Una palabra de cuatro sílabas recorre La Habana: hepatitis

Crónica

El miedo al contagio cambia los hábitos cotidianos en una ciudad donde conseguir agua segura se ha convertido en un lujo

Encuentro cerrada la ferretería La Cubana, (Feíto y Cabezón). Afuera, en una mesa improvisada con varios productos sobresale un botellón de agua a 2,20 dólares.
Encuentro cerrada la ferretería La Cubana, (Feíto y Cabezón). Afuera, en una mesa improvisada con varios productos sobresale un botellón de agua a 2,20 dólares. / 14ymedio
Yoani Sánchez

03 de noviembre 2026 - 13:27

La Habana/Hay una palabra que este martes me persigue desde que salí de casa. Aparece en las conversaciones, salta de una acera a otra y hasta se cuela en los mensajes del móvil. Tiene cuatro sílabas y un sonido que empieza a resultar demasiado familiar: hepatitis. En La Habana, donde las malas noticias circulan más rápido que el agua por las tuberías, el miedo al contagio está modificando hasta los hábitos cotidianos.

Subo por Belascoaín detrás de una mujer y un niño de unos seis años. Ambos esquivan los desniveles y los charcos sucios que se acumulan en los portales. Un vendedor pasa con una palangana repleta de chiviricos apoyada en el hombro. "¡Ricos y baratos!", pregona. El pequeño reclama una de aquellas masas fritas cubiertas de azúcar, pero la madre corta en seco sus ilusiones: "En la calle no se puede comer nada, hay mucha hepatitis".

Una anciana contaba que sus dos nietos estaban enfermos, con la piel amarillenta, el hígado inflamado y un agotamiento que apenas les permitía levantarse de la cama

Para entonces, ya había escuchado el término otras tres veces durante el recorrido. Un poco antes, una anciana contaba que sus dos nietos estaban enfermos, con la piel amarillenta, el hígado inflamado y un agotamiento que apenas les permitía levantarse de la cama. Frente a un policlínico, una enfermera advertía a un joven que debía descansar porque "la hepatitis no es cosa de juego". Más adelante, en una cafetería, la dependienta presumía de la limpieza de sus vasos: "Limpios, limpios, aquí sí que nadie se contagia de hepatitis".

La enfermedad se ha incorporado al vocabulario diario, junto a otras palabras como apagón o mosquito. Nadie sabe con certeza cuántos enfermos hay, pero los testimonios se multiplican y el temor al agua y los alimentos contaminados obliga a extremar las precauciones. Hasta un inocente dulce puede despertar sospechas.

La hepatitis se ha incorporado al vocabulario diario, junto a otras palabras como apagón o mosquito

Al llegar a Reina, doblo a la izquierda, rumbo al Parque de la Fraternidad. El teléfono vibra. Un amigo acaba de escribir en un grupo de WhatsApp que su sobrino tiene hepatitis. La quinta vez que, en una sola mañana, me topo con la temida palabra.

Un poco más adelante, encuentro cerrada la ferretería La Cubana, conocida popularmente como Feíto y Cabezón. Me frustra no poder entrar, pero afuera unas empleadas están sentadas tras una mesa improvisada con varios productos. Entre ellos sobresale un botellón de agua a 2,20 dólares, un precio que resume las nuevas prioridades del comercio cubano.

Una anciana se detiene a examinar la mercancía. Pregunta, observa y termina alejándose cuando comprende que todo se vende en divisas. No hay serruchos, tornillos ni siquiera cinta adhesiva. La célebre ferretería habanera, donde varias generaciones de cubanos buscaron herramientas y materiales para reparar sus viviendas, se ha sumado al negocio de calmar la sed.

Porque ya no basta con conseguir agua. Hay que encontrarla segura. Los apagones prolongados y las interrupciones del servicio de gas dificultan hervirla, mientras los aparatos de filtrado doméstico resultan prohibitivos para muchos bolsillos y no son del todo efectivos contra ciertos patógenos. El botellón sellado adquiere así el prestigio de un medicamento preventivo, una promesa de protección frente a la podredumbre que se extiende por la ciudad.  

En Reina y Rayo, una montaña de basura invade la acera y se desborda sobre la calle.
En Reina y Rayo, una montaña de basura invade la acera y se desborda sobre la calle. / 14ymedio

Sigo hasta el parque de El Curita, donde consigo subir a un triciclo eléctrico para regresar a casa. En Reina y Rayo, una montaña de basura invade la acera y se desborda sobre la calle. Cartones, botellas, bolsas y desperdicios se amontonan frente a los portales deteriorados. Al fondo, la aguja de la iglesia del Sagrado Corazón se recorta contra un cielo azul impecable. Evito tocar el asiento del vehículo porque después podría llevarme las manos a la boca sin darme cuenta. Aprovecho para sacar de mi bolsa la botella que he cargado toda la mañana y me doy un sorbo largo de agua hervida. Me siento privilegiada.

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