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Entre bromas y muertos

Yoani Sánchez

16 de diciembre 2011 - 03:48

La nada, la abulia, el muro de la esquina para sentarse por siempre a perder el tiempo. El protagonista del filme “Juan de los muertos” ya se comportaba como un cadáver antes de que los zombis invadieran La Habana, una ciudad de por sí amortajada y difunta. Este antihéroe de ficción apela a la creatividad y al ingenio -en medio del caos- para fundar un negocio espeluznante. “Matamos a sus seres queridos” reza el slogan de la empresa creada junto a otros compinches tan disfuncionales como él y cuyo nicho de mercado es cazar a los muertos vivientes. Se disfruta así de un simpático guión que mezcla el humor y lo fantástico, los efectos especiales y la realidad sin retoques. Del lado de acá de la pantalla, los espectadores quedan atrapados entre el terror y la burla, ante la imagen del capitolio destruido por un helicóptero y del emblemático edificio Focsa reducido a escombros. Se ríen y se estremecen al mismo tiempo.

Dirigido por Alejandro Brugués, “Juan de los muertos” está causando furor en la capital cubana. Ha provocado larguísimas filas en las afueras de los cines, algunas de las cuales terminaron con la policía golpeando y los sprays irritantes cayendo sobre decenas de ojos. Pero la curiosidad ha sido en este caso mayor que la cautela. Más que asomarse a una historia de entes sacados de nuestras peores pesadillas, el público quiere descifrar las segundas lecturas que el filme encierra. Especialmente en esas escenas de cientos de desesperados saltando el muro del Malecón –hacia el mar- para escapar de un país donde lo putrefacto va ganando espacio.

Algo del automatismo de la tropa de choque y de la turba preparada para atacar al diferente exhiben también esas criaturas de miedo que el protagonista enfrenta y a las que sólo se les puede vencer “destruyéndoles el cerebro”. Y mucho de personaje irreverente tiene Juan, quien –según sus propias palabras– ha sobrevivido “al Mariel, a la guerra de Angola, al Período especial y a la cosa esta que vino después”. De tal manera que, entre risas y sustos, la metáfora se va desmenuzando, se hace más directa. Y termina por lanzarles a quienes miran desde las butacas de un cine la burlona y clara interrogante: ¿no serán ustedes también como cadáveres de ojos extraviados que se mueven; como zombis sin proyecto de futuro que caminan por La Rampa?

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