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El mercado de Tulipán, cerrado: "han dado la orden de ir a la marcha por Raúl"

Crónica

Me imagino la cantidad de cebollas, papas, mangos y pimientos que no van a sobrevivir una jornada más para ser vendidos este sábado

Hay que aferrarse a algo. Esperar porque esos pétalos amarillos se abrieran en medio de la azotea me daba esperanzas. / 14ymedio
Yoani Sánchez

23 de mayo 2026 - 12:51

La Habana/Me hacen falta cebollas. Aprovecho que hay electricidad y bajo por el ascensor, llevando también la basura que se ha acumulado durante días de apagón en nuestro piso 14. En la esquina ya no se ven los contenedores porque una montaña de desechos ha cubierto su plástico azul. También le han arrancado varias ruedas para hacer carretillas con las que acarrear agua. Uno tiene el plástico rajado a todo lo largo, el otro unos huecos provocados por las llamas de algún fuego. Ninguno tiene tapa.

Sigo por Factor y doblo en la calle Tulipán. Una carretilla con plátanos y frutabombas atrae mi mirada y me hace salivar. Son una familia que viene los fines de semana desde San Antonio de los Baños, en Artemisa. Calculo la distancia, sopeso el trabajo que debe darles mover la mercancía hasta La Habana, en medio de la falta de combustible. "Todo se trae para acá porque es donde está el dinero, en el pueblo nuestro no hay ni donde amarrar la chiva", me confiesa la matriarca del clan que también comercializa guayabas.

Hubo un tiempo en que iba mucho a San Antonio de los Baños. Llevaba a mis estudiantes alemanes a visitar el Museo del Humor, dábamos un paseo en bote por el río Ariguanabo y hasta nos colábamos en la Escuela Internacional de Cine y Televisión. Las últimas veces que he ido a esa pequeña ciudad, puente entre tantas otras zonas de "tierra colorada" y antiguos preuniversitarios en el campo, apenas he podido reconocer a la otrora hermosa villa. Después del 11 de julio de 2021, que estalló precisamente en sus calles, la pequeña ciudad se ha convertido en un lugar de silencios. "Por no tener, ni tenemos agua", me cuenta la vendedora mientras me ofrece una mano de diminutos plátanos manzanos.

Me cuentan que "han dado la orden de ir a la marcha por Raúl [Castro]" y por eso no ha abierto el más importante mercado de la zona

Sigo por Tulipán hasta el mercado agrícola, pero me topó con la reja cerrada y otras personas, como yo, que llegan y se frustran al ver las tarimas vacías y un silencio raro que se extiende por el lugar, en un viernes que tradicionalmente es de ajetreo. Nadie sabe qué ha pasado. Doy la vuelta y me acerco a la otra puerta, que desemboca en la calle Marino. Dentro, dos hombres jóvenes dormitan en una garita. Ante mi insistencia me cuentan que "han dado la orden de ir a la marcha por Raúl [Castro]" y por eso no ha abierto el más importante mercado de la zona. 

Un anciano que se acerca pone cara de perplejidad al escuchar la justificación. "Así que todo esto es por ir a apoyar al viejo ese que tumbó las avionetas", dice con rabia. La furia se ha instalado aquí, donde antes las quejas se decían siempre con cierta sorna, con una sonrisita a media boca. Ahora la ira se ha vuelto el estado en que pasamos la mayor parte del tiempo. Estamos enojados las 24 horas de los siete días de la semana. Ni chistes quedan ya para decir en medio de un colapso que, según uno de mis vecinos, "todavía no ha tocado fondo".

Frente al mercado en silencio, me imagino la cantidad de cebollas, papas, mangos y pimientos que no van a sobrevivir una jornada más para ser vendidos este sábado. Un día de cierre dispara las mermas, los costos y las pérdidas. Tampoco me imagino a los comerciantes particulares que llenan estos puestos, que una vez fueron administrados por el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT), aglomerándose en la Tribuna Antiimperialista para apoyar a un hombre al que sienten tan lejano como responsable de la debacle que vivimos. Allá van los militares, los familiares del Castro fugitivo de la justicia estadounidense, donde ha sido imputado de cargos criminales que incluyen el de asesinato por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996. Allá van los trabajadores del conglomerado militar Gaesa, que no pueden decir que no a esas convocatorias. Allá van los que no se han dado cuenta, o no quieren darse cuenta, de la rabia que late en estas calles.

Allá van los militares, los familiares del Castro fugitivo de la justicia estadounidense, donde ha sido imputado de cargos criminales

Las cebollas quedarán para otro día. Regreso rápido a casa antes de que llegue el apagón. La semana pasada fue terrible. Hubo un día que solo tuvimos una hora y media con electricidad, dividida en dos bloques de 45 minutos cada uno. En nuestro edificio no pudieron bombear agua al tanque esos días y, para colmo, la empresa Aguas de La Habana anunció una rotura. Hubo una madrugada en que solo nos quedaba una jarra con agua para tomar, pero un girasol que he estado cultivando con esmero necesitaba "sí o sí" algo de riego.

Hay que aferrarse a algo. Esperar porque esos pétalos amarillos se abrieran en medio de la azotea me daba esperanzas. ¿Me tomo el dichoso vaso de agua o se lo doy a esta espigada planta que no llegará a mañana si no la riego ahora?, tuve el dilema. Con las hojas desmayadas y el tallo ya algo flácido, no tenía muchas posibilidades. Definitivamente no estoy preparada para sobrevivir pasando por encima de otras vidas. Le eché el agua que me quedaba. Esa madrugada, milagrosamente, volvió la electricidad y pudieron bombear hacia el tanque.

Este viernes, cuando regresé del mercado que estaba cerrado, me esperaba el girasol de la azotea completamente abierto. No estoy preparada para renunciar a la belleza ni siquiera en medio de tanta rabia acumulada.

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