El preso que Miami esperaba ver
Opinión
La naturalidad y la ausencia de victimismo de quien acaba de salir de una prisión injusta molestan a una sociedad acostumbrada a la trinchera
Miami/Gran parte de Miami recibió al artista y ex preso político Luis Manuel Otero Alcántara con el cuchillo entre los dientes. Cada palabra, cada prenda y cada gesto han sido motivos de suspicacia, controversia y, en ciertos casos, hasta de indignación.
Le exigen más combatividad, más revanchismo, más entusiasmo a la hora de condenar a sus captores. Cada respuesta —o cada silencio— puede ser utilizado en su contra. La naturalidad y la ausencia de victimismo en un ser humano que acaba de salir de una prisión injusta parecen molestar a una sociedad demasiado acostumbrada al verbo de trinchera y al martirologio ajeno.
Luis Manuel nunca debió tomarse una cerveza ni beber whisky chino. Tampoco debió regalarse un minuto de paz y disfrute en aquella casa donde la Seguridad del Estado lo mantuvo bajo vigilancia, después de cinco años de encierro, soledad y desesperanza. La policía de la moral de Homestead, la Pequeña Habana y Hialeah habría preferido que emprendiera otra huelga de hambre y perdiera los kilos que, según sus vigilantes, le sobraban. Querían verlo bajar del avión vestido de preso, sin reloj, demacrado y suficientemente enjuto.
Una mujer grita indignada en las redes sociales que “eso no es lo que la gente esperaba”. Le exige cuentas. Gracias a ella y a muchos como ella —asegura, desencajada y rabiosa— Luis Manuel es conocido y ha recibido premios. Pretende que él reacomode el relato, que se queje lo suficiente y describa minuciosamente cuánto sufrió y cuántos golpes recibió; que se eche sal en las heridas y grite con todas sus fuerzas cuánto odia a sus captores. Minutos después, regresa a TikTok Shop y la rabia parece diluirse.
Está de más decirlo, pero es necesario repetirlo: quienes más ganan con todo este embrollo son la Seguridad del Estado y los creadores de contenido
Un youtuber insinúa que el activista trabaja para el aparato. Otro personaje cita a un supuesto testigo que asegura que nunca estuvo preso en Guanajay. La sospecha se reproduce con mayor velocidad que los hechos, porque en las redes la acusación siempre resulta más rentable que la prudencia.
Está de más decirlo, pero es necesario repetirlo: quienes más ganan con todo este embrollo son la Seguridad del Estado y los creadores de contenido. Los primeros les han emplatado el manjar a los segundos con verdadero esmero, y estos lo devoran con entusiasmo caníbal. Por momentos, parece que los primeros trabajan para los segundos y los segundos para los primeros.
No es la primera vez que la diáspora recibe a uno de los suyos no solo con abrazos y afecto, sino también con el hacha en la mano. La historia se repite con inquietante frecuencia.
Miami es una ciudad compleja, a la que trajimos nuestras mejores virtudes y también nuestras tendencias más oscuras. Por sus calles caminan personas que alguna vez participaron en actos de repudio: ex delatores, ex represores y representantes de casi todo lo malo que ha producido el castrismo. Algunos se han reconvertido en portavoces de un anticastrismo demasiado rígido y estridente para resultar creíble. El método los delata: el acto de repudio, la propaganda, la descalificación y el asesinato del carácter.
Son las hordas que hoy gritan desde esta orilla como antes lo hicieron desde la otra.
No es la primera vez que la diáspora recibe a uno de los suyos no solo con abrazos y afecto, sino también con el hacha en la mano
No me refiero, por supuesto, al cuestionamiento legítimo de un discurso, una conducta o una pose. Nadie está exento de la crítica, tampoco Luis Manuel. Me refiero al linchamiento, a la sospecha convertida en espectáculo y a la exigencia de que una víctima represente eternamente el papel que otros escribieron para ella.
Muchos integrantes de estas brigadas de respuesta rápida del exilio parecen necesitar una redención permanente frente a un pasado poco digno. La mayoría no sabe a qué huele un calabozo. Quizá por eso la valentía ajena los hace sentirse tan pequeños.
En Miami también hay mucha gente buena; solo que no grita tanto. Son quienes han recibido con afecto, respeto y cuidados a los que llegan con llagas en el alma desde una isla que naufraga en la desesperanza. Son quienes entienden que salir de la cárcel no obliga a nadie a continuar viviendo como prisionero y que la libertad también consiste en recuperar el derecho a sonreír, descansar, equivocarse y beberse una cerveza sin tener que rendirle cuentas a ningún tribunal moral.