Un día en el hospital Amalia Simoni de Camagüey, como lo hubiera contado Solzhenitsyn

Crónica

Las gafas rosas del optimismo revolucionario convierten la suciedad, el robo y el pésimo servicio en virtudes

El Amalia Simoni fue inaugurado por el mismísimo Fidel Castro como hospital antituberculoso el 27 de noviembre de 1959.
El Amalia Simoni fue inaugurado por el mismísimo Fidel Castro como hospital antituberculoso el 27 de noviembre de 1959. / 14ymedio
Reinaldo Escobar

29 de agosto 2025 - 13:09

Camagüey/De visita en mi patria chica, tuve la oportunidad de escuchar una conversación donde una señora que pasó todo un día de acompañante de un paciente daba sus impresiones sobre el hospital Amalia Simoni (el nombre oficial es más largo), de la ciudad de Camagüey.

Me parecía estar oyendo al Premio Nobel de Literatura ruso Aleksandr Solzhenitsyn en su breve novela titulada Un día en la vida de Iván Denísovich, donde describe las condiciones de los presos en los campos de trabajo estalinistas, pero usando el recurso de decir "lo que milagrosamente no pasó ese día"

Carolina, la optimista narradora de esta experiencia como acompañante de su suegra, ingresada en esa instalación, empezó diciendo que el Amalia (así lo llaman los camagüeyanos) era sin dudas el mejor hospital de la provincia. "Aquí los baños están limpios", aunque añadió: "claro, que están manchadas las tazas de los inodoros, pero en ningún caso la mierda se desborda". 

Dándoselas de conocedora de las intimidades del hospital, dijo, (creo yo que especulando): "Aquí no hay escasez de mano de obra, porque como hay una sala de penados (para presos enfermos), el Ministerio del Interior manda a trabajar aquí a presos comunes, que no son asesinos ni violadores, sino gente que ha cometido algún delito menor". Para enfatizar el esfuerzo de estos delincuentes, expresó: "Verdad que apenas tienen con qué limpiar, pero trabajan duro, porque así se ganan un pase, y a veces la familia les manda una frazada para trapear o algún friegasuelos para que puedan destacarse".

Este hospital empezó a construirse en 1957 contando con un presupuesto de tres millones de pesos del entonces Ministerio de Salubridad

Este hospital empezó a construirse en 1957 contando con un presupuesto de tres millones de pesos del entonces Ministerio de Salubridad, pero fue inaugurado por el mismísimo Fidel Castro como hospital antituberculoso el 27 de noviembre de 1959. En la historia oficial se especifica que "durante su estancia en el hospital el Comandante Fidel Castro almorzó en el comedor y durmió unas horas esa noche en la actual oficina de la dirección de la planta alta".

Para subrayar el carácter humanitario de las enfermeras del Amalia, Carolina pone como ejemplo la situación de Marcelino, un señor mayor sin familia, ingresado aquí por una fractura que le impide caminar. "Al viejo ese, que está medio loco, las enfermeras lo bañan cada día y para respetar su privacidad ponen unos parabanes para que nadie lo vea en cueros". A Carolina este tratamiento le parece algo extraordinario, pero lo mejor es que "como él no tiene acompañante, aquí le han regalado alguna ropa y hasta unas chancletas y lo cuidan tanto que no le han robado nada".

El Amalia dejó de ocuparse de la tuberculosis por haberse prácticamente extinguido esa enfermedad, que sin embargo ahora resurge con fuerza en la Isla. Desde 1971, el centro ha tenido varios cambios hasta hoy, identificado como un hospital clínico quirúrgico con una sala de Fisioterapia y un servicio de Medicina Natural y Tradicional. Se le suman salas de UCI, UCIM y Recuperación Anestésica. Actualmente cuenta con Servicio de Neumología y Tisiología, Servicio Provincial de Penados, Departamento Provincial de Medicina Legal y le presta servicios a un aledaño hospital de impedidos físicos y mentales.

En la sala de ortopedia, donde Carolina cuida a su suegra, todos los pacientes tienen un familiar de acompañante que se cambia por turnos

En la sala de ortopedia, donde Carolina cuida a su suegra, todos los pacientes tienen un familiar de acompañante que se cambia por turnos; a unos les toca la madrugada, a otros el día. "A mi suegra le recetaron un antibiótico en la noche y a la hora que le tocaba no aparecía la medicina, pero para que tú veas lo bien que se trabaja allí, la jefa de las enfermeras trajo de su casa el antibiótico y todo se resolvió".

El viejo Marcelino se siente que está en un hotel cinco estrellas, cuenta Carolina. "Como nadie se puede comer la comida que allí se reparte y todo el mundo la trae de su casa, Marcelino se apachurra con lo que los demás rechazan, para mí que ha engordado", concluye la mujer.

Carolina no pretende sugerir con sutilezas lo que el sarcástico Solzhenitsyn hubiera contado del Amalia Simoni. No, fue ese ruso “adelantado” el que anticipó el optimismo revolucionario de Carolina.

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