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Vender viandas de día y sobrevivir en las calles de noche

Matanzas

El colapso del transporte intermunicipal empuja a muchos a dormir a la intemperie en Matanzas

"Cada vez somos más buscando en los mismos contenedores, porque ya muchos vecinos van a los basureros a buscar cartones y madera para combustible”. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

21 de febrero 2026 - 10:37

Matanzas/El jabao –como lo conocen en el mercado– es un vendedor de viandas que viaja a Matanzas desde una zona rural en Limonar, a unos 28 kilómetros de la ciudad. Sale de madrugada con la esperanza de vender lo suficiente para cubrir los gastos básicos y el pasaje de regreso. Pero su rutina depende de unos cálculos que casi nunca cuadran.

“Si vendo bien, regreso el mismo día. Pero hay veces que el pasaje cuesta más de 400 o 500 pesos y no me alcanza. Hace un año pensaba que las máquinas particulares en 200 pesos estaban caras; imagínate ahora”, cuenta a 14ymedio. “Entonces tengo que quedarme. No siempre hay transporte nocturno y, si aparece, el precio sube más. Dormir en la calle no es seguro, pero tampoco puedo botar la mercancía”.

En la Cuba actual, marcada por la escasez crónica de combustibles, el colapso del transporte y la precariedad laboral, la provincia de Matanzas se ha convertido en un espejo de las tensiones que viven quienes llegan desde zonas rurales en busca de ingresos para sobrevivir, pero no siempre encuentran cómo regresar a sus hogares ni un techo seguro donde pasar la noche.

La cabecera provincial atrae cada día a hombres y mujeres procedentes de municipios y bateyes cercanos que intentan vender productos agrícolas, realizar trabajos informales o recolectar materias primas. Sin embargo, el deterioro del transporte intermunicipal y el encarecimiento de los pasajes han complicado el retorno diario, convirtiendo una jornada de “resolver” en una noche a la intemperie.

El deterioro del transporte intermunicipal y el encarecimiento de los pasajes han complicado el retorno diario. / 14ymedio

Para quienes viven al día, el margen es mínimo. Una mala racha de ventas puede significar no solo pérdidas económicas, sino también pasar la noche lejos de casa en condiciones difíciles y peligrosas. El propio vendedor admite que ya sale preparado para ese escenario.

“Ya vengo con una sábana para taparme si tengo que dormir en la calle. Y en los días de frío tengo que dejar de vender, porque si me agarra un frente frío afuera puede matarme”, explica.

Otra cara visible de esta realidad es la de los recolectores de materias primas. Ante la falta de empleo formal, muchas personas –incluidos migrantes internos– recorren la ciudad buscando materiales reciclables que luego venden a centros estatales de recuperación.

Kike, natural de Sancti Spíritus, lleva años sobreviviendo así en Matanzas. Vive en la calle junto a sus perros y dedica la jornada a recoger latas y botellas. Su testimonio dibuja un panorama cada vez más competitivo.

“Uno camina kilómetros todos los días. A veces lo que saco no da ni para comer bien. Y cada vez somos más buscando en los mismos contenedores, porque ya muchos vecinos van a los basureros a buscar cartones y madera para combustible”, comenta. “Se han vuelto los lugares donde más gente se ve en cada cuadra; hay hasta quien come directamente de los desperdicios”.

Los basureros se han vuelto "los lugares donde más gente se ve en cada cuadra". / 14ymedio

Según las tarifas oficiales divulgadas por la Empresa de Recuperación de Materias Primas en distintos territorios del país, los precios de compra al público se mantienen en niveles bajos frente a la inflación y al esfuerzo requerido para reunir los materiales.

El aluminio (latas) se paga entre 70 y 100 pesos por kilogramo; el cobre puede superar los 400 o 500 pesos, según tipo y calidad. Las botellas plásticas (PET) rondan los 20 o 30 pesos por kilogramo; el cartón y el papel se compran entre 10 y 20, mientras que el vidrio generalmente no llega a cinco pesos por kilogramo.

Aunque estas cifras varían por provincia y disponibilidad, la realidad es que reunir un kilogramo de algunos materiales implica largas horas de búsqueda, clasificación y traslado. Para quienes viven en la calle, como Kike, esa diferencia determina si pueden alimentarse –y alimentar a sus animales– o si deben encomendarse a la caridad.

El problema no se limita al ingreso. Para muchas personas de bajos recursos que llegan desde el campo, asegurar un techo temporal es otro desafío. Las casas de alquiler particulares resultan impagables: una habitación puede costar varios miles de pesos por noche, fuera del alcance de quienes apenas obtienen ganancias mínimas.

Las casas de alquiler particulares resultan impagables: una habitación puede costar varios miles de pesos por noche. / 14ymedio

Algunos recurren a amistades o familiares lejanos; otros improvisan refugios en espacios públicos. La falta de albergues accesibles o de soluciones habitacionales transitorias agrava la vulnerabilidad de este grupo flotante que entra y sale de la ciudad según la temporada y las oportunidades.

Trabajadores sociales consultados en Matanzas reconocen que el flujo constante de personas desde el interior responde tanto a la falta de empleo estable en zonas rurales como al atractivo relativo de la cabecera provincial para “resolver algo” en el día. Pero admiten también que la ciudad no tiene capacidad para absorber esa presión.

La situación revela un equilibrio cada vez más frágil entre el campo que no ofrece empleo suficiente y la ciudad que tampoco garantiza estabilidad. Quienes venden viandas dependen de un transporte irregular y caro; quienes recolectan materias primas compiten por desechos cuyo valor apenas cubre las necesidades básicas.

Entre sacos, jabas de yuca y bolsas de latas aplastadas, la supervivencia dejó de ser una metáfora: es una tarea concreta que empieza antes del amanecer y, demasiadas veces, termina en un portal cualquiera esperando que llegue el próximo día.

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