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En la cola del banco, los clientes viven con el temor de que se vaya la luz o se acabe el efectivo

Economía

Cuando los jubilados cobran su pensión mensual, colapsan los servicios del Banco Popular de Ahorro de San José de las Lajas

Cola en el Banco Popular de Ahorro en San José de las Lajas. / 14ymedio
Julio César Contreras

29 de marzo 2026 - 09:43

Mayabeque/A las siete de la mañana ya hay movimiento frente al Banco Popular de Ahorro de San José de las Lajas. La cola comienza a formarse mucho antes de que abran las puertas y, a medida que pasan los minutos, se convierte en una fila compacta de cuerpos cansados, bastones apoyados en la pared y miradas fijas en la entrada. Algunos jubilados se sientan en las sillas metálicas del portal, otros permanecen de pie, sosteniendo sus chequeras como si fueran un salvavidas en medio de la incertidumbre.

Los días establecidos para efectuar el pago de las pensiones a los jubilados resultan un verdadero calvario para las personas que acuden al banco en busca de otros servicios. La atención ya no solo depende de que haya electricidad, sino de que existan empleados disponibles para hacerse cargo de las diferentes operaciones. En cualquier momento puede irse la corriente y paralizar todo: las computadoras se apagan, los ventiladores dejan de girar y un murmullo de descontento recorre la cola como un viento caliente.

“El primer inconveniente radica en que es la misma cola para todos los trámites y, como es de suponer, los pensionados son mayoría. No me queda más remedio que venir después”, comenta Mayra, a quien prácticamente no le queda dinero en efectivo, por lo que necesita realizar con urgencia una extracción. La mujer observa la puerta con ansiedad, consciente de que el tiempo corre en su contra y de que, si no logra sacar dinero, tendrá que aplazar compras básicas como el pan o los medicamentos.

Recibir el pago del salario en la tarjeta la mantiene esclava de la entidad bancaria, debido a que en la calle nadie está aceptando el pago por transferencia

Según la trabajadora de la Empresa de Comercio, recibir el pago del salario en la tarjeta la mantiene esclava de la entidad bancaria, debido a que en la calle nadie está aceptando el pago por transferencia. “Aquí en el banco lo más que puedo extraer son 1.000 pesos diarios, pero ni siquiera esa pequeña cantidad está asegurada. Hoy, por ejemplo, todo el dinero está en función de pagar las chequeras. Eso quiere decir que hasta que no se termine, el resto de los clientes tendremos que buscar otras soluciones, como comprar las cosas por Transfermóvil a un 10 o un 20% por encima de su precio original”, asegura la mujer.

A simple vista se nota la impaciencia entre quienes piden el último, se asoman a la puerta o se retiran frustrados ante la imposibilidad de hacer una gestión. Un anciano con gorra roja y chaqueta de mezclilla avanza con pasos cortos hasta la entrada, mientras una señora de cabello blanco descansa en una silla y se abanica con una hoja doblada. Nadie quiere perder su lugar, porque todos saben que el dinero puede acabarse antes del mediodía.

“Hay solamente dos cajas trabajando, así que tienen prohibido efectuar depósitos. Toda la actividad bancaria está concentrada en una única operación, como si estuvieran aprendiendo a trabajar ahora”, se queja Mario, urgido de depositar 20.000 pesos en la tarjeta de su hija. “Es cierto que los ancianos merecen prioridad. Sin embargo, concentrar el trabajo en una sola área va contra toda lógica”, recalca.

Para el profesor de Contabilidad sus días más aciagos del mes son, precisamente, cuando el banco está pagando las jubilaciones. “Tengo que ponerle periódicamente dinero a mi hija, que está estudiando en La Habana. A veces cuando salgo de aquí me tengo que tomar una pastilla porque se me ha disparado la presión”, afirma Mario, luego de haber sostenido una breve discusión con un empleado por la ineficiencia de la entidad bancaria.

Es increíble cómo se pierde tiempo en una gestión que pudiera resolverse con un poco de interés por parte del banco. Cualquier cosa en este país cuesta mucho esfuerzo

Aunque nada tiene que ver con el pago de las pensiones, Yesenia lleva hora y media recostada en la columna del portal, esperando su turno para entrar. “Estoy en los trámites de solicitar un crédito para terminar mi casa. En la cola no hay nadie para ese tipo de cosas, pero me informaron que hoy vino a trabajar un solo comercial y está ocupado ahora en otras tareas. No entiendo nada”, afirma la dependienta de una cafetería particular que puede dedicarse a estos trámites dos veces a la semana. “Es increíble cómo se pierde tiempo en una gestión que pudiera resolverse con un poco de interés por parte del banco. Cualquier cosa que se quiera hacer en este país cuesta mucho esfuerzo”, insiste.

El ambiente se vuelve más tenso a medida que avanza la mañana. Algunos jubilados revisan sus relojes con preocupación. Hay quienes se marchan resignados, prometiendo regresar al día siguiente, aunque eso signifique volver a empezar desde cero.

Presionada por la hora, Yasenia siente que está perdiendo la mañana, sin conseguir su objetivo. El malestar es compartido por algunas personas de la cola que, sentadas en un quicio o con las manos apoyadas en la pared, canalizan su molestia conversando. “El banco cierra a las 12:00 del mediodía, aún cuando haya clientes aquí afuera. No importa quién se quede sin cobrar el dinero ni quién tenga que pasarse un mes para que le llenen un papel. Yo sé que los empleados del banco quieren irse temprano para resolver sus problemas personales, pero entonces, ¿quién resuelve los nuestros?”, se cuestiona la joven.

En San José de las Lajas, cobrar una pensión ya no es un trámite mensual sino una batalla diaria. Para muchos jubilados, el dinero que esperan no es solo un ingreso, sino la diferencia entre comer o no, entre comprar medicinas o quedarse en casa soportando el dolor. Por eso regresan una y otra vez al banco, se levantan antes del amanecer y soportan horas de espera bajo la incertidumbre, con la esperanza de que, esta vez, el efectivo alcance.

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