Un líder de la sociedad civil, anécdota real sin moraleja

En una fría madrugada de noviembre de finales de los años ochenta, unas doscientas personas intentábamos ponernos de acuerdo para organizar la cola de compra de pasajes interprovinciales en una agencia del municipio Playa. Como suele ocurrir en esos casos, la fila tenía dos cabezas, ambas autolegitimadas con la exposición a viva voz de las inobjetables evidencias de haber llegado primero.

La inmensa mayoría de los allí congregados pretendían pasar las navidades en alguna provincia. Por razones inexplicables, se habían conformado dos listas paralelas, ambas rectificadas a horarios diferentes. En aquella época –y todavía es así de alguna manera– la policía prohibía esos listados, de manera que no era posible apelar a la autoridad policial para que pusiera orden en tan confusa situación.

A las seis de la mañana, cuando faltaban dos horas para que comenzara la venta de boletines, un iracundo émulo de Hércules dijo que si no había acuerdo él sería el primero en comprar, y miró alrededor para ver si alguien no estaba conforme. De entre las sombras, un señor de unos cuarenta años surgió haciendo un llamado a la cordura. Sus espaldas no eran robustas y apenas medía un metro con setenta, pero contaba con una voz fuerte y parecía estar asistido por la convicción de que la razón, bien expuesta, siempre tiene la oportunidad de imponerse.

Haciendo lo posible por ocultar su evidente nerviosismo, gritó lo más alto que pudo: "¡Atiendan acá, por favor!", y sacando de donde no tenía el coraje de aparentar estar investido de alguna autoridad, invitó a ambas colas a que se colocaran una al lado de la otra. Una vez conseguido, soltó la fórmula mágica. "Aquí lo que tenemos que hacer es intercalarnos".

Su liderazgo “se quemó” en el bien de otros, en el altruista gesto de que lo más importante no era “brillar, sino que hubiera luz”

La solución significaba para cada uno colocarse más lejos de donde consideraba que le correspondía, de forma que el que creía ser el número 10 en una de las colas, ahora sería el 20. Con inusitada precisión, el espontáneo organizador confeccionó y repartió números en papeles con su firma. En medio de protestas y asentimientos, de aceptaciones y rechazos de todo tipo, la larga fila quedó felizmente instituida.

Yo conseguí mi pasaje a Camagüey, Hércules quedó al final y nunca supe qué fue de él. Al sereno promotor de la concordia le tocó dos puestos delante del mío pero no alcanzó boletos para Santiago de Cuba. La autoridad natural que había desplegado no redundó en su beneficio personal, apenas le garantizó un espacio en la fila. Su liderazgo "se quemó" en el bien de otros, en el altruista gesto de que lo más importante no era "brillar, sino que hubiera luz".

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