Bajo un cielo azul de postal turística, se desmorona el país
Crónicas de La Habana
La hierba invade la línea de tren y el círculo infantil ya no abre sus puertas, pero sí nos llaman a "celebrar con alegría el 1 de mayo"
La Habana/El círculo infantil de mi barrio está en ruinas. Apenas nacen niños. Aunque nadie ha decretado públicamente su cierre, la reja se ha oxidado desde la última vez que la abrieron, empiezan a faltarle persianas al edificio y una vecina cercana me dice que no ha vuelto a escuchar ningún llanto o risa en el local, desde hace meses.
El lugar se llama Los pequeños microbrigradistas en homenaje a los miles de trabajadores que, necesitados de un hogar, erigieron sus propias casas en los altos edificios de esta barriada. No puedo imaginarme a un niño pequeño tratando de pronunciar un nombre tan fonéticamente complicado. Recuerdo lo que me costó la palabra “proletario”. No había manera. Se me enredaban la lengua y el alma.
Sobre la verja del círculo infantil había este miércoles un cartón garabateado que rezaba “Saludamos con alegría el 1 de mayo”. Nadie sabe quién lo firma. ¿La vieja dirección del centro estatal ha regresado para, entre las ruinas del lugar, recordar el día de los trabajadores? ¿Alguien quiere, desde la fidelidad ideológica, alejar las miradas de un espacio con mucho potencial para ser ocupado por familias sin techo?
Antes de llegar a Los pequeños microbrigradistas debí cruzar la línea del tren. Siempre que lo hago me detengo unos segundos, miro a ambos lados, ilusionada, a ver si se aproxima alguna locomotora veloz y poderosa, pero no se escucha nada. La hierba ha crecido entre los rieles, debido a la poca actividad. Esa vegetación sería la pesadilla de mis ancestros ferroviarios. “No la dejes expandirse, Yoani, no la dejes expandirse”, me repiten en mis sueños, pero poco puedo hacer.
A escasos metros, el monopolio estatal de telecomunicaciones Etecsa ha cavado un hueco enorme. En mi edificio casi ningún teléfono fijo funciona. Algo se quemó y las líneas se cortaron. Se supone que en el sacabocado en el que a veces trabajan empleados de uniforme azul y rostro desanimado está el foco del problema. No podría ser más simbólico: una línea de tren sin trenes y un registro de telefonía sin conexión. Todo esto enmarcado en un cielo que impresiona.
El problema de tener un cielo tan azul es que mucha gente no puede creer que bajo tal belleza habite tanta desesperanza. Las postales turísticas han hecho un gran daño. Muchos suponen que vivir entre palmeras y playas de arena fina garantiza la felicidad. Pero la hermosura y el horror, cuando se combinan, son peor que una patada en los dientes. Mar calmo en Santa María, violencia en Villa Marista. Ni una nube en el horizonte, apagón puertas adentro.
En mi casa no tenemos servicio de telefonía fija hace meses. Apenas tenemos telefonía móvil y, en escasos momentos del día, nos llega la señal para acceder a datos que nos permiten conectarnos a internet. Cada día que nos levantamos hay un recorte nuevo, algo que nos falta, una amputación a la calidad de vida. Hace meses renunciamos a una recogida estable de la basura, también nos despedimos de los trenes en la estación de Tulipán y mañana, probablemente, tendremos que decir adiós a cualquier otra cosa.
Perdemos todo menos el cielo azul. Un intenso tono lleno de vida sobre una ciudad y un país que expiran.