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Ricardo, el hombre que quiere ordenar el caos del transporte en La Habana

Crónica

De chofer de almendrón a gestor de una flotilla privada, sueña con una red de ómnibus moderna en una ciudad atrapada entre la escasez de combustible y la improvisación

“Las autoridades nos ven como si fuéramos el enemigo aunque nosotros somos los que estamos moviendo esta ciudad”. / 14ymedio
Natalia López Moya

18 de abril 2026 - 14:14

La Habana/El bullicio comienza temprano en el Parque de la Fraternidad. Bajo la sombra de los árboles, una hilera de jeeps y camionetas adaptadas para el transporte de pasajeros espera su turno mientras los choferes conversan, revisan el motor o se apoyan en las puertas abiertas. El Capitolio asoma al fondo, imponente, como si vigilara ese pequeño universo donde se cruzan la necesidad, el ingenio y la sobrevivencia diaria. En esa piquera de taxis privados, donde cada vehículo representa una historia de esfuerzo, se mueve con paso tranquilo Ricardo, un habanero de 48 años que siente el transporte como una vocación que le corre por las venas.

Ricardo, nombre cambiado para evitar represalias, no lleva uniforme ni distintivos especiales. Viste ropa sencilla, habla con voz pausada y saluda a cada conductor por su nombre. Su función ahora es la de gestor y supervisor de una pequeña flotilla que ha logrado levantar junto a su hermano tras décadas de trabajo. Sin embargo, en cuanto se detiene frente a uno de los vehículos, un pisicorre verde con capacidad para una docena de pasajeros, su mirada se vuelve técnica, casi profesional. Observa el estado de los neumáticos, pregunta por el consumo de combustible y revisa el itinerario del día como si estuviera inspeccionando una compleja línea de transporte.

"Yo nací para esto", dice a 14ymedio, con una sonrisa breve. Y no parece exagerar.

Cuando nacieron los muchachos no podía darme el lujo de seguir estudiando sin ganar ni un peso. Tenía que buscar dinero lo más rápido posible

Ricardo estudió hasta cuarto año de la carrera de Ingeniería del Transporte en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría, la conocida Cujae. No llegó a graduarse. La vida, como ocurre con tantos jóvenes en Cuba, lo obligó a tomar un camino más urgente. Se casó temprano, tuvo jimaguas y la necesidad de sostener a su familia se impuso sobre los libros y las aulas.

"Cuando nacieron los muchachos no podía darme el lujo de seguir estudiando sin ganar ni un peso. Tenía que buscar dinero lo más rápido posible", recuerda.

Su entrada al mundo de los almendrones fue casi natural. Su padre había sido ferroviario durante décadas y en la casa siempre se hablaba de trenes, rutas y horarios. Incluso su bisabuelo estuvo vinculado a la gestión del antiguo tranvía habanero, una herencia familiar que marcó su infancia. De niño, mientras otros jugaban a la pelota, él organizaba ciudades imaginarias con carros de juguete. Esa pasión todavía se conserva: en la sala de su casa mantiene una colección de autos en miniatura que cuida con esmero.

"Los transportistas particulares conocemos mejor esta ciudad que en el ministerio de Transporte". / 14ymedio

El primer vehículo que manejó fue el viejo Chevrolet de su padre, un automóvil que ya acumulaba años y reparaciones cuando Ricardo decidió convertirlo en taxi colectivo. Aquellos inicios, asegura, fueron duros.

"Había días en que salía a trabajar sin saber si iba a poder regresar a casa con dinero suficiente para la comida. El carro se rompía constantemente y las piezas eran difíciles de conseguir. Pero no había alternativa."

En la ruta que conecta el Parque de la Fraternidad con Santiago de las Vegas aprendió a lidiar con pasajeros impacientes, calles deterioradas y un sistema de transporte público que ya mostraba señales de agotamiento. Aquella experiencia le enseñó a calcular tiempos, costos y recorridos con una precisión casi matemática.

Con el tiempo lograron conformar una pequeña flotilla que hoy incluye seis triciclos eléctricos y cinco autos tipo pisicorre, capaces de transportar entre 10 y 14 pasajeros cada uno

Su hermano, también conductor, se sumó al negocio y juntos comenzaron a crecer lentamente. Reinvertían parte de las ganancias en reparaciones, en combustible y en la compra de nuevos vehículos. Con el tiempo lograron conformar una pequeña flotilla que hoy incluye seis triciclos eléctricos y cinco autos tipo pisicorre, capaces de transportar entre 10 y 14 pasajeros cada uno.

Ricardo ya no vive "pegado al timón", como él mismo dice, pero continúa vinculado al movimiento cotidiano de los vehículos. Visita la piquera con frecuencia, supervisa a los choferes y revisa los ingresos y gastos del día. Su presencia, discreta pero constante, refleja una mezcla de responsabilidad y orgullo.

En el Parque de la Fraternidad, el flujo de pasajeros nunca se detiene. Mujeres con bolsas pesadas, estudiantes con mochilas y trabajadores que intentan llegar a sus empleos se agrupan alrededor de los vehículos, preguntando por destinos y tarifas. El sonido de los motores se mezcla con el murmullo de las conversaciones y el golpe metálico de las puertas que se cierran.

Ricardo observa esa escena con mirada crítica. Para él, el transporte en La Habana no es solo un negocio, sino un problema estructural que requiere soluciones técnicas y voluntad política.

No hay coordinación real entre los diferentes medios de transporte y eso provoca pérdidas de tiempo y recursos

Según explica, los principales obstáculos que enfrenta la transportación de pasajeros en la capital son la falta de combustible, el deterioro del parque automotor, la escasez de piezas de repuesto y la ausencia de una planificación eficiente de las rutas.

"Todo el sistema está improvisado. No hay coordinación real entre los diferentes medios de transporte y eso provoca pérdidas de tiempo y recursos", afirma. “Las autoridades nos ven como si fuéramos el enemigo aunque nosotros somos los que estamos moviendo esta ciudad”, puntualiza. “Nos comen a multas y a inspecciones pero lo que deberían hacer es trabajar con nosotros, mano a mano”.

También señala que las regulaciones actuales limitan el crecimiento del sector privado. Considera imprescindible crear un marco legal que permita la importación directa de vehículos y piezas de manera expedita y “sin tanto papeleo”, el acceso a financiamiento y la posibilidad de establecer contratos estables con el Estado. 

"Si se quiere mejorar el transporte en Cuba, hay que dejar trabajar a los que saben hacerlo", sostiene. “Los transportistas particulares conocemos mejor esta ciudad que en el ministerio de Transporte, nosotros hemos diseñado líneas y conexiones más eficientes y completas que la Empresa de Ómnibus de La Habana”. 

Si se quiere mejorar el transporte en Cuba, hay que dejar trabajar a los que saben hacerlo

Su formación académica inconclusa no ha impedido que mantenga un enfoque técnico sobre el tema. Ricardo ha dedicado años a estudiar el comportamiento de las rutas, el flujo de pasajeros y los costos operativos. En su libreta guarda anotaciones detalladas sobre horarios, distancias y consumo de combustible.

Su mayor ambición es regentar una ruta de ómnibus en La Habana. No se trata de un sueño improvisado. Ha elaborado un proyecto completo que incluye el diseño de itinerarios, el cálculo de frecuencias y la estimación de ingresos y gastos.

En su mente, la ciudad aparece dividida en zonas de alta y baja demanda, con estaciones estratégicamente ubicadas para facilitar el acceso de los pasajeros. Habla de tiempos de espera, capacidad de carga y mantenimiento preventivo con la seguridad de un profesional.

"Yo tengo todos los números hechos. Sé cuántos ómnibus hacen falta, más o menos, los municipios que hay que conectar porque ahora mismo están aislados, el tipo de guagua que resolverá más en las condiciones que tenemos aquí y, algo que no está permitido ahora y es convertir los ómnibus en opciones de publicidad rodante que los empresarios paguen por difundir sus productos en esas vitrinas sobre ruedas, lo que es una manera de obtener ingresos", asegura.

En el Parque de la Fraternidad, el flujo de pasajeros nunca se detiene. / 14ymedio

Su plan contempla el uso de tecnologías modernas para optimizar el servicio. Propone la incorporación de sistemas de pago electrónico, la creación de tarjetas recargables que tendrán rebajas especiales para estudiantes y personas de la tercera edad, aplicaciones móviles para el seguimiento de las rutas y vehículos híbridos o eléctricos que reduzcan el consumo de combustible.

"Cuba podría saltar etapas si se adoptan tecnologías eficientes. No hace falta repetir los errores de otros países", puntualiza.

Mientras habla, un grupo de pasajeros sube a uno de los vehículos estacionados en la acera. Una mujer de vestido rojo se acomoda en el asiento trasero, seguida por dos jóvenes que cargan sus mochilas. El conductor arranca el motor y el vehículo se incorpora lentamente al tráfico.

Ricardo observa la maniobra con atención, como si evaluara cada detalle. Su experiencia le permite detectar fallas y anticipar problemas.

A pesar de las dificultades económicas y la incertidumbre que caracteriza la vida en la Isla, el emprendedor insiste en que su futuro está en Cuba.

"Nunca he querido emigrar, aunque tengo a casi todos mis amigos fuera del país", reconoce.

Cree que la Isla necesita profesionales dispuestos a trabajar por la recuperación de los servicios públicos y el desarrollo de la infraestructura

Para él, el transporte es más que un oficio. Es una misión personal que combina tradición familiar, conocimiento técnico y compromiso social. Cree que la Isla necesita profesionales dispuestos a trabajar por la recuperación de los servicios públicos y el desarrollo de la infraestructura.

En el Parque de la Fraternidad, la fila de vehículos continúa creciendo. El sol ilumina las carrocerías de colores y proyecta sombras alargadas sobre el pavimento. Los conductores conversan, los pasajeros esperan y la ciudad sigue moviéndose con la energía precaria que caracteriza a La Habana.

Ricardo camina entre los autos con paso firme, saludando a cada trabajador y revisando los detalles del servicio. Su presencia transmite la sensación de alguien que no se resigna al deterioro, que cree en la posibilidad de organizar el caos y construir un sistema de transporte más eficiente.

En su cabeza, los mapas y los cálculos siguen girando como engranajes invisibles. Allí, en ese universo de números y rutas, se dibuja el futuro que imagina para la ciudad: una red de ómnibus moderna, puntual y accesible, capaz de devolverle a La Habana el movimiento que alguna vez tuvo.

Y aunque ese proyecto todavía pertenece al terreno de los sueños, Ricardo continúa preparándose para el día en que pueda hacerlo realidad.

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Este texto se ha hecho en colaboración con Cuba Siglo 21 como parte del proyecto “Cuba: estabilizar y desarrollar”

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