Cultura y Ciencia
APOYO
Para ayudar a 14ymedio

Sin maquillaje, el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso exhibe el desgaste de una restauración fallida

Cultura

La ruina afecta a uno de los pocos edificios habaneros donde la pompa republicana, la memoria colonial y la liturgia cultural del castrismo llegaron a convivir bajo una misma decoración de estuco, mármol y cristal

El esplendor dura poco. Apenas se avanza hacia otras áreas, la imagen cambia. / 14ymedio
Darío Hernández

02 de mayo 2026 - 16:03

La Habana/“El área del teatro está desmantelada por completo”. La frase la dice, casi en voz baja, un espectador veterano que asistió al concierto por el aniversario 188 del Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso. Ha vuelto una y otra vez a este edificio durante décadas y ahora lo recorre con una mezcla de resignación y desencanto. Junto a él, este diario logró entrar en el teatro y comprobar cómo uno de los edificios más hermosos del país se convierte, poco a poco, en ruinas.

Asientos amontonados, andamios hasta el techo, lonas cubriendo molduras delicadas, puertas rotas, cajas, materiales de construcción y zonas del techo desprendidas en medio de un coliseo que fue emblema de la ciudad y que hoy exhibe, sin maquillaje, el desgaste de una restauración fallida.

La ruina del Gran Teatro: donde la pompa republicana y la liturgia castrista se desmoronan

La gran escalinata imperial y la cúpula del vestíbulo central conservan todavía ese efecto de deslumbramiento que convirtió al inmueble en una de las joyas de la arquitectura habanera. Basta entrar y mirar hacia arriba para entender por qué durante décadas este edificio fue mucho más que una sede cultural. Pero el esplendor dura poco. Apenas se avanza hacia otras áreas, la imagen cambia. El ojo tropieza con grietas, manchas de humedad, carpinterías rotas, falsos techos abiertos, yeserías heridas y un aire general de provisionalidad que parece haberse instalado como norma.

Basta entrar y mirar hacia arriba para entender por qué durante décadas este edificio fue mucho más que una sede cultural. / 14ymedio

“Se ve que lleva y llevará tiempo terminarlo”, dice el hombre a lo largo del recorrido por varios espacios. Ha venido al concierto de aniversario, pero habla como quien asiste también a un velorio. El espectáculo ocurre en una de las áreas habilitadas del inmueble, lejos de la Sala Federico García Lorca, todavía tomada por la restauración. La función tiene lugar en el sector del antiguo Centro Gallego, el ala izquierda del complejo, hoy usada como espacio de eventos y socialización, donde todavía sobreviven algunos salones en mejor estado. “Se conmemora al edificio mientras el edificio se deshace”, confiesa en voz baja.

La gala, pensada para exaltar la tradición del coliseo, reúne a la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro, al Teatro Lírico Nacional y a su coro, al Ballet Español de Cuba y a Lizt Alfonso Dance Cuba. El programa enlaza fragmentos de Cecilia Valdés, Luisa Fernanda, La tabernera del puerto, El lago de los cisnes, Nabucco, María la O y La traviata. Sobre el papel, todo remite al linaje musical y escénico del teatro. En la práctica, ese homenaje transcurre a pocos metros de una sala principal invadida por andamios, butacas retiradas y señales de deterioro imposibles de disimular.

En una parte del edificio suena la música para celebrar su historia, en la otra se acumula una selva metálica. / 14ymedio

Mientras en una parte del edificio suena la música para celebrar su historia, en la otra se acumula una selva metálica. Donde antes mandaban los palcos, la caja escénica y la boca del escenario, ahora dominan las estructuras tubulares, las cubiertas de protección y la penumbra de una restauración sin fecha visible de término.

El deterioro no se limita al recinto principal. En otra zona, este diario encontró butacas retiradas y apiladas, como si el teatro hubiera sido desarmado por partes. En los corredores y salones se repite la misma sensación. “Solo veo a dos personas trabajando. El resto es personal del teatro”, comenta el acompañante de 14ymedio. Más que una intervención intensiva, lo que se percibe es una reparación lenta, fragmentaria, sin el pulso de una obra priorizada.

“Se conmemora al edificio mientras el edificio se deshace”. / 14ymedio

Antes de ser el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, este conjunto fue parte del antiguo Centro Gallego y, más atrás todavía, heredero del mítico Teatro Tacón, inaugurado en 1838 en ese mismo enclave urbano. El actual palacio social, diseñado por el arquitecto belga Paul Belau e inaugurado en 1915, fue levantado en estilo neobarroco, con profusión de columnas, balaustradas, esculturas alegóricas, arcos, frontones curvos, yeserías y una composición monumental que dialoga con el Parque Central y el Paseo del Prado. A lo largo del siglo XX, el edificio fue cambiando de nombre y de funciones hasta consolidarse como uno de los grandes centros de las artes escénicas de Cuba.

La sala principal, hoy llamada Federico García Lorca, es la heredera directa del antiguo Tacón y el espacio más emblemático del complejo. Con el tiempo se le añadieron otras dependencias y salas: la Ernesto Lecuona, la Lezama Lima, la Bola de Nieve, la Alejo Carpentier, además de galerías, áreas de ensayo, salones de conferencias y espacios de exposición. “Era una pequeña ciudad del espectáculo”, dice el veterano espectador. Desde 1985, por iniciativa de Alicia Alonso, el conjunto pasó a llamarse Gran Teatro de La Habana, y en 2015 añadió oficialmente el nombre de la bailarina, quien falleció cuatro años después. 

"Se ve que está terminado hace tiempo, y está cogiendo el polvo del siglo”. / 14ymedio

Por eso duele más lo que hoy se ve. Porque la ruina no afecta a un inmueble cualquiera, sino a uno de los pocos edificios habaneros donde la pompa republicana, la memoria colonial y la liturgia cultural del castrismo llegaron a convivir bajo una misma decoración de estuco, mármol y cristal. A pocos metros de una cúpula todavía majestuosa sobre la escalera ceremonial, hay puertas exteriores vencidas por el sol y la intemperie, persianas deformadas, muros con desprendimientos, grietas finas bajando desde el cielo raso y zonas donde el falso techo ha cedido y deja al descubierto las entrañas del edificio.

La última gran intervención sobre el inmueble concluyó en 2015 y fue presentada en enero de 2016 como una restauración capital. “Esa restauración fue una basura”, suelta el espectador con una crudeza que no necesita adornos. Y añade: “Las tablas del teatro estaban envenenadas, y así mismo las recibieron”. Menos de una década después de aquella reapertura triunfal, el Gran Teatro volvió a cerrar su sala principal y a entrar en obras. 

Hay puertas exteriores vencidas por el sol y la intemperie, persianas deformadas, muros con desprendimientos, grietas finas bajando desde el cielo raso. / 14ymedio

“También está el museo Alicia Alonso, el cual aún no han inaugurado. Se ve que está terminado hace tiempo, y está cogiendo el polvo del siglo”, añade el acompañante. En Cuba abundan las obras anunciadas con bombo, pero sin terminar. Lo raro sería que un espacio museístico estuviera listo y abierto en tiempo y forma. En el Gran Teatro, ese cuarto del abandono convive con retratos de la diva, cajas de equipos y una sensación de santuario pospuesto.

La decadencia del inmueble se parece demasiado a la del país. Mientras Alicia Alonso vivió, su nombre funcionó como palanca, protección y argumento presupuestario. Muerta la leyenda, al teatro le ha quedado el apellido y se le han ido los privilegios. “La restauración va bien lenta por disímiles motivos. Mal trabajo, falta de recursos, de personal, de interés, de la crisis, y un largo etcétera”, resume el hombre.

No hay comentarios
Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último