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'Jacuzzi' en Madrid, la catarsis de Yunior García Aguilera

La obra, que nació autobiográfica, necesariamente tenía que cambiar, porque ni Cuba ni su autor son los mismos hoy

Yunior García Aguilera y Claudia Álvarez, en una escena de 'Jacuzzi', exhibida el pasado viernes en Madrid. (Gabriel Guerra Bianchini)
Yaiza Santos

10 de octubre 2022 - 22:14

Madrid/Era previsible que Jacuzzi, con una única función el pasado viernes en la Sala Negra de los Teatros del Canal de Madrid, no fuera la misma que se estrenó en La Habana en 2016. La obra, que ya nació autobiográfica, necesariamente tenía que cambiar, porque ni Cuba ni su autor, Yunior García Aguilera, son los mismos hoy.

Durante la representación, queda claro desde el primer minuto, donde los 33 segundos que originalmente aguantaba bajo la espuma de la bañera el protagonista, interpretado por el propio García Aguilera, son ahora 40. Los distintos números hacen referencia a su edad en cada uno de esos dos estrenos, pero no solamente. "Si yo tengo que escoger una revolución, prefiero la revolución del 33", decía el texto original, frente al del presente, que elige el año en que fue promulgada la última Constitución democrática en la Isla.

Inmediatamente después, quienes conocieron aquella obra reciben otra señal: "Ya nada que tenga que ver contigo, Yunior García, me excita", le dice Susy (Claudia Álvarez) al personaje escritor que ya no se llama Alejandro. "Fuera máscaras", es una de las frases repetidas en la escena, con una única ambientación: una bañera en torno a la cual dialogan el trío de personajes que completa Pepe (Yadier Fernández).

Con Álvarez y Fernández como contrapunto a García Aguilera, dicho sea de paso, gana la obra. Gana en pausa, en madurez, en verosimilitud.

Por un momento, daría la impresión de que es la libertad la que ha dado alas a García Aguilera para que sus personajes digan lo que dicen, y que una de las modificaciones sea un discurso ahora mucho más crítico. Pero no

La obra que nació de aquellas 15 preguntas "que no esperan respuesta", que el artista leyó en una asamblea de la Asociación Hermanos Saíz en Holguín donde estuvo presente el entonces primer secretario del Partido en la provincia, Luis Antonio Torres Iríbar (hoy con el mismo cargo en La Habana), se convierte en Madrid en un desahogo y, en cierto sentido, en una venganza.

Y no es solamente por los cambios que introduce el dramaturgo en el texto, sino por el cariz que cobran ahora, a la distancia y en el exilio, sus palabras.

Por un momento, daría la impresión de que es la libertad la que ha dado alas a García Aguilera para que sus personajes digan lo que dicen, y que una de las modificaciones sea un discurso ahora mucho más crítico. Pero no: aquellas palabras se pusieron en escena en una dictadura, por un artista que pertenecía al sistema.

Por ejemplo, la burla hacia el personaje de Pepe, el "raro" que de pequeño "se sabía de memoria la marcha del 26 de Julio" y daba con gusto loas a Fidel; o las conclusiones de Alejandro (hoy Yunior) García: "Parece que la única postura política decente es la del inconforme"; o la diatriba de Susy sobre las "señoras en licra que hacen colas sin saber para qué", los chivatos que "te denuncian por cualquier cosa", los "cobardes que con la mierda al cuello dicen ¡viva! y aplauden y levantan el puño gritando dignidad sin tener ni puta idea de lo que esa palabra significa", los muchachos "que prostituyen a sus propias novias" o las madres que "celebran que su hija adolescente se case con un anciano europeo a punto del infarto", o la apoteosis de ese personaje, cuando dice: "Este país entró en metástasis, deja que los gordos en guayabera hagan su fiesta. Aquí nada va a cambiar".

No en vano, Jacuzzi fue la obra que hizo a García Aguilera, quien ya con Sangre y Semen había demostrado su apuesta como artista incómodo, ser merecedor de atención por parte de la Seguridad del Estado. En cierto sentido, el dramaturgo que se hizo célebre por ser uno de los portavoces de la manifestación de 300 personas frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre de 2020, la cabeza de la protesta frente al Instituto Cubano de Radio y Televisión el 11 de julio de 2021 y, definitivamente, el organizador de la frustrada marcha del 15 de noviembre de 2021 a través de la plataforma Archipiélago, nació con Jacuzzi.

Después de colar algo de ello en algún diálogo –"cuéntale, cuéntale lo de la manifestación de los 300 en la escalinata del ministerio"–, en su último monólogo, el personaje Yunior García rompe la cuarta pared y se dirige al público para contarle lo que ha pasado en estos últimos años. "Cuando yo escribí esta obra, todavía podía hacer teatro en Cuba", comienza diciendo. La vieja catarsis de los griegos cambia de bando, del público al actor.

Así, Yunior García clama explicando la estupefacción de convertirse en blanco de calumnias y difamaciones por los medios oficiales y tener que enfrentar las amenazas –como aquellas palomas muertas en su puerta– y a las hordas que rodearon su casa, para después, aguantar que lo llamaran "cobarde", en clara alusión a su marcha intempestiva a Madrid.

En su último monólogo, el personaje Yunior García rompe la cuarta pared y se dirige al público para contarle lo que ha pasado en estos últimos años

Ha dicho el dramaturgo en una entrevista estos días algo muy revelador: "No sé hasta qué punto el personaje era un reflejo mío o yo me he convertido en un reflejo de ese personaje, aunque fuera yo mismo".

Un personaje que decía y dice "me vi a mí mismo no como me ven los demás, sino como soy, y no me gusta lo que soy", que dice haber sentido "el miedo con mayúscula, el miedo que se te mete por las uñas", que confiesa que "en este momento de mi vida no puedo ni amar ni ser amigo de nadie". Un personaje al que le advierten, admonitoriamente: "Nadie en este país vale una sola gota de tu sangre".

A Yunior García le habría gustado ser "un cubano normal". Veo en ésta otra frase: lo que le habría gustado es vivir en un país "normal", dedicado a su arte como cualquier otro artista, pero nadie puede elegir dónde nace, solo las batallas que decide dar.

Al final de la representación, el viernes, el público –mayoritariamente cubano– aplaudió de pie varios minutos. A los actores les arrojaron rosas blancas –esa flor que no dejaron a García Aguillera pasear por las calles de La Habana–. Queda por saber qué acogida tendría la obra en un público mayoritariamente español.

Al igual que el apartamento y la bañera de la obra no son ni un penthouse ni un jacuzzi, Cuba no es el lugar que cree aún demasiada gente, donde se obró un milagro hace 63 años, un sitio "feliz a pesar de todo". Más representaciones de Jacuzzi ayudarían a la gente a enterarse mejor.

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