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El pesimismo como arma del régimen cubano

Opinión

El miedo al cambio no nace de la prudencia, sino de una narrativa sembrada durante décadas para paralizar a la sociedad

¿Puede existir algo peor que lo que hoy vive Cuba? / 14ymedio
Jorge Luis León

21 de marzo 2026 - 11:47

Houston/El pesimismo no es una casualidad en los sistemas totalitarios: es una herramienta. Se cultiva, se repite y se inocula hasta convertirse en una reacción automática ante cualquier posibilidad de cambio. En el caso cubano, ese pesimismo ha sido cuidadosamente diseñado por el propio régimen para paralizar a la sociedad.

En mi labor periodística, defendiendo la necesidad de una transformación profunda que borre una de las mayores infamias políticas del continente, he encontrado un patrón repetido: personas que, ante la idea del cambio, responden con preguntas cargadas de miedo.

¿Con qué dinero se vivirá? ¿Qué programa ayudará? ¿Qué experiencia previa existe? ¿Qué gobierno podrá imponer el orden? ¿Qué estudios lo respaldan?

No son preguntas inocentes. Son el reflejo de una narrativa sembrada durante décadas: la idea de que el caos es inevitable si desaparece el control absoluto del Estado.

Pero la verdadera pregunta es otra, más simple y más contundente: ¿puede existir algo peor que lo que hoy vive Cuba?

Ningún proceso de reconstrucción nace en condiciones ideales

Un país donde faltan el agua, la electricidad y el transporte; donde el desayuno –un vaso de leche con pan– se ha convertido en un lujo. Donde el trabajo no dignifica, porque no produce. Donde el futuro no existe.

Ese es el punto de partida real. No hay estabilidad que defender ni orden que preservar. Lo que existe es un colapso.

Quienes intentan frenar el cambio apelando al miedo omiten deliberadamente una verdad histórica: ningún proceso de reconstrucción nace en condiciones ideales.

Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, estaba en ruinas. Europa del Este, tras la caída del comunismo, enfrentó crisis profundas. América Latina ha atravesado transiciones complejas. Y, sin embargo, en todos esos casos, el cambio abrió caminos donde antes solo había estancamiento. Cuba no será la excepción.

El argumento del “¿y después qué?” es, en realidad, una trampa intelectual. Pretende presentar el vacío futuro como más aterrador que la miseria presente. Es una inversión moral inaceptable.

El fin del régimen no será el fin de los problemas. Pero sí será el fin de su causa principal.

La historia no premia a los pueblos que se aferran al desastre por temor a lo desconocido

A partir de ahí, comenzará un proceso natural y observable en toda experiencia histórica comparable: la reactivación productiva, porque la tierra volverá a producir cuando exista un incentivo real; la recuperación del valor del trabajo, porque el esfuerzo tendrá sentido cuando genere prosperidad; la llegada de inversiones, porque un Estado de derecho abre puertas que hoy están cerradas; la reconstrucción institucional, porque la ley sustituirá al capricho; y el reencuentro nacional, porque el exilio y la Isla dejarán de ser mundos separados.

Nada de esto es una utopía. Es la consecuencia lógica de eliminar un sistema que ha bloqueado toda iniciativa durante más de seis décadas.

Hoy, en Cuba, no hay esperanza. Y sin esperanza no hay nación posible. El cambio, incluso con dificultades, introduce un elemento decisivo: la posibilidad. Habrá errores, tensiones y ajustes. Pero también habrá algo que hoy está completamente ausente: futuro, incentivo, libertad de emprender y derecho a prosperar. El país, hoy paralizado, comenzará a andar.

El miedo al cambio no es, en esencia, miedo al futuro. Es miedo a abandonar una falsa seguridad construida sobre la ruina. Pero la historia no premia a los pueblos que se aferran al desastre por temor a lo desconocido. Premia a los que se atreven a reconstruir.

No le hagamos el juego a la narrativa del miedo. Salir de esa satrapía no es un salto al vacío: es el primer paso hacia la recuperación de la dignidad nacional. Y ese camino, el democrático, imperfecto pero humano, es el único que ha demostrado, una y otra vez, que permite a las familias vivir, crecer y soñar.

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