Los desperdicios del desencanto
Crónicas de La Habana
Cada montaña de basura revela un país donde los libros ideológicos terminan mezclados con electrodomésticos rotos
La Habana/Paso cerca de la enésima montaña de basura que me topo en el camino y es como si cada desperdicio me hablara. El verdadero relato nacional sale de esos desechos que se pudren bajo el sol de mayo y que el viento o los aguaceros arrastran por calles y avenidas. Hay países que cuentan su historia a través de sus vidrieras y sus museos, pero aquí está narrada por nuestras inmundicias.
Hace años, en los basureros se podían encontrar muchas cáscaras de viandas, restos de arroz y hasta periódicos Granma. Ahora, entre los desperdicios, aparecen las cajas vacías de lámparas recargables, baterías chinas, pequeños paneles solares y generadores eléctricos portátiles. La Isla de la oscuridad ha comenzado a dejar un rastro también en la basura. Cada empaque abandonado habla de una familia que reunió dólares durante meses para escapar de los apagones, pero también del sacrificio de los emigrados que ayudan a alumbrar las noches en penumbras.
Las cajas suelen conservar todavía las fotos impresas del producto: una bombilla encendida en medio de una sala impecable, una pareja sonriendo mientras la electricidad ilumina una cocina donde nunca falta nada. La propaganda de esos artefactos tiene algo de cruel en Cuba. Las imágenes en sus empaques no venden solo energía, pondría energía, también normalidad.. Prometen un ventilador funcionando con poco ruido, comida refrigerada, noches sin mosquitos y niños haciendo tareas bajo una luz estable. Prometen un país que no existe.
También los animales callejeros han aprendido a leer la transformación de nuestros despojos. Los perros y los gatos que merodean alrededor de los tanques saben que cada vez la gente bota menos productos que se puedan aún comer. Antes encontraban huesos, sobras de comida, pedazos de pan duro. Ahora escarban durante horas entre nailon, cartones húmedos y envases plásticos para encontrar apenas algo que tragar. La inflación también ha vaciado los basureros de restos de nuestra ración diaria.
Lo saben mejor que nadie los “buzos”, esos hombres y mujeres que hunden medio cuerpo dentro de los contenedores buscando algo que llevarse a la boca o para alimentar un cerdo
Lo saben mejor que nadie los “buzos”, esos hombres y mujeres que hunden medio cuerpo dentro de los contenedores buscando algo que llevarse a la boca o para alimentar un cerdo. La mayoría de las veces se tropiezan con ventiladores sin aspas, televisores destripados, arroceras eléctricas abiertas, guata húmeda de algún colchón, trozos de plástico y pedazos de cartón. Algunos de esos electrodomésticos se rompieron por las brutales subidas de voltaje que acompañan el regreso de la corriente tras un apagón.
Pero quizás nada resulte más simbólico que los libros tirados. Ahí están, empapados por la lluvia y llenos de moho, antiguos manuales de marxismo, tomos de discursos políticos, colecciones completas de propaganda ideológica y hasta diplomas otorgados “por la destacada participación en emulaciones socialistas”.A veces aparecen expedientes de oficinas estatales, papeles burocráticos lanzados sin cuidado y archivos enteros que nadie se tomó el trabajo de destruir. Como si hasta las propias autoridades hubieran perdido la fe en su trascendencia. La basura cubana ya no solo contiene restos materiales: contiene parte del desencanto nacional.
Sin embargo, entre tanto desperdicio también asoman los pequeños sueños. Una caja de un aire acondicionado comprado en Panamá que apenas podrá encenderse por la falta de energía. El envase vacío de un perfume traído de Miami que no se usó nunca en un club, porque la mayoría están cerrados en esta ciudad. Una caja a caja de chocolates europeos guardada durante días antes de ser lanzada al tanque y que se llevó buena parte de un salario mensual.
Basta mirar los vertederos para entender qué come esta nación, qué ha perdido, qué desea y en qué ha dejado de creer.