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Los jubilados de Mayabeque pierden el poco dinero que les daba la venta de periódicos

Correos

'Granma' y 'Juventud Rebelde' se han convertido en semanarios y, además, Correos falla en las entregas por falta de combustible y problemas logísticos

No es una fila para cobrar una pensión ni para enviar un paquete: es la espera, cada vez más incierta, por los ejemplares de 'Granma' y 'Juventud Rebelde' / 14ymedio
Julio César Contreras

16 de abril 2026 - 08:38

San José de las Lajas (Mayabeque)/La cola se forma en silencio, como si cada persona temiera que una palabra en voz alta espantara la llegada de los periódicos. Este martes, frente a la unidad de Correos de Cuba en San José de las Lajas (Mayabeque), los clientes se agrupan en el portal de techo bajo y paredes azuladas, mirando de reojo la puerta de cristal que se abre y se cierra sin traer consigo el esperado bulto de papel. 

Algunos sostienen jabas vacías, otros cargan mochilas gastadas o se apoyan en bastones que golpean suavemente el piso de mármol. No es una fila para cobrar una pensión ni para enviar un paquete: es la espera, cada vez más incierta, por los ejemplares de Granma y Juventud Rebelde, convertidos ahora en semanarios impresos que llegan tarde o, sencillamente, no llegan.

Entre los que aguardan está Arquímedes, un hombre de 79 años con la piel curtida y los ojos atentos a cualquier movimiento en la ventanilla. Se mantiene de pie, consciente de que cada minuto perdido reduce las posibilidades de vender los periódicos en la calle. “Yo sobrevivo con los cinco pesitos que me da cada ejemplar que vendo. Si no lo hago así, me muero de hambre”, comenta, mientras ajusta la gorra y observa el reloj de pulsera que parece haber detenido su marcha en una hora indefinida.

“Yo sobrevivo con los cinco pesitos que me da cada ejemplar que vendo. Si no lo hago así, me muero de hambre”

Los retrasos con la llegada de la prensa son, según cuenta, cada vez más frecuentes. Esa irregularidad no solo complica la rutina de quienes dependen de la venta de los ejemplares, sino que también refleja la precariedad de un sistema que antes funcionaba con precisión casi militar. “Aunque la mayor parte de la gente compra para ayudarme, otros tantos no quieren leer noticias viejas”, explica. Su voz se mezcla con el murmullo de los presentes, muchos de ellos jubilados que mantienen la costumbre de leer el periódico como si fuera un ritual matutino. “Si el Granma llega después del mediodía, paso mucho trabajo para vender. Lo que antes era un dinerito diario ahora se ha reducido mucho”, añade.

Las justificaciones de los retrasos son conocidas por todos. El carro que transporta la prensa no tiene combustible o se rompió saliendo de La Habana. Hubo problemas en el poligráfico o el cierre de los rotativos se hizo más tarde de lo previsto por dificultades técnicas. La lista de razones se repite con tanta frecuencia que ya forma parte del paisaje cotidiano, igual que el buzón azul de metal que apenas recibe cartas.

“La semana pasada trajeron el Juventud Rebelde, pero no el Granma; la anterior, ninguno de los dos”, dice Arquímedes, señalando la puerta cerrada. “Hoy dicen que vienen en camino, aunque ya son las 11:30 de la mañana”. A su alrededor, dos o tres personas mayores caminan de un extremo a otro del portal, como si el movimiento pudiera acelerar el arribo del camión. Cada tanto, alguien se asoma al interior del local y regresa con la misma respuesta: todavía no han llegado.

Hubo un tiempo en que la cola para adquirir la prensa nacional y local se extendía varios metros, hasta la esquina del bulevar. En aquellos años, los ejemplares se vendían con rapidez y la demanda era tan alta que se limitaba la compra a uno por persona. Hoy la escena es distinta. El número de suscriptores ha descendido de forma notable, afectado por la irregularidad de las entregas a domicilio.

El consumo de prensa digital, especialmente de medios independientes, también ha reducido el interés de los clientes en los periódicos oficiales. Muchos los adquieren solo para tener algo de papel con que envolver un trozo de pescado, limpiar una ventana de cristal o colocar en el suelo cuando se están pintando las paredes de una casa.

Iván, un maestro de enseñanza primaria que vive en el Reparto Pastorita, también espera frente a la ventanilla con gesto resignado. “Por la zona donde yo vivo no pasa un cartero desde hace más de dos años”, explica, decidido a cerrar su apartado postal. Cuenta que ha presentado varias quejas a la Empresa de Correos de Cuba en Mayabeque, pero las respuestas siempre han sido las mismas: falta de empleados, escasez de bicicletas para los carteros o dificultades económicas que impiden garantizar el servicio.

El consumo de prensa digital, especialmente de medios independientes, también ha reducido el interés de los clientes en los periódicos oficiales

“Nunca me han dicho que me van a devolver el dinero por el Granma que no recibí”, afirma con una mezcla de ironía y cansancio. “Mucho menos me han dado una fecha para que el problema se solucione. Por lo tanto, la solución la pongo yo: cancelo la suscripción y no hay más que hablar”.

Mientras conversa, la cola se reduce y vuelve a crecer, como una marea lenta que avanza y retrocede. Algunos clientes abandonan el lugar después de horas de espera; otros regresan al día siguiente con la esperanza de encontrar los periódicos recién impresos.  

Una mujer recuerda en voz alta que, en una ocasión, el cartero lanzó a su balcón un ejemplar de Juventud Rebelde con dos meses de retraso. La anécdota provoca risas breves y comentarios sarcásticos entre los presentes. “Por suerte ahora hay muchas maneras de informarse”, dice Iván, encogiéndose de hombros. 

El reloj marca el mediodía y el sol comienza a filtrarse por el portal, iluminando las rejas de las ventanas y las paredes descascaradas del edificio. Nadie sabe con certeza si los periódicos llegarán ese día. Sin embargo, la fila permanece, sostenida por la costumbre y por la esperanza de que, en algún momento, un paquete de hojas impresas atraviese la puerta y devuelva a los presentes la sensación de normalidad que cada vez parece más lejana.

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