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Operación Verdad

Yoani Sánchez

11 de febrero 2013 - 16:50

Hace años quería hacerle ciertas preguntas a Eliécer Ávila. Desde que lo escuché por primera vez hablar y presentarse en aquel enero de 2008, estuve tentada de indagar sobre qué significaba realmente ser un miembro de la Operación Verdad, cuál papel jugaba un soldado de la web. Pero el tiempo pasó, los sucesos se amontonaron, las dificultades se sucedieron y sólo en agosto del año pasado pudimos tener una conversación acerca del tema. Lo que me contó superó mis expectativas y confirmó mis temores de que la batalla ideológica se ha trasladado en parte al ciberespacio. Así que todas aquellas teorías de trolls formados en los laboratorios de la Seguridad del Estado, hackers de verdeolivo y blogs creados con el único propósito de distraer la atención, quedaron corroboradas con esta entrevista.

Pegados al teclado y a la pantalla, con un guión preestablecido, nuestros policías de los kilobytes dejan un rastro fácil de detectar. Su estrategia principal no es rebatir argumentos ni contraponer ideas, sino denigrar e intentar desprestigiar al ciudadano que emite una crítica al sistema. En “matar al mensajero”, se resume la premisa de aquellos que se enfocan no en lo dicho sino en quién lo dice. Cada palabra que me ha contado Eliécer encaja de una manera significativa en parte de lo que me ha ocurrido en estos últimos seis años, desde que abrí Generación Y. A veces pensé que eran delirios paranoides de mi mente –lo confieso- pero ahora ya no tengo dudas: las autoridades cubanas se están gastando miles de horas en internet al año y recursos inimaginables para contrarrestar a unos pacíficos ciudadanos que sólo decimos nuestra opinión.

Probablemente estas líneas sean leídas por las nuevas milicias de la Operación Verdad, así que quiero aprovechar para enviarles el siguiente mensaje “sé que están ahí, es más, ya no pueden esconder que están ahí. El trabajo que realizan es también una labor represiva, una forma de coartar la libertad de los cubanos. En lugar de silenciar a los otros, deberían defender sus ideas con gallardía y no encubiertos detrás de seudónimos y aprovechándose de la superioridad tecnológica. Si realmente creen en lo que promulgan no deberían tener que apelar a métodos tan deleznables para hacerlo valer. No apabullen, convenzan. No traten de anular la diferencia, aprendan –más bien- a vivir con ella”.

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