El Tostadero, la bodega que terminó devorada por la basura
Mayabeque
Lo que fue un próspero establecimiento en el centro de San José de las Lajas hoy es una ruina invadida por los desechos y los mosquitos
San José de las Lajas/A plena luz del mediodía, cuando el sol cae a plomo sobre la calle y apenas se escucha el ruido de un motor lejano, la antigua bodega El Tostadero parece un esqueleto varado en medio de San José de las Lajas (Mayabeque). Donde antes se alineaban sacos de arroz, latas de aceite y botellas de ron, hoy se acumulan montones de basura que crecen como una segunda construcción, hecha de jabas rotas, cartones húmedos y escombros. La escena se ha vuelto habitual para los vecinos de la zona, que ya no miran el edificio con nostalgia sino con preocupación.
Entre las ruinas de lo que fue este emblemático establecimiento continúa ganando espacio la basura, convirtiendo lo que queda del inmueble en un depósito improvisado de desperdicios que nadie parece dispuesto a recoger. Desde la acera, el nombre de la bodega aún se lee en una pared descascarada, como si se resistiera a desaparecer del todo. A pocos metros, una pareja pasa en una motorina y reduce la velocidad para esquivar los huecos del pavimento, mientras un perro flaco cruza la esquina sin prisa. El barrio sigue su rutina, pero el deterioro del antiguo comercio se ha convertido en un recordatorio constante de la decadencia.
"Hasta aquí viene gente con carretillas, lo mismo a botar desechos de construcción que papel sanitario. No se ha declarado públicamente, pero en la práctica esto es un micro vertedero ubicado en el centro del pueblo", comenta a 14ymedio Abelardo, un vecino de la zona, que observa con resignación el ir y venir de quienes descargan sus desperdicios en el lugar. El hombre, de 54 años, recuerda cuando la bodega era un punto de encuentro para los habitantes del barrio, un sitio donde se comentaban las noticias del día mientras se esperaba el turno para comprar.
"Poco a poco se fueron llevando todo lo que se podía reutilizar. Lo que en su momento fue un próspero negocio privado, terminó convertido en esto en manos del gobierno"
Según relata, a partir de que declararon el local en peligro de derrumbe, comenzó el desmantelamiento silencioso del edificio. Primero desaparecieron las tejas, luego la madera del techo y, más tarde, las puertas y ventanas. Lo que no se llevó el viento se lo llevó la necesidad. "Poco a poco se fueron llevando todo lo que se podía reutilizar. Lo que en su momento fue un próspero negocio privado, terminó convertido en esto en manos del gobierno", lamenta Abelardo, señalando el interior del inmueble, donde la hierba crece entre los restos de mosaicos que todavía asoman bajo la tierra.
Desde el portal de su casa, ubicada justo frente a la bodega, Dignora observa el lugar con una mezcla de fastidio y cansancio. A sus 72 años, asegura que el mayor problema no es la ruina en sí, sino lo que ha venido después: los mosquitos, el mal olor y la sensación de inseguridad. "De ahí adentro sale un enjambre de mosquitos todas las noches que nos impide sentarnos en el portal. A veces el olor es tan fuerte que tengo que cerrar puertas y ventanas", explica, mientras señala un rincón donde se acumulan restos de comida y bolsas negras abiertas por los perros.
La mujer reconoce que, aunque le pesa, ella misma ha tenido que botar sus desechos en el lugar. "Yo quisiera tener un depósito cerca o que pasara un camión de Comunales con regularidad, pero vienen cuando les da la gana, si acaso una o dos veces al mes. De tal manera, no me queda más remedio que tirar mi jabita en un rincón. Lo mismo hacen los demás, porque de lo contrario seríamos tragados por la suciedad dentro de nuestras casas", afirma, consciente del riesgo sanitario que representa el vertedero improvisado.
El deterioro del edificio es evidente desde cualquier ángulo. Las paredes están resquebrajadas, las columnas muestran el hierro oxidado y el techo desapareció casi por completo, dejando el interior expuesto al cielo. Desde una de las aberturas se puede ver el patio trasero convertido en un terreno baldío donde crecen hierbas altas y se acumulan restos de materiales de construcción. La imagen contrasta con la memoria de quienes conocieron el lugar en sus años de esplendor, cuando el aroma del café recién tostado justificaba el nombre de la bodega.
Ernesto, un vecino que reside a dos cuadras del local, asegura que los reclamos a las autoridades han sido constantes, pero inútiles. "Eso lleva más de diez años cayéndose a pedazos. Mi temor es que parte de la estructura que queda en pie caiga encima de una casa contigua y provoque una desgracia. También alguien podría resultar dañado por un derrumbe parcial cuando entre a dejar la basura", advierte, mientras observa las grietas que recorren una de las paredes laterales.
Para evitar el riesgo, el joven prefiere caminar varias cuadras hasta la Avenida 40, donde aún existe un contenedor de basura en funcionamiento. Sin embargo, reconoce que no todos pueden hacer ese recorrido diariamente. "Los delegados del Poder Popular que han sido electos en el barrio nunca hicieron nada por salvar la bodega de la ruina que es en la actualidad", afirma con un tono que mezcla frustración y resignación.
A pesar del abandono, el inmueble sigue ocupando toda una esquina del pueblo, como un testigo silencioso del paso del tiempo y de la falta de mantenimiento. Su estructura, aunque debilitada, aún conserva cierta imponencia, lo que hace más evidente el contraste entre lo que fue y lo que es hoy. Para muchos vecinos, El Tostadero se ha convertido en un símbolo de la desidia institucional y del deterioro de los servicios públicos.
"Este es un monumento a la falta de respeto al patrimonio, a ese virus que se extiende a lo largo de todo el país", resume Ernesto, mirando la esquina donde el viento levanta papeles y polvo. Mientras tanto, el nombre de la antigua bodega permanece adherido a la pared, como una última señal de identidad en medio de las ruinas, recordando a los habitantes de San José de las Lajas que, donde antes hubo comercio y vida, ahora reina el abandono.