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La ideología a remate

Tienda de recuerdos de Moscú. (14ymedio)
Víctor Ariel González

20 de agosto 2014 - 23:06

La Habana/En el aeropuerto Sheremétievo, en Moscú, tuve mi primer "choque con el capitalismo". Éste se me presentó en forma de Duty Free, donde hallé lo que muchos llaman el ron cubano más famoso del mundo, el Bacardí. Tampoco había visto una botella de eso en mi vida. Me quedé un rato frente a los estantes.

En ese mismo lugar encontré también mercadería ideológica. Así como en La Habana te venden en CUC las imágenes del Che Guevara, en el Duty Free de Moscú te encuentras recuerdos de la URSS estampados en cualquier cosa. Por unos cuantos euros, te llevas uno de estos suvenires. ¡Cuánto lucro se saca en cualquier latitud vendiendo lo que queda del comunismo!

"¿Y ustedes creen en esto todavía?", le pregunto a una muchacha. Ella sonríe y me responde que no. Yo trato de imaginar cuántos dólares costará el régimen cubano cuando se quede nada más para adornar un rincón en la sala de algún progre nostálgico.

Tuve que caminar un buen rato para encontrar la salida de mi próximo vuelo a Viena. Moscú es extremadamente caro y me quedé con los deseos de una hamburguesa de Burger King, aunque nada más la vista del cartel y del establecimiento me habían hecho feliz. Por un momento se me fue el hambre.

El vuelo para Viena era más pequeño, con asientos vacíos. Esta vez me tocó ventanilla, por lo que me pasé casi todo el viaje con la cara asomada al cristal, mirando las nubes. Es todo un espectáculo ir colgado de unas alas sobre un mar de algodón, blanco e inmóvil. Al lado mío se sentó una señora que combinaba el inglés con un alemán del que yo no entendía nada.

Llegamos pronto a Austria. A diferencia de Moscú, los alrededores de Viena están llenos de sembrados. Unos al lado de otros hacen que desde arriba parezcan retazos de tela. Hay muchos generadores eólicos, dispersos.

Este otro aeropuerto es muy diferente al Sheremétievo y cien veces más bonito. Tampoco aquí nadie me pregunta nada ni me molesta; sólo debo enseñar mi pasaporte a un policía que, sin pensarlo, me estampa un cuño y me deja pasar.

Salimos a un corredor enorme donde recojo mi equipaje, que había estado viajando por su cuenta y me tenía algo preocupado que se fuera perder. Ya con las maletas, seguimos caminando y llegamos a otra galería todavía más grande que la primera. Era un hervidero de gente, lleno de carteles: "Bienvenido a casa", "Llegue en tren al centro de Viena en 16 minutos". Todo brillante, nuevo, perfecto. No podía mirar por donde caminaba. No quería perderme ni un pedazo de esa sensación única que da el descubrimiento constante.

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