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"Cuando salimos ya no teníamos techo en la sala, ni paredes"

La desolación invade Luyanó, arrasado este domingo por un tornado que ha dejado a muchos vecinos sin nada

Entrar por la Calzada de Luyanó y doblar por Teresa Blanco es llegar a una zona de desastre. (14ymedio)
Luz Escobar

29 de enero 2019 - 17:02

La Habana/El sol invade hasta el último rincón de las casas desde que el tornado se ha llevado todo: techos, paredes, postes eléctricos, las lámparas de la calle, bodegas, farmacias, escuelas, mercados...

Entrar por la Calzada de Luyanó y doblar por Teresa Blanco es llegar a una zona de desastre. La calle repleta de escombros, tanques de agua, pedazos de zinc, árboles, un televisor, un tocadiscos, un carro con un tronco encima, otro más adelante con las cuatro ruedas para arriba. Pero las gomas ya no están.

Desde los techos tiran escombros y los vecinos tratan de marcar en la acera un área segura y avisar cada vez que lanzan una piedra. Lucinda salía de su portal en el mismo momento en que, desde la azotea, su vecino lanzaba una roca del tamaño de una pelota de fútbol. Se salvó por un segundo. El hombre se detuvo justo cuando alzaba la piedra sobre su cabeza para lanzarla cuando vio a Lucinda dar brinquitos de su portal a la calle y escuchar a todos los vecinos gritar: ¡Luciiiiiiiiinda!, que siguió como si nada.

Desde los techos tiran escombros y los vecinos tratan de marcar en la acera un área segura y avisar cada vez que lanzan una piedra

En las calles principales hay policías, ambulancias, brigadas de Etecsa, electricistas levantando postes, cuadrillas cortando árboles y recogiendo escombros , aunque en las entrecalles de los puntos afectados en el municipio 10 de Octubre no había ese ajetreo.

Elaine barre la calle porque ya no sabe qué hacer, dice que cuando mira su casa se muere de tristeza. "Mi padre no para de llorar, no se le quita el susto de anoche. Estábamos comiendo cuando todo comenzó y, en el momento que entendimos que el ruido que escuchábamos no era un avión, nos metió a todos para el baño. Cuando salimos no teníamos techo en la sala, ni paredes", recuerda.

El horror está en su expresión. La acera está llena de escombros pero ella insiste en quitar con la escoba el polvillo que cae sin cesar de entre las ruinas que la rodean. "Al vecino lo rescatamos de abajo de la pared que le había caído arriba. Cuando pasó todo escuchamos una vocecita que decía: 'auxilio, auxilio'; y entre mi hermana y yo, junto a otros vecinos, lo sacamos. Por suerte no tenía heridas".

Elaine se quita el pañuelo y se lo vuelve a poner, se lleva las manos a la cabeza y comienza a llorar. "Ahora me acabo de enterar que el esposo de mi prima está en el hospital muy grave. Me llamó al celular. Dice que anoche, cuando se bajó del carro aquí en la calzada, le cayó un poste en la cabeza. Ya lo operaron y todo, pero no está bien", cuenta mientras llora sin parar. Se lleva las manos a la cabeza, se quita el pañuelo, se lo vuelve a poner, y sigue barriendo.

De un pasillo sale una joven con su hijo de la mano, la madre lleva una bolsa negra llena de ropa y el niño una jabita pequeña llena de juguetes de plástico. "Me voy para casa de mi madre, ahí no ha quedado nada, ya no recojo más", decía la joven mientras se alejaba calle abajo parando a cada rato para descansar. A mediodía, un helicóptero sobrevolaba la zona, pero nadie le prestaba atención.

"¿Tú eres periodista? Ven mira, entra. Retrata mi patio, mi techo, todo quedó destruido, esta es la única parte donde se puede estar", y señala para el techo. En la bodega de la esquina no quedó nada, las paredes de madera azul están peladas. El bodeguero abre los brazos y muestra lo que quedó del local mientras abre los brazos.

Una escuela de la calle Pedro Perna quedó sin techo y sin paredes, solo el busto de José Martí está intacto a un costado del patio. "Esto era Pedro Perna, ahora ya no se sabe qué es", responde a un joven que tiraba fotos y tomaba notas en una agenda.

En la calle Remedios, entre San Luis y Delicias, está la casa de Bárbaro Ravelo Fernández.

"Duró poquísimo, mira que yo he visto tornados en el campo pero nunca en la ciudad. Tenía una presión muy alta, fue muy fuerte, en poquitos segundos arrasó con todo"

"Cuando se terminó el noticiero comenzó un ruido muy extraño que se acrecentaba. Por suerte yo estaba en casa de mi vecino y la hija de él dijo: 'Debe de ser el carro que estará parqueando'. Pero que vá, era un ruido muy extraño que crecía. Al segundo hubo estruendo y me acerqué sin pensar a cerrar la ventana, pero algo me lanzó para atrás. A mi vecino le cayó parte del techo en el brazo y ahora lo tiene herido y yo tengo un golpe en la cabeza porque me cayó parte del falso techo. Me quedé ahí con ellos, y por eso me salvé. Duró poquísimo, mira que yo he visto tornados en el campo pero nunca en la ciudad. Tenía una presión muy alta, fue muy fuerte, en poquitos segundos arrasó con todo. Le acabó la casa también a mi vecino, la mía también. Mira mi televisor como me lo desbarató, y mi tocadiscos. Rompió todo, ahora vamos a ver qué pasa aquí para resolver", dice señalando una loma de escombros.

Una mezcla de solidaridad y crispación flota en el aire. De pronto, en una de las esquinas, un grupo de personas grita mientras mira el techo de una casa. Es una bronca entre dos hombres porque el dueño de la casa casi mata a su hija cuando tiraba escombros de la azotea.

Arriba se empujan, se gritan y golpean mientras abajo la gente azuza con gritos de: "dale, pégale". Los más jóvenes se paran sobre los carros golpeados que hay en la calle, las personas mayores se ponen de puntillas a mirar o se suben en las casas vecinas.

Las casitas cercanas a la iglesia perdieron todas el techo, afuera están sus vecinos, jóvenes que ponen música con sus altavoces ambulantes, madres con niños de brazos, padres que buscan pan y agua para sus hijos. "La iglesia perdió la cruz", le dice un niño a otro mientras juegan a las bolas en la explanada frente a la iglesia de San Juan. "Si, mira, y los caballos vinieron a comer", le responde el otro niño señalando con la punta del dedo a los animales que pastan.

En la Calzada de 10 de Octubre también el destrozo era enorme. Allí sí había brigadas que levantaban postes, pero el peligro aún estaba presente en cada cuadra. Los postes que quedaban en pie se balanceaban y a veces parecían a punto de caer. De las casas, los vecinos sacaban los escombros en cajas y los tiraban en la acera, donde se amontonaban las ramas y los objetos rotos.

El lunes ninguno de ellos fue al trabajo o a la escuela. Ninguna guagua pasaba ni por la Calzada de Luyanó, ni por 10 de Octubre. Entrar y salir de allí solo era posible caminando.

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