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Tres ruedas y muchas cuentas por pagar

San José de las Lajas

Los conductores de triciclos eléctricos en San José de las Lajas enfrentan largas horas de espera, pocos pasajeros y costos crecientes que amenazan su sustento diario

Triciclos en piquera de la antigua terminal de trenes de San José de las Lajas. / 14ymedio
Julio César Contreras

29 de abril 2026 - 12:07

San José de las Lajas (Mayabeque)/La piquera de la antigua terminal de trenes de San José de las Lajas despierta antes que el resto de la ciudad. A esa hora temprana, cuando todavía el sol apenas comienza a calentar el asfalto y las primeras bicicletas cruzan la avenida con desgano, ya hay varios triciclos eléctricos alineados como si aguardaran una orden de salida. Bajo las lonas verdes, azules o rojas, los conductores conversan en voz baja, toman café en vasitos plásticos y miran con ansiedad la carretera, esperando que aparezca el primer cliente del día.

“La mayoría de la gente no tiene ni la menor idea del tiempo y del dinero que hay que invertir para poder ganarse cuatro pesos en estos bichos de tres ruedas”, lo afirma Alexander, un conductor de triciclo que todos los días llega temprano a la piquera sin ruta fija en su itinerario. Su vehículo, pintado de un azul intenso y con la batería recién cargada, permanece detenido junto a otros similares que forman una hilera irregular, como si se tratara de un pequeño parque automotor improvisado.

Alexander explica que trata de llegar siempre antes de las 6:00 de la mañana para que la cola de conductores no sea muy grande y le alcance el tiempo para dar algunos viajes antes del mediodía, que es cuando los pasajeros disminuyen considerablemente. A esa hora temprana todavía se ve movimiento: trabajadores que se dirigen a sus centros laborales, estudiantes con mochilas al hombro y ancianos que caminan despacio hacia la farmacia o el policlínico. Pero después de las nueve o las diez, la escena cambia y la piquera queda sumida en una especie de letargo.

“Aunque se ven muy pocos carros circulando en la carretera, tampoco las personas pueden darse el lujo de gastar 300 o 400 pesos”

Su recorrido diario puede llevarlo lo mismo al Cotorro que a Catalina de Güines o incluso hasta Madruga, si se reúnen clientes que estén dispuestos a pagar el alquiler. En ocasiones, esos viajes largos representan la única salvación para el bolsillo, porque dentro de la propia ciudad los trayectos son cortos y los clientes regatean cada peso. “Aunque se ven muy pocos carros circulando en la carretera, tampoco las personas pueden darse el lujo de gastar 300 o 400 pesos para ir desde la feria agropecuaria hasta el Reparto Pastorita”, comenta. “Tampoco nosotros podemos pedir menos que eso, porque entonces no da la cuenta. Es un círculo vicioso donde todos, de alguna manera, salimos perdiendo”.

La escena cotidiana en los alrededores de la terminal confirma sus palabras. A media mañana, varios triciclos permanecen estacionados a la sombra de un árbol frondoso mientras sus choferes se refugian del sol. Algunos revisan los cables de las baterías, otros conversan sobre el precio de las piezas de repuesto. Un joven se baja de su vehículo, estira las piernas y observa con resignación la carretera casi vacía.

Los triciclos detenidos en la piquera corroboran, efectivamente, que los pasajeros están escasos. La fila de vehículos parece congelarse en una prolongada espera que puede durar horas. “Dar viajes se está poniendo cada vez peor, porque los triciclos siguen aumentando y los pasajeros van disminuyendo por días”, asevera Ismael, sentado bajo la lona de su moto y protegiéndose del sol que cae a plomo sobre la calle. “Ya lo mismo da que sea miércoles o domingo para que la piquera esté vacía y uno tiene que volverse mago para, al final de la jornada, contar con algunos billetes en el bolsillo que se van como agua”.

El diario que estoy sacando apenas me alcanza para comprar lo indispensable de la casa”

El chófer explica que está considerando seriamente la posibilidad de abandonar el transporte de pasajeros y dedicarse al traslado de mercancías para alguna mipyme local. Según cuenta, el dinero que obtiene actualmente apenas alcanza para cubrir los gastos básicos. “El diario que estoy sacando apenas me alcanza para comprar lo indispensable de la casa”, dice. “Si por casualidad el triciclo tiene una falla mecánica, ahora mismo no cuento con el presupuesto para arreglarla”.

Esa incertidumbre se repite entre muchos conductores que ven cómo el negocio, que hace unos años parecía prometedor, se ha vuelto cada vez más inestable. La proliferación de triciclos eléctricos ha saturado el mercado, mientras el poder adquisitivo de los pasajeros continúa disminuyendo. El resultado es una competencia feroz por cada cliente que aparece en la esquina.

En la otra cara de la moneda están quienes se acercan sudorosos a los triciclos, tratando de negociar un precio que les proporcione un margen de respiro. A un costado de la carretera, un hombre se detiene frente a uno de los vehículos para preguntar cuánto cuesta el viaje hasta su barrio. La respuesta provoca un gesto de descontento y un breve intercambio de palabras antes de que el cliente decida continuar a pie.

“No entiendo por qué los triciclos eléctricos cobran tan caro como los que se mueven con gasolina o petróleo”, señala Mario, un trabajador por cuenta propia que hace el recorrido diario desde su casa en Tapaste hasta San José de las Lajas. Según explica, por necesidad tiene que usar este medio de transporte dos o tres veces a la semana, y el costo que empezó por 200 pesos ha ido subiendo aceleradamente, llegando a los 800 o 1.000 pesos en determinados horarios y días. “A esto no hay quien le ponga frenos”, se queja.

“No entiendo por qué los triciclos eléctricos cobran tan caro como los que se mueven con gasolina o petróleo”

Para Mario, la solución del problema no pasa necesariamente por estabilizar el combustible ni por aumentar la presencia de inspectores estatales que controlen los precios del pasaje. A su juicio, la clave está en recuperar un sistema de transporte público que ofrezca alternativas reales a los ciudadanos. “Mientras el transporte esté en crisis, todo aquel que tenga tres o cuatro ruedas se creerá con el derecho de cobrar lo que estime conveniente”, recalca.  

Mientras tanto, la vida cotidiana en San José de las Lajas sigue marcada por la espera. Los triciclos eléctricos permanecen alineados en la piquera como si fueran parte del paisaje urbano, testigos silenciosos de una economía que apenas se mueve. Bajo el sol inclemente del mediodía, los conductores observan el horizonte con paciencia y resignación, confiando en que el próximo pasajero aparezca en cualquier momento y les permita arrancar de nuevo.

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