La agonía de 'Granma', portavoz de un régimen acorralado por la crisis

Crónica

La versión impresa del diario del Partido Comunista saldrá una sola vez a la semana

En la calle Ayestarán, un estanquillo cerrado y oxidado ha perdido las pegatinas que anunciaban las revistas que hace unos años se vendían.
En la calle Ayestarán, un estanquillo cerrado y oxidado ha perdido las pegatinas que anunciaban las revistas que hace unos años se vendían. / 14ymedio
Yoani Sánchez

02 de marzo 2026 - 16:02

La Habana/Salgo de casa y me topo con una mujer que coloca comida para un gato callejero sobre una hoja del periódico Granma, una escena que pronto desaparecerá en un país donde el órgano oficial del Partido Comunista ha pasado a imprimirse solo una vez por semana. Con sus pocas páginas y sus titulares triunfalistas, el principal medio de propaganda del régimen cubano es la más reciente víctima de la crisis energética que golpea la Isla. Pero su recorte, más que una pérdida informativa es una señal del fin de un modelo de adoctrinamiento.

Dejo atrás la avenida Rancho Boyeros y me acerco al Combinado Poligráfico de La Habana, una de las principales imprentas de publicaciones periódicas en Cuba. En el piso superior faltan varias ventanas y el abandono parece extenderse por un lugar que, en su momento, fue el corazón de la política informativa de este país. La fachada está sucia aquí y allá, del interior tampoco brota aquel sonido de las máquinas donde el papel y la tinta se unían para dar forma a notas oficiales, discursos kilométricos y llamados a la resistencia.

Para un sistema que ha basado su control, fundamentalmente, en la represión y la propaganda, la situación actual de sus medios oficiales significa una pérdida galopante de influencia social. Mi curiosidad me lleva a dar la vuelta al inmueble y en todo el recorrido no veo a nadie salir ni entrar. En el cercano parqueo institucional solo hay autos rotos. Algunos vehículos llevan años a la intemperie sin que nadie los haga rodar por las calles habaneras. La cercana sede del periódico Juventud Rebelde, que parece un puesto de venta de pescado, tampoco muestra ningún trasiego exterior.

En unos pocos meses, se acabó el entusiasmo, se pararon las prensas y se agotó el combustible para llevar el dogma de la Central de Trabajadores de Cuba a cada proletario

El cartel deslucido de la revista Bohemia me sale al paso. La entrada está a oscuras y un cercano basurero ha comenzado a alcanzar la rampa de acceso al edificio. Una valla en las proximidades ha ido perdiendo los colores y otras, simplemente, ya no existen, dejando solo el andamiaje de metal desde donde, hasta hace unos años, nos bombardeaban con consignas. Estoy a pocos metros de la Plaza de la Revolución, donde la publicidad ideológica debería ser más intensa, pero lo que me topo son unos pocos carteles descuidados y desactualizados.

En una cercana parada de ómnibus, frente al ministerio de Comunicaciones, un hombre sin hogar ha improvisado un lugar para dormir. Tiene algunas mantas y hojas del periódico Trabajadores. Alcanzo a leer algunos títulos impresos en sus páginas. Son frases que suenan llegadas de un país lejano, donde se hacían planes y se cantaban victorias. Pero, en unos pocos meses, se acabó el entusiasmo, se pararon las prensas y se agotó el combustible para llevar el dogma de la Central de Trabajadores de Cuba a cada proletario de la Isla.

En la calle Ayestarán, un estanquillo cerrado y oxidado ha perdido las pegatinas que, en su exterior, anunciaban las revistas que hace unos años se vendían en el diminuto local. Más adelante, otro ha sido entregado a una comerciante particular que en lugar de publicaciones oficiales ofrece pequeños tubos de pegamento instantáneo, lápices de colores y accesorios escolares, todos importados. En el camino no me topo con un solo vendedor de periódicos, una ocupación casi extinta en La Habana.

Un hierbero me envuelve un ramito de albahaca en una hoja de Tribuna de La Habana. A la versión impresa de los periódicos oficiales se le echará también en falta en las reparaciones hogareñas en los que se usaban para evitar ensuciar el suelo con pintura y en los excusados de todo el país donde sustituían al papel sanitario. Ahora, con su reducción, se pierde no un aliado noticioso sino un recurso práctico para limpiar ventanales de cristal o recoger los excrementos de los perros.

Los medios de provincia, salvo pocas excepciones, copian y pegan las notas que se redactan en La Habana

El hijo de una amiga está a punto de graduarse de Periodismo, pero ahora ya no hay clases en su Facultad, debido al colapso energético. El joven empezó la carrera lleno de pasión por hacerse un reportero investigando historias, buscando testimonios y compilando fuentes. En el camino, sin embargo, perdió la ilusión de ejercer su profesión en Cuba y ahora solo quiere obtener su diploma y emigrar. Mientras espera por que regrese la enseñanza presencial, escribe para un diario independiente que le paga en divisas.  

En peor situación están los periodistas de mayor edad. En mi barrio, un fotógrafo de una revista oficial se queja de que ya no le dan gasolina para poder ir con su moto a tomar fotos de hechos ni de eventos. La cobertura en las calles está en mínimos en unos medios que hasta hace unas décadas gozaban de abultados recursos y de prioridad en la entrega de prebendas. Credenciales para acceder a festivales, cocteles de bienvenida en exposiciones y hasta algún que otro “regalito” cuando concluían el reportaje de una industria con inversionistas extranjeros, conformaban parte del atractivo de la profesión. Sin embargo, ser reportero estatal hoy trae más dolores de cabeza que beneficios.

Mi vecino se queja de que su redacción está vacía. “Las últimas veces que he ido solo he visto al custodio”, me cuenta. Los medios de provincia, salvo pocas excepciones, copian y pegan las notas que se redactan en La Habana. Hay cabeceras informativas que pasan días sin actualizarse y otras viven de refritar textos salidos en las redes sociales donde un vecino reporta un salidero de agua o agradece al conductor de un ómnibus por haberse detenido en la parada. En lugar de aquellos poderosos altavoces que no descansaban, las publicaciones controladas por el régimen cubano han pasado a ser torpes hojas digitales que apenas tienen firmas reconocidas, reportajes extensos o novedades.

A mi lado en la cola para esperar el ascensor una vecina mira en la pantalla de su móvil la portada de un medio editado en Miami. En el titular que atrae su mirada se habla de “colapso económico” en Cuba y la foto muestra el rostro famélico y triste de un anciano. Granma no solo ha perdido la batalla por el papel, ha sido derrotado hace tiempo en sus intentos por monopolizar la audiencia cubana. La abuelita ni informa ni convence y, desde ahora, tampoco sirve de auxilio en los baños cubanos.

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