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Censo, censados, censores…

Yoani Sánchez

19 de octubre 2011 - 20:31

No fui un número en el último censo hecho en Cuba. No aparecí en la cifra de 11.177.143 personas que –por decisión o por resignación– habitaban en ese momento el territorio nacional. Asfixiada por la falta expectativas, me había marchado de mi país unos meses antes de que comenzara el gran conteo nacional. Pero recuerdo que mis parientes y amigos me escribían asustados sobre aquellos trabajadores sociales que tocaban a las puertas y hacían un montón de preguntas. En un país donde la gran mayoría tiene algo que esconder, toda indagación que venga por parte del Estado resulta sospechosa. Por ejemplo, en aquella ocasión inquirían sobre si la familia tenía alguna computadora, seis años antes de que Raúl Castro autorizara a comprarlas legalmente en una tienda. La gente mentía y mentía, en aras de esconderle a los censistas –-¿o censores?– de dónde provenía su entrada económica, el número de electrodomésticos que poseía o cuántos residían realmente en la vivienda.

Recién por estos días se ha anunciado un nuevo censo poblacional y la televisión no escatima spots publicitarios, programas o reportajes para despejar las suspicacias que éste genera. Se anuncia que no se les pedirá a los encuestados un documento de identidad y que la información sólo tendrá un “uso estadístico”… no policial. Pero derribar el muro de la desconfianza no es tan fácil, especialmente en una sociedad donde la intimidad del hogar ha sido demasiado vulnerada por las instituciones oficiales. La extendida tendencia de engañar al estado obliga, por tanto, a agregar un signo de interrogación sobre cada dato extraído en un sondeo realizado casa a casa. Se dan situaciones casi cómicas cuando los encuestadores llegan a un edificio como el mío y los vecinos se pasan la voz para lograr esconder bajo una sábana –o en el armario– aquellos objetos prohibidos o de origen ilícito que tienen en sus salas.

No obstante las aprensiones y las dudas, realizar tal inventario sería de gran utilidad en estos momentos. Podríamos confirmar con los números algunas tendencias que saltan a la vista. Entre ellas se encuentra el marcado envejecimiento poblacional, la baja natalidad y la creciente emigración. Probablemente, aunque los sociólogos sí logren obtener el número, nunca se nos informará de la tasa de suicidios, divorcios o abortos, porque son cifras que desbaratan la imagen del “paraíso insular”. También a cada número publicado habrá que darle –-como en todo estudio– un margen de error y restarle su correspondiente por ciento de falsedad, de esas mentiras salvadoras con las que tantos responderán al minucioso cuestionario del próximo censo.

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