Caras largas y bolsillos cortos

Uno de los rasgos distintivos de los nuevos tiempos en Cuba es que ya no es la escasez sino la carestía lo que explica la dificultad para adquirir los alimentos que se cultivan en la Isla, pero en el fondo de la cuestión pervive la misma causa de siempre: la improductividad.

Durante décadas los cubanos "se acostumbraron" a la no existencia de ciertos productos agrícolas. Especialmente en los años 60 y 70 cuando era más fuerte la dependencia del mercado racionado y los consumidores se sentían más usuarios que clientes. Los planes productivos estaban concebidos para satisfacer, a duras penas, lo planificado por el racionamiento y no existía ni siquiera la forma de comercializar los excedentes. Todas las veces que surgieron políticas más o menos aperturistas, como el mercado campesino de los años 80, reaparecían en las tarimas las frutas, vegetales y viandas, ausentes de la libreta de racionamiento, pero junto al feliz regreso de mameyes, lechugas y malangas asomaban también las caras largas de quienes ni siquiera se metían las manos en los bolsillos frente a los precios desorbitantes.

Entonces el afán justiciero del máximo líder, su voluntarismo sin freno, determinaba prohibir aquellas manifestaciones de mercantilismo y se volvían a perder los frijoles, las cebollas y desde luego los cárnicos. Como el errático andar de Ruperto, un personaje humorístico de nuestros días, cada dos pasos hacia delante conllevaba necesariamente al menos un paso atrás. Así anduvimos hasta que el general presidente aseguró que los movimientos realizados en el marco de la actualización de nuestro modelo económico serían irreversibles.

Pero las caras largas de "los menos favorecidos" siguen reclamando que algún Robin Hood ponga orden en este bosque de Sherwood. En las cartas de los lectores del diario Granma o en el programa Cuba Dice de la Televisión Nacional, los indignados se rasgan las vestiduras ante "los abusivos precios que inescrupulosos intermediarios imponen para lucrar ante las necesidades de la población". Se reconoce que los productores y vendedores están amparados hoy en la ley de oferta y demanda y por tanto están autorizados a poner los precios que ellos quieran, pero otros piensan que "hasta un límite" porque debe primar la protección al consumidor.

Sobre este tema la comentarista Talía González ha dicho esta semana en la revista televisiva Buenos Días : "Hay que reconocer que el experimento que se realiza en las provincias de La Habana, Artemisa y Mayabeque desde hace un año ha posibilitado ampliar la oferta y la variedad en los mercados, pero ahora el fenómeno es otro: los productos están allí, pero en muchos casos inaccesibles..."

Ha habido un aumento de la producción del 18 por ciento en relación al año anterior, pero eso no llega a reflejarse en los precios

Los funcionarios del Ministerio de la Agricultura afirman que ha habido un aumento de la producción del 18 por ciento en relación al año anterior, pero eso no llega a reflejarse en los precios porque los supuestos incrementos están destinados principalmente a la sustitución de importaciones o a completar compromisos no siempre bien cumplidos con escuelas, hospitales y otros sectores sociales.

La culpa de los problemas se le achaca a cuestiones eminentemente subjetivas, como la falta de control y exigencia; a los atrasos en los pagos o al incumplimiento de contratos, pero hay algo más profundo, íntimamente relacionado con la naturaleza de un sistema que, por mucho que intente actualizarse o perfeccionarse, sigue teniendo la misma esencia.

Cuando un campesino se da cuenta de que 100 libras de cebolla, vendidas a 40 pesos la libra, le aportan lo mismo que 800 vendidas a 5 pesos ha descubierto, sin necesidad de ser economista, sociólogo o político, que en la sociedad cubana actual, por cada consumidor económicamente favorecido, hay 8 que no lo son. Es decir, si en Cuba hay aproximadamente un millón y cuarto de personas con la suficiente capacidad adquisitiva para absorber lo poco que se produce, al precio que se lo pongan, no habrá interés en aumentar la producción, a menos que por algún milagro se cumpla la profecía comunista donde se augura que el trabajo habrá de convertirse en la primera necesidad humana, más allá de los mezquinos intereses materiales.

¡Ah qué descubrimiento! El sistema no puede funcionar mientras pretenda mantener una política de equidad y justicia, al tiempo que aspira a una economía eficiente y sostenible. No se trata de que se haya dado demasiada libertad a los productores, sino que no se le ha dado la suficiente. Al menos la necesaria, para que, de entre las ruinas de un proletariado, forzado a la corrupción para sobrevivir y de un campesinado temeroso de mostrar su prosperidad, surja una clase media empoderada y emprendedora. Pero semejante idea, tan liberal, no cabe en la camisa de fuerza de los lineamientos del 6º Congreso del Partido Comunista.

Está históricamente comprobado que la productividad crece no solo cuando están presentes los requerimientos tecnológicos y científicos, que hacen más eficiente el desempeño de las fuerzas productivas, sino también cuando existe una necesidad de aumentar la producción, pero una necesidad respaldada por la capacidad adquisitiva de los consumidores. De no ser así los países más hambrientos serían los más productivos pero, lamentablemente, ocurre lo contrario.

En todos los niveles jerárquicos, académicos y políticos conocen a esta serpiente que no deja de morderse la cola, pero en el inaccesible recinto donde se toman las grandes decisiones temen reconocer que la inviabilidad es una regularidad de aquel sistema socialista aprendido como un catecismo en los manuales soviéticos. No lo van a reconocer nunca, a menos que las caras largas de los insatisfechos dejen de irritarse ante las tablillas de precio en los mercados y canalicen su rabia y frustración hacia donde corresponde.

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