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Los túneles de la “guerra de todo el pueblo”, derruidos y abandonados

Cuba

"Si nos invade Trump, nadie se plantea salir de su casa, además de que no hay sitio adonde se pueda ir”, dice Mayra

Sin salir de La Habana del Este, en el reparto Camilo Cienfuegos, hay otro de estos viejos “refugios”. / 14ymedio
Darío Hernández/Natalia López Moya

04 de junio 2026 - 06:03

La Habana/El llamamiento de Miguel Díaz-Canel a la “guerra de todo el pueblo” ante las presiones recibidas por Estados Unidos desde que detuvieron a Nicolás Maduro en Caracas, en una intervención militar en la que murieron 32 militares cubanos –apenas se recuerdan esas bajas medio año después–, es más la resurrección de un zombi que la del ave fénix. Lo demuestra ampliamente un recorrido por la miríada de túneles bajo tierra en La Habana, llamados a ser refugio en caso de un ataque del “imperio”, hoy derruidos y abandonados.

Inundado de agua sucia, utilizado como basurero, el que se encuentra en la Colina Lenin –antigua Loma del Fortín–, en el municipio de Regla, está lleno de ratas y todo tipo de insectos. La situación del lugar solo permite acercarse a la entrada, excavada aprovechando la orografía del lugar. Otro túnel también en Regla está directamente cegado.

Los que pueden atisbarse en Alamar, en La Habana del Este, a punto de derrumbarse, ponen en riesgo la vida del que entre. Un derrumbe, precisamente, ha tapado la entrada de uno de ellos. “El que se meta ahí es loco”, decía a 14ymedio un vecino, que cuenta que en uno de esos túneles se encontró “un cuerpo humano hace algunos años”. Cualquier cosa cabe ahí, salvo personas para protegerse de un eventual ataque. “Nunca ha habido ahí rastro de algo que sirva para la guerra o para sobrevivir a un bombardeo”, dice el mismo hombre.

“El que se meta ahí es loco”, decía a '14ymedio' un vecino, que cuenta que en uno de esos túneles se encontró “un cuerpo humano hace algunos años”. / 14ymedio

Sin salir de La Habana del Este, en el reparto Camilo Cienfuegos, hay otro de estos viejos “refugios”, en este caso al nivel del suelo, en una construcción militar completamente abandonada. Con la maleza a media altura de puertas y ventanas, creciendo hasta en el techo como si fuera una peluca despeinada, sus estancias son oscuras e intransitables, y las pintadas en sus paredes descascarilladas son la única huella de que hubo un alma humana ahí alguna vez.

Lejos quedan aquellos tiempos en que Fidel Castro movilizó a todo el país para permanecer en una suerte de defensa permanente frente al “imperio”. Promovida desde los años 80 y recogida en la Ley de Defensa Nacional de 1994, en pleno Período Especial, la “guerra de todo el pueblo” siempre respondió más al interés propagandístico que a un peligro real. Se trata de una “concepción estratégica defensiva del país, que resume la experiencia histórica acumulada por la nación”, y que “se basa en el despliegue del sistema defensivo territorial como sustento de su poderío militar, y en el empleo más variado de todas las fuerzas y recursos de la sociedad y el Estado”.

Sin embargo, en ella se emplearon recursos de todo orden, sobre todo de carne y hueso. En aquel tiempo, cualquier obra –ya fuera un edificio de viviendas o una escuela infantil– podía paralizarse por orientación de las máximas instancias para que los “voluntarios” colaboraran en la apertura de refugios.

A esos túneles, ya construidos, enviaban a estudiantes y trabajadores a hacer “ejercicios prácticos”. “Eran simulacros de una guerra que nunca llegó”, dice a este diario Mayra, entonces veinteañera, que conoció una de estas construcciones cerca de la Universidad de La Habana. Ya eran “húmedas, pestilentes y oscuras” en esos días, asegura, “y daban más claustrofobia que protección”. Todavía hoy, refiere, “paso cerca de la boca de este túnel, con el techo desplomado, y me dan escalofríos”.

Ya eran “húmedas, pestilentes y oscuras” en esos días, asegura, “y daban más claustrofobia que protección”. / 14ymedio

Uno de esos túneles, abierto en la calle Franco de Centro Habana –muy reconocible por la escalera que salva la loma–, acabó dañando los cimientos de uno de los mejores edificios del barrio, el que tenía en sus bajos la cafetería El Lluera, en la esquina con Carlos III. El inmueble, de estilo art déco capitalino, uno de los más modernos en su época, sigue apuntalado con vigas de madera a fecha de hoy.

El “refugio” que lo destruyó, mientras tanto, está cerrado y sin usar, con los accesos tapiados. De acuerdo con el testimonio de una vecina, “en las lluvias se llena de agua porque es de los que está casi por completo bajo tierra”.

En mitad de aquella histeria colectiva inducida desde el poder, hubo rumores de todo tipo. Como el que recuerda Mayra: “que en algunas zonas de La Habana algunos jerarcas de verdeolivo los usaron para el cultivo de hongos que vendían en divisas”.

O el que cuenta Roberto, otro habanero: “que Fidel Castro había llamado a dinamitar los túneles que se habían abierto para la construcción del metro de La Habana y los refugios para la guerra por si llegaba una invasión que los yumas solo pudieran ver cómo la Isla se hundía en el mar”.

Yumas no llegaron, pero consignas no faltaron. “Todo cubano debe saber tirar y tirar bien”, era una de las frases multiplicadas por vallas en todos los rincones. “Los latinoamericanos que venían se morían de la risa”, apunta Roberto, por el significado sexual que tiene el verbo en muchos países del continente.

Mientras se apelaba a la “invulnerabilidad defensiva”, a la “guardia cederista” o a la “trinchera de ideas”, se clamaba al aire: “Si vienen, quedan”. / 14ymedio

Mientras se apelaba a la “invulnerabilidad defensiva”, a la “guardia cederista” o a la “trinchera de ideas”, se clamaba al aire: “Si vienen, quedan”, “Recogerán el polvo de esta tierra anegado en sangre” o “Hasta la última gota de nuestra sangre”.

La “guerra de todo el pueblo”, en suma, mandaba que cada habitante de la Isla dispusiera, como indicaba un artículo en Cubadebate en 2004, “de un medio, un lugar y una forma de tomar parte en la defensa del país”. O en palabras de Fidel Castro: “Cada cubano sabe lo que tiene que hacer y es un comandante en jefe”.

Esos deseados “comandantes en jefe” de sí mismos están hoy más cansados que nunca, y en las calles muchos se atreven a preguntar en voz alta: “¿y cuándo nos invade Trump?”. Si esto pasara, dice Mayra, “nadie se plantea salir de su casa, además de que no hay sitio adonde se pueda ir”.

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