaje lo hacían con lágrimas en los ojos y sin tener que ser convocados desde la dirección de un centro escolar o laboral.

La muerte inmortalizó ente nosotros su imagen alegre y popular. Si hay algo más allá y desde ese lugar nos mira, debe sentirse feliz de haber desaparecido a tiempo. La muerte lo salvó de la ignominia, de la probable tentación de la corruptela y de la humillación de haber sido tratado como traidor o como cómplice.

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