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El andarín constante y la ciudad paralizada

Crónicas de La Habana

Ahora puedes saber quién tiene familia en el extranjero y le ha enviado una lámpara recargable, quién compró un generador que ronronea al encenderse y quién logró el sueño de tener un panel solar

Entro empapada y me disculpo con el resto de los viajeros, a los que mojo sin poder evitarlo. / 14ymedio
Yoani Sánchez

17 de marzo 2026 - 11:58

La Habana/Salgo temprano. La madrugada es mi aliada porque sé que La Habana cada vez se despierta más tarde. Este martes, además, hay razones adicionales para quedarse en la cama: la ciudad está paralizada porque ayer en la tarde se cayó el Sistema Electroenergético Nacional. Las oficinas han echado el cierre, los triciclos eléctricos que trasladan pasajeros ya no tienen carga en su batería y el acceso a internet es un suspiro que solo se encuentra en algunas esquinas muy céntricas o subiéndose a las alturas.

Anoche la oscuridad era grande, pero ya la ciudad no se ve como, cuando en el Período Especial, llegaba el apagón y la gente no tenía ni velas. Ahora puedes saber quién tiene familia en el extranjero y le ha enviado una lámpara recargable, quién compró un generador que ronronea al encenderse y esparce ese olor a combustible quemado por todo el edificio y quién logró el sueño que todos ansiamos cumplir por estos días: un panel solar.

En el piso 15 de aquel edificio se ve que tienen recursos. Toda la sala está iluminada y hasta noto un televisor encendido. De este lado, sin embargo, el bloque de 12 pisos de la esquina está bastante apagado. Siempre han sido los más pobres del barrio, porque esos apartamentos no se entregaron a miembros del Ministerio de las Fuerzas Armadas, tampoco a pilotos y mucho menos a empleados de relaciones exteriores. Eran trabajadores de una entidad con menos privilegios y, todavía hoy, cargan con más miseria que el resto de la comunidad.

Me duermo temprano, porque en las noches sin electricidad no hay mucho que hacer. Ya en mi barrio nadie celebra fiestas

Me duermo temprano, porque en las noches sin electricidad no hay mucho que hacer. Ya en mi barrio nadie celebra fiestas. Antes había rumbas que sonaban los sábados, toques para los santos que duraban horas y la peña que hacíamos en nuestro apartamento, aunque todos los invitados tuvieran que subir los 14 pisos por la escalera ante la falta de corriente. Pero ya no. Ahora nadie está para jolgorios. Una sensación de velorio se siente por todos lados, pero este funeral se extiende demasiado y parece que el difunto se niega a ser enterrado. 

Me despierto, apuro el café sin azúcar y salgo. Enfilo por Ayestarán. Hay un hombre que me sigue unas cuadras pero no sé si es de la policía política o un acosador. Acelero y lo pierdo mientras me inspiro en la historia de un flaco maratonista, hambriento y tenaz. No sale en ningún billete, no le hacen homenajes oficiales, pero yo lo recuerdo cada día de mi vida. Mi familia me dice “Andarina Sánchez” para burlarse de nuestros parecidos. Ambos somos duchos en un mismo lenguaje, caminar; en una forma de conocer el mundo, recorrerlo a pie.

Me encanta la gente perseverante y Félix de la Caridad Carvajal y Soto –cartero, hombre anuncios y atleta– reúne la constancia que intento emular cada día de mi vida. Así que pensando en Andarín Carvajal me adentro en Los Sitios. Una abuela ha llevado a su nieto a la escuela primaria y la directora le dice que no, que tiene que llevárselo de vuelta a casa porque “hoy no hay clases, los maestros no han podido venir porque no tienen luz ni agua en sus casas”. Veo un puchero en la cara del pequeño y me entristece. Siempre fui “puntualita”, una jornada de clases suspendida era un drama para mí.

Avanzo hasta las ruinas del ISDi. Continúo por Belascoaín hasta doblar en Zanja. Una señora mayor refunfuña, molesta por la falta de corriente, y, de pronto, estalla en un grito: “¡Pero los comunistas sí tienen luz!”. Solo estamos ella y yo en ese pedazo de calle, pero vuelve a gritar al aire aquella frase con una rabia que le sacude el pelo y le hace temblar la barbilla. Empieza a llover. Lo que me faltaba. 

Cuentan que cuando Andarín Carvajal llegó a St. Louis, Estados Unidos, para competir en los Juegos Olímpicos, se presentó en la línea de arrancada con pantalones largos y las botas que utilizaba como cartero. Hoy salí sin paraguas y con un vestido que ha dejado mis piernas a merced de los mosquitos. Grave error. No puedo permitirme que otra vez el dengue se cruce en mi camino. La última por poco me mata. Estuve semanas sin poderme sentar de los dolores. Nada más recordarlo me estremezco. 

La gente habla de política dura y pura. No hay tiempo para conversaciones cotidianas, todos somos un Parlamento andante

Cerca de Galiano hay un bicitaxista que le explica a otro que “Marx era un vago y nunca trabajó en su vida”. En una ciudad sin electricidad y casi sin transporte, no deja de sorprenderme los temas de los que habla la gente. Y no, ya no es del clima ni de lo malo que está el asfalto de las calles. La gente habla de política dura y pura. No hay tiempo para conversaciones cotidianas, todos somos un Parlamento andante, todos nos hemos graduado de líderes y oradores por estos días.

Voy por el Parque de la Fraternidad y el aguacero dice “aquí estoy yo”. Trato de llegar hasta alguno de los triciclos eléctricos que hacen el camino de regreso a mi casa, pero no hay ninguno. Después de mucho esperar, uno aparece bajo la lluvia. Le falta un pasajero y el chofer me pide 300 pesos hasta Boyeros y Tulipán. Entro empapada y me disculpo con el resto de los viajeros, a los que mojo sin poder evitarlo. Andarín Carvajal ya se lo habría quitado todo y, en pelotas, seguiría caminando por la calle Reina y después por Carlos III, de retorno. Pero hoy no he sido una buena discípula del incansable hijo adoptivo de San Antonio de los Baños. 

Al bajarme del triciclo, deseo un buen día al resto de los pasajeros “si es que eso es posible en estas circunstancias”, añado. Un coro de indignación brota. Un joven vestido de bombero alza más la voz para decir: “En este país, lo veo difícil”.  

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