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La normalización del drama

Cajón de Sastre

Cada comunicación que hago con mis amistades de La Habana, Pinar del Río, Ciego de Ávila o Santiago de Cuba es un muestrario de penalidades

Hoy cada intercambio de palabras o mensajes evoca a un naufragio. / 14ymedio
Rafael Sánchez

18 de agosto 2026 - 08:37

Las Palmas de Gran Canarias/Cierto que uno llama desde España. Que por aquí no hay que elegir entre comer o asearse y tampoco se da el debate entre un pedazo de carne o un par de zapatos. Que en este país el transporte no es un abismo, el fluido eléctrico tampoco entra en las preocupaciones diarias y que nadie se plantea problema alguno con el abasto de agua. Ni rastro, también, de esas miserias hospitalarias que por allá obligan a llevar alimentos a los profesionales de turno para incentivar una atención mínima. Y los vertederos urbanos no forman parte del paisaje. 

Hay sus problemas, obvio, pero nada que ver con el nivel subterráneo en el que anda ahora Cuba y que ya impregna rutinas, conversaciones, anhelos, deseos, inquietudes y desvelos. Me pasa, como a la mayoría que lo hace, que cada comunicación que hago con mis amistades de La Habana, Pinar del Río, Ciego de Ávila o Santiago de Cuba es un muestrario de penalidades y reducen a la mera supervivencia todas las interacciones.

Antes, hará unos años, ya con dificultades tras la caída del ínclito CUC y la aparición de la no menos genuina MLC (moneda libremente convertible), esas suertes de criptomonedas ideadas por algún iluminado comunista que nunca optará al Nobel de Economía, uno podía permitirse disquisiciones variadas cuando interactuaba con su gente al otro lado del Atlántico. 

Preguntabas por la gente del barrio, por ese vecino entrañable, por planes laborales o alguna ensoñación lúdica o festiva

Preguntabas por la gente del barrio, por ese vecino entrañable, por planes laborales o alguna ensoñación lúdica o festiva. Ese día en la Playa Bacuranao, un paseo con helado por 23, el cake que, con mil esfuerzos, se compraba en algún particular de Infanta o esa pizzería por Marianao a la que se podía ir. Había quien te contaba la última función que vio en el Trianón de Línea o el excelso sabor que dejó aquella vez (la última) de Paco de Lucía en el Karl Marx, con un recital majestuoso. Y preguntabas por la calle Obispo, esa suerte de selva multicolor siempre en combustión, o deseabas, por lo que te contaban, volver a asomarte al Malecón y que allí te pillara la noche.

Marcabas para Cuba y te enriquecía la gente que, lidiando con mil penurias, todavía se permitía sus licencias más allá de arroz y el picadillo, fuera de cargar agua y muy lejos de condicionar su existencia a los implacables apagones, y que obligan a tener el ciclo vital de un animal.

Hoy cada intercambio de palabras o mensajes evoca a un naufragio.

Salvo contadísimas excepciones, piezas de museo casi, todos viven en el alambre y se están cayendo por ese abismo de incertidumbre que les consume

El precio de un huevo, esa bolsa de pan inalcanzable, el aceite utópico, la añoranza de una mano de plátanos, un atracón a perrito como único antídoto para los truenos hambrientos de la barriga, el quejido interminable por la corriente, el plan imposible de ir a ver a un familiar que vive en otro barrio porque el precio de los almendrones está fuera de catálogo, tres días sin una ducha, que el cubo que queda de agua se reserva para descargar la cisterna, desvelos nocturnos por ese calor que devora, el olor nauseabundo de la cuadra con una basura que ya echó raíces, el último robo a un conocido en mitad de la calle y sin que nadie hiciera más que grabar con el celular, la visita al policlínico en el que había más bacterias que antibióticos, cuarenta mil insultos a la clase dirigente ante la insolvencia moral de no aportar ni soluciones ni esperanza... 

Y es un círculo cerrado. Ya nada sale de ahí: comida, maldiciones para los que mandan (o eso aparentan), corriente y agua. Nadie osa salir de esas coordenadas de supervivencia. Salvo contadísimas excepciones, piezas de museo casi, todos viven en el alambre y se están cayendo por ese abismo de incertidumbre que les consume. Un drama ya normalizado.

"La Habana vende lástima", le leía hace poco a Yunior García Aguilera en el titular de una de sus informaciones. Esa expresión, de precisión quirúrgica, se me quedó clavada en el corazón porque se asocia hasta el tuétano con la realidad cubana actual. Hay quien da lástima, hay quien la vende, hay quien la procura. Y, hay también, quien la implora. Realmente da lástima sentir desde lejos esa agonía y que ya te hace marcar con temblor, casi con vergüenza a preguntar, a soltar ese “¿qué bolá?”que sabes vendrá con una respuesta de funeral.

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