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Hallazgos al margen de la Bienal

Los hallazgos de dos artistas que reúnen sus obras en un momento del camino

Leonard. (Ernesto Santana/14ymedio)
Ernesto Santana

23 de junio 2015 - 10:11

La Habana/Lejos de la fiebre de artistas y marchantes, de las multitudes que acuden curiosas a presenciar alguna nueva acrobacia visual y, sobre todo, lejos de los focos de esta 12 Bienal de La Habana —que algunos llaman Gran Feria de La Habana, sobre todo en esta edición—, hay una exposición muy singular en una tranquila calle de El Vedado.

A pesar de que esta Bienal ha estado ensombrecida, desde mucho antes de su inauguración, por la pesada mano de la represión gubernamental para evitar las performances de los artistas Tania Bruguera y Danilo Maldonado, El Sexto, es notable la cantidad de talleres, estudios y galerías que se han abierto en casas particulares a mayor o menor distancia del evento central.

Hace solo tres años, en la anterior Bienal, era fácil contar las exposiciones alternativas, algunas de las cuales, presionadas de una manera u otra por la policía política, no pudieron siquiera abrir sus puertas. Ahora, en medio de la supuesta mejoría de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, ha habido por parte del Gobierno mayor permisividad con los independientes y los alternativos.

El Open Studio de Julio César Llópiz y Leandro Feal sorprende por lo sencillo, por el tono intimista que han conseguido estos dos artistas, jóvenes, emancipados sin polvareda, que han logrado justamente lo que pretendían: mostrar lo que hacen sin otras condiciones que las que ellos mismos se han impuesto.

El espacio es pequeño, las piezas no son muchas, la iluminación es como la de cualquier apartamento de ese tipo, pero cada obra respira con naturalidad, como si ya hubiera encontrado su espacio natural.

El Open Studio de Julio César Llópiz y Leandro Feal sorprende por el tono intimista que han conseguido estos dos artistas, jóvenes, emancipados sin polvareda

"Uso el diseño como una herramienta como una herramienta conceptual", dice Llópiz, "porque me gusta cómo, en la historia del arte del siglo XX, el diseño propone una manera de organizar la información que para mí es muy efectiva". Confiesa que, a veces, sus piezas terminan siendo como cuadros que parecen posters, con textos, colores planos, y, otras veces, son pequeñas intervenciones en objetos que se va encontrando. "Ya después me gusta combinar los referentes de manera aleatoria, irónica".

Interesado siempre en varias cosas a la vez, Julio César Llópiz cree convertir estados de ánimo en objetos, "aunque generalmente terminan siendo objetos decorativos". De todas formas, son el testimonio de un momento personal e intransferible y eso, dice él, "es lo más que tú puedes acercar al espectador a una idea más vaga o más concreta, más relacionada con la sensibilidad pura o con las cosas que te pasan en el día, con la sociedad, con la política, con lo que sea".

Son varios los objetos intervenidos, que él intenta convertir en algo más, en algo con una significación imprevista: desde un marco vacío de diapositiva hasta una figura de fabricación industrial o un fragmento hallado al azar. Son muchos los objetos, o partes de objetos, que pueden usarse en este juego de leve apariencia, de arte que esquiva el cansancio de lo grave.

Pero por momentos podemos hallar un toque de sutil dramatismo, de poderoso significado. Como cuando encontró un viejo disquete de ocho pulgadas y le fabricó una etiqueta con papel viejo de los años 70: "Félix González-Torres, Cartas a su familia en Cuba, 1979-1982". Explica Llópiz que, según atestiguan sus amigos, este artista cubano residente en Estados Unidos le escribió en esos años muchas veces a su familia, pero nunca recibió respuesta.

"Parece que esas cartas no llegaron a su familia", dice Llópiz, "pero claro está que tuvieron que llegarle a alguien. Tal vez están en algún archivo de la Seguridad del Estado. Es como hacer un retrato de esas cartas posibles que nadie conoce y quizás nadie conocerá, además del que las cogió. Yo estoy sugiriendo un contenido que no se está viendo, que no existe", precisa el artista, "pero, por otro lado, no hay manera de probar que eso no existe, que esa información no está en ese soporte de almacenamiento".

“Parece que esas cartas no llegaron a su familia”, dice Llópiz. Tal vez están en algún archivo de la Seguridad del Estado

A diferencia de Llópiz, que reside en La Habana, Leandro Feal vive actualmente entre Barcelona y La Habana. De cualquier modo, es la inquietud exploradora, además de una vieja camaradería, lo que los une a los dos y lo que da sentido a este encuentro de dos sensibilidades, dos maneras de ver el mundo y de decir lo que tienen que decir.

Feal trabaja varios tipos de fotografía. Unas en 35 mm, otras en formato digital, algunas son películas instantáneas de Fuji (parecidas a la marca Polaroid). Su actual vida repartida entre una ciudad del mar Mediterráneo y una ciudad del Mediterráneo Americano es el sustento de la serie de fotos que hacen la otra mitad de esta exposición, pues fueron tomadas lo mismo en La Habana que en Barcelona.

Muchas de las fotos fueron tomadas no solo con rollos de 35mm, sino incluso con rollos ya vencidos, lo cual les da a las fotografías una cualidad muy propia, en ocasiones absolutamente fantasmal. Ya podemos imaginar lo difícil que debe resultar para el joven artista conseguir, en cualquier lugar del mundo, este tipo de soporte para hacer su obra. De hecho, cada día se acerca más a lo imposible poder hacerlo, porque la tecnología digital avanza tan implacablemente que un simple rollo de 35mm se está convirtiendo en un soporte de élite, de entendidos que gustan de explorar determinados modos de luz.

Sin embargo, aunque muy preocupado por las diferentes técnicas para capturar las formas visibles, Feal se cuestiona todo el tiempo por aquello que debe quedar capturado y arrebatado al tiempo, fuera de su devenir, convertido en un fotograma de su existencia personal y que puede ser registrado de muchos modos. Por eso es que él mismo aparece con frecuencia en las instantáneas: su labor es documentar su vida inmediata, el tipo de gente con la que se encuentra o que le llama la atención, no importa el lugar.

Se compró una cámara Fuji y comenzó a recoger el testimonio de lo que iba viendo, viviendo, de los cubanos que encontraba por aquellos rumbos

Durante su primer año en España sentía muchas dudas. Cada vez que trabajaba alguna imagen con soporte digital quedaba insatisfecho. Luego, decidido, se llevó todo su equipo analógico para allá, se compró una cámara Fuji y comenzó a recoger el testimonio de lo que iba viendo, viviendo, de los cubanos que encontraba por aquellos rumbos.

Años atrás, antes de irse de Cuba, había realizado a dos cámaras (con Claudio Fuentes) la serie Con lechuga, jamón y petit pois. La idea era hacer desnudos jugando a acercarse y alejarse lo más posible del desnudo clásico y del tipo de desnudo en la fotografía cubana de estudio. Los modelos fueron amigos dispuestos a colaborar y el resultado demostró las muchas afinidades de ambos fotógrafos, que habían estudiado juntos y compartían la preferencia por determinados estilos y visiones.

En las fotos que ahora nos muestra Leandro Feal hay, como ensimismada, una especie de obsesión por la fugacidad del tiempo y por la singularidad de cada persona, porque ningún segundo y ningún ser se habrá de repetir. Y de eso hablan también las piezas de Llópiz, porque ese intervenir en la precariedad de un fragmento, en la insignificancia de una figura y en lo mínimo del instante, es un humilde intento de "perpetuación", un breve pulso con el caos y con la disolución de las formas.

Los ojos, quizás, son los que han hallado tras una larga pesquisa de las manos, y el hallazgo no puede ser contado por la voz y no llega hasta que no llega el espectador.

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