En La Habana, los únicos que se mueven son los mosquitos

Crónicas de La Habana

En lugar de los 'almendrones' que abarrotaban las calles de la capital, ahora solo se ve a gente acarreando agua

En San Isidro tampoco tienen agua desde hace días.
En San Isidro tampoco tienen agua desde hace días. / 14ymedio
Yoani Sánchez

24 de marzo 2026 - 07:39

La Habana/¡Tssssss! ¡Tssssss! Es la segunda vez desde que me levanté que debo echarme repelente contra insectos. Hubo un tiempo en que en mi casa decíamos que a la mosca o el mosquito que llegara a este piso 14 había que ponerle una medalla y permitir que nos picara. Pero ahora, con la basura acumulada por todos lados, hay días en que es mejor mantener la puerta de la terraza cerrada si queremos evitar los zumbidos por todos lados. Embadurnada en ese líquido, salgo a la calle.

Hoy tengo que ir cerca de la bahía de La Habana. El triciclo eléctrico que logro atrapar en Boyeros y Tulipán me deja en la esquina de Carlos III y debo hacer el resto del viaje a pie. Me gusta caminar siempre que no vaya cargada con una jaba. Decido seguir por Zanja, una calle que conozco tan bien que podría ir con los ojos cerrados. Aunque mejor no. No hay un solo trozo de acera que no esté roto, con huecos o con aguas albañales corriendo por ella. Debo estar atenta a cada paso.

Cuando me ganaba la vida enseñando esta ciudad a alemanes que venían aprender español, muchos me preguntaban cómo los cubanos detectábamos que ellos eran turistas. Más allá de los tonos de la piel –dado que llegué a tener estudiantes de varias ascendencias étnicas–, del olor a crema solar o de la ropa de mejor calidad, el punto estaba en que los extranjeros iban embelesados mirando hacia arriba. Aquel balcón art nouveau a punto de desplomarse los subyugaba. Esa cornisa, que una vez fue señorial y ahora estaba atravesada por el musgo y las grietas, los dejaba con la boca abierta.

Dicen que solo está saliendo un tren cada ocho días en esta Isla larga y estrecha donde las líneas parecían llegar a todas partes.
Dicen que solo está saliendo un tren cada ocho días en esta Isla larga y estrecha donde las líneas parecían llegar a todas partes. / 14ymedio

Los que nacimos y vivimos aquí, sin embargo, sabemos que hay que mantener la vista abajo, pegada al piso. Si te descuidas te lastimas un tobillo, te caes en una alcantarilla destapada o terminas metiendo la sandalia en un charco de residuos provenientes directamente de los inodoros de una cuartería. Levantar la mirada es un lujo que no podemos permitirnos. Nosotros estamos obligados a poner toda nuestra atención a ras de suelo. Las alturas son para otros.

Ya estoy en Neptuno. En la esquina de Manrique un hombre sin camisa se asoma a la puerta de su casa. Grita a voz en cuello varios insultos. No son contra nadie en específico, van dirigidas a todos y a todo. Logro escuchar que se queja de que lleva más de una semana sin agua y que está a punto de ir "para la Plaza de la Revolución" a protestar. Me imagino a este centrohabanero con sus cubos vacíos parado frente a la 'raspadura' (monumento a José Martí), implorando por llenar sus enseres. No duraría ni un minuto en esa explanada tan vigilada como inhóspita.

Aunque he hecho un desvío, me ha revuelto la nostalgia volver a pasar cerca de mi barriada de San Leopoldo. No puedo decir que todo esté "igualito". Me cuesta reconocer algunos edificios que se han convertido en ruinas y la gente está muy apagada. Aquella algarabía permanente ha dejado paso a frases breves y duras. Ni el traqueteo de los almendrones que recorrían Neptuno prácticamente se escucha ya. La falta de combustible ha recluido a muchos de estos batiscafos rodantes en los garajes y los triciclos eléctricos tratan de asumir el transporte de pasajeros, pero no lo tienen fácil.

Extraño el olor a ‘petróleo’ con el que me bajaba de los taxis colectivos. Llegaba a casa de un amigo después de una travesía en uno de esos carros y, al primer abrazo, él ya sabía que el viaje lo había hecho en un viejo Chevrolet o en un destartalado Cadillac. Era un olor duro pero transmitía movimiento y vida. Ahora olemos a parálisis.

Del piso superior, derrumbado hace años, asoman unas vigas oxidadas. Es la casa del artista Luis Manuel Otero Alcántara.
Del piso superior, derrumbado hace años, asoman unas vigas oxidadas. Es la casa del artista Luis Manuel Otero Alcántara. / 14ymedio

Paso rápido frente a la Estación Central de Trenes. No me gusta mirar hacia ese imponente edificio donde tengo tantos recuerdos. Hija y nieta de ferroviarios, me duele especialmente la destrucción del ferrocarril en Cuba. Dicen que solo está saliendo un tren cada ocho días en esta Isla larga y estrecha donde las líneas parecían llegar a todas partes. Hace rato no escucho ningún silbato en la estación 19 de Noviembre de la calle Tulipán, ni tampoco el traqueteo de los vagones en marcha.  

He llegado a la calle Desamparados. Una anciana vende unos diminutos cucuruchos de maní a 20 pesos cada uno. Compro dos, pago con un billete de 50 y le dejo el vuelto. La mujer es tan pequeña como los conos de papel con unos pocos granos salados que me extiende. Son las diez de la mañana y no hay casi nadie en la calle. Los alrededores de la estación de trenes, la zona donde antes siempre había un tumulto de gente en la cola para las guaguas hacia las Playas del Este y el área cerca del Archivo Nacional están desiertas.

Doblo en la calle Damas y llego hasta el número 955. La puerta está atravesada por unas maderas destartaladas. Del piso superior, derrumbado hace años, asoman unas vigas oxidadas. Es la casa del artista Luis Manuel Otero Alcántara, preso desde julio de 2021. Un vecino que pasa me hace un guiño y, después de unos segundos, retomo mi camino. Delante de mí un hombre carga dos cubos. En San Isidro tampoco tienen agua desde hace días. Un mosquito burla el repelente que me he echado y me pica en el cuello. 

Vuelvo a casa mirando hacia abajo, siempre hacia abajo.

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