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De La Habana a Matanzas, nunca se sabe cuándo llegará la guagua a su destino

Cuba

Entre listas de espera, paradas improvisadas y falta de control, el retraso es la regla en los ómnibus nacionales

Las continuas subidas y bajadas de pasajeros convierten el viaje en un mercado rodante. / 14ymedio
Julio César Contreras

17 de enero 2026 - 09:35

San José de las Lajas/La mañana en la estación de Ómnibus Nacionales de La Habana, en Plaza, tiene un ruido particular: maletas arrastrándose sobre el piso, voces que preguntan lo mismo con distinta desesperación y un murmullo constante que sube de volumen cada vez que alguien menciona una ruta. Ahí, entre termos de café aguado, jabas infladas y mochilas que hacen de almohada, se extingue la paciencia ante los constantes retrasos en las salidas.

La guagua de la ruta Habana-Matanzas debe salir a las 9:20 am. La pizarra lo anuncia, pero no lo garantiza. A las 9:40, a las 10:10, a las 11:00, nadie sabe con certeza dónde está el ómnibus ni por qué no se mueve. Los trabajadores del lugar responden con frases que ya son parte del paisaje: “está por entrar”, “viene en camino”, “hay que esperar”. Una señora se abanica con el boleto. Un hombre mira el reloj y resopla: “en Cuba, el tiempo también se rompe”.

El retraso no sorprende; lo que irrita es la costumbre. “Ya uno viene mentalizado”, comenta un pasajero que ha hecho la ruta varias veces. El problema es que esa “normalidad” se ha extendido por todas las estaciones del país y provoca constantes llegadas tarde de los pasajeros a sus destinos, celebraciones familiares que se postergan, funerales a los que se arriba una vez terminados y una incertidumbre permanente entre los viajeros.

El retraso no sorprende; lo que irrita es la costumbre. “Ya uno viene mentalizado”

En San José de las Lajas, el retraso se vuelve todavía más visible, porque allí la guagua no “sale”: pasa, cuando quiere, y recoge cuando tiene capacidades libres. “Debe pasar por San José a las 10:30, pero últimamente se aparece a la hora que le da la gana”, dice Eloísa, que acostumbra a tomar ese ómnibus hasta Madruga. En su voz no hay sorpresa, sino una mezcla de resignación y picardía: ella conoce las reglas reales del viaje.

Eloísa no tiene pasaje, pero trae la estrategia aprendida. “Aunque no tengas boleto, siempre se puede hablar con los choferes”, asegura. Hablar, en esta ruta, significa pagar. “Ya el otro día uno de ellos me pidió 500 pesos y no tuve más remedio que pagarlos. Hice toda la travesía sentada en un banquito de madera, cerca de la escalera”. Lo cuenta como quien describe una escena repetida, sin escándalo. “Con unos billetes en la mano te montan hasta en las ruedas”.

Alrededor de Eloísa, otras cuatro personas esperan con mochilas a la espalda y pocas pertenencias. Los equipajes grandes se miran con desconfianza porque el maletero también tiene sus propias normas: “los ponen sin ticket y después se pierde un maletín y no puedes reclamarle a nadie”. El miedo a que algo desaparezca sin explicación se suma al miedo a quedarse en tierra.

Pasadas las 12:30 del mediodía, el ómnibus Yutong por fin llega a San José. Suben los que tienen reservación y también los que pagaron por irse “donde sea”.  

“Compré mi boleto con antelación para hacer el viaje con comodidad, no para tener a la gente pegada a mi asiento en el medio del pasillo”, protesta Orlando. Según su relato, la guagua había salido de La Habana con más de la mitad de los asientos desocupados. “Ya desde la terminal de Plaza veníamos retrasados, pero la mayor demora fue para llenar el carro con la lista de espera en Villanueva, donde empleados y choferes salieron con una buena tajada”.

Cada vez que la guagua frena, el pasillo se estrecha y el aire se espesa

La ruta se convierte entonces en un rosario de paradas. Donde haya alguien con dinero, hay posibilidad de detenerse. Cada vez que la guagua frena, el pasillo se estrecha y el aire se espesa. Los pasajeros de pie se amontonan rozando jabas, mochilas, brazos sudados. “Entiendo que todos tenemos la misma necesidad”, concede Orlando, “pero he pagado por un confort que se irrespeta desde el cumplimiento del horario hasta las condiciones del viaje”. Para él, parte del desorden se explica por la falta de inspectores: nadie vigila y nadie sanciona.

El trayecto entre San José y Matanzas, calculado para una hora y 40 minutos, se estira como un chicle. Las continuas subidas y bajadas de pasajeros, que pagan precios distintos según el lugar donde fueron recogidos, convierten el viaje en un mercado rodante. Mientras tanto, el aire acondicionado apenas se siente. “Casi no enfría”, se queja Elba, una anciana que va a visitar a su hijo. Como la terminal interprovincial matancera sigue cerrada, no sabe dónde la dejarán. “Los choferes ni siquiera dan esa información al inicio del viaje”, recalca.

Dos horas y media después del horario establecido de llegada, la guagua entra a territorio matancero y, como ocurre tantas veces, la información llega tarde y por boca de otros pasajeros: la última parada será en la terminal interprovincial que está en peligro de derrumbe en Pueblo Nuevo. “Ahí no hay ningún empleado que desmonte los maletines”, advierte un hombre que se abre paso hacia la puerta, calculando cómo sacar su equipaje sin que se le pierda en el caos final.

A Elba lo único que le importa es bajarse. Su hijo la espera y el abrazo, cuando por fin ocurre, le alivia los rigores de la travesía. La mujer, ya con los pies en tierra, resume en pocas palabras su sentir tras viajar en una Yutong de Ómnibus Nacionales, entre La Habana y Matanzas: “Aprovéchame ahora, porque después tardaré en venir, este viaje no hay quien lo haga a cada rato”.

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