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El caótico reinado de los guardias rojos cumple medio siglo

Un póster que reza "Quien se oponga al presidente Mao será aplastado" puesto a la venta junto a otros objetos de la época de Mao Zedong en el mercado Panjiayuan en Pekín (China). (EFE/Rolex Dela Pena)
Antonio Broto

12 de mayo 2016 - 12:10

Pekín/(EFE).- El 16 de mayo China cumple, con el silencio habitual que dedica a los episodios más oscuros de su historia, el 50 aniversario del inicio de la Revolución Cultural (1966-76), en la que jóvenes guardias rojos enardecidos por un culto mesiánico hacia Mao Zedong sumieron al país en el caos.

Cientos de miles de personas -la escritora Jung Chang habla de tres millones en su célebre biografía de Mao- murieron en esa década de terror, muchos quitándose la vida al sufrir la humillación pública o verse exiliados en remotas regiones rurales.

Adornada por eslóganes y carteles de un Mao divinizado, la revolución fue una soterrada guerra civil de cientos de facciones que destrozó la economía, la cultura y la sociedad del país, en el que las secuelas aún perviven en la generación que la vivió, mientras las posteriores apenas saben de ella.

La revolución fue una soterrada guerra civil de cientos de facciones que destrozó la economía, la cultura y la sociedad del país, en el que las secuelas aún perviven en la generación que la vivió

La "notificación del 16 de mayo" de 1966, en la que el Gran Timonel pedía acabar con los "revisionistas contrarrevolucionarios", dio comienzo oficial al experimento.

Mao bendecía con ello que los jóvenes se rebelaran contra el orden establecido, tras lo cual estudiantes de instituto y universidad se convirtieron en guardias rojos dispuestos a insultar a sus profesores o torturarles hasta la muerte.

"Se colocaban muchos dazibaos (tradicionales carteles chinos con grandes letras) denunciando a profesores y rectores, incluso acusándoles de promiscuidad, lo que demonizó a mucha gente", recordó a Efe el historiador Mi Hedu, cronista de aquella época.

Esa guerra en las aulas se trasladó a las calles, con manifestaciones multitudinarias de apoyo a Mao en las que los jóvenes blandían su icónico Libro Rojo.

Luego llegaron las llamadas a golpear la cultura tradicional china, también considerada contrarrevolucionaria, lo que se tradujo en destrucciones de bibliotecas, monasterios -en Tíbet quedaron en pie sólo 8 de los 6.000 que había- o reliquias como las tumbas de la familia de Confucio, que fueron profanadas.

Luego llegaron las llamadas a golpear la cultura tradicional china, también considerada contrarrevolucionaria, lo que se tradujo en destrucciones de bibliotecas, monasterios o reliquias

El desorden reinante esos primeros años, en el que hijos denunciaban a padres por mostrar su fidelidad a Mao, dificulta los intentos por explicar el fenómeno y sus orígenes, aunque algunos historiadores suelen apuntar a una estrategia del Gran Timonel que se le fue de las manos.

Mao había demostrado ser un nefasto estadista en los 50, cuando sus políticas del Gran Salto Adelante habían causado hambrunas con decenas de millones de muertos, lo que le había relegado a un segundo plano en los comienzos de los 60, en favor de políticos más moderados y eficientes como Deng Xiaoping o Liu Shaoqi.

Ello, unido a un similar proceso en la Unión Soviética tras la muerte de Stalin y el advenimiento de Nikita Jrushev, exacerbó los miedos y complejos de Mao, quien decidió dar un golpe de mano para demostrar que, pese a ser entonces ya septuagenario, continuaba siendo el héroe revolucionario que había ganado tres guerras.

Dirigiéndose a los jóvenes, a quienes mostró que seguía tan en forma como ellos con su famoso baño en el río Yangtsé en julio de 1966, y con el apoyo de su esposa Jiang Qing y de su viejo compañero de trincheras Lin Biao, Mao animó a los guardias rojos a ser rebeldes, a veces sin causa.

Cuando Deng y Liu -quien murió en prisión en 1969- cayeron en desgracia, el gran objetivo de Mao se había cumplido y la Revolución Cultural fue perdiendo fuerza a partir de 1968, cuando el Gran Timonel animó a los guardias rojos a ir al campo para extender la revolución, lo que de paso pacificó ciudades como Pekín.

Esa estrategia produjo nuevas catástrofes, dado que las universidades se cerraron durante varios años y muchos estudiantes e intelectuales murieron en las duras condiciones de la China rural para las que algunos no estaban preparados, con lo que se perdió una generación de clases educadas.

Mao había demostrado ser un nefasto estadista en los 50, cuando sus políticas del Gran Salto Adelante habían causado hambrunas con decenas de millones de muertos

Mao murió enfermo en septiembre de 1976, sin que su responsabilidad en los desmanes se reconociera públicamente, y fueron más bien sus lugartenientes, su esposa Jiang Qing y Lin Biao, quienes se llevaron las culpas oficiales.

Lin, mano derecha de Mao, acabó envuelto en nuevas luchas de facciones y murió en 1971 en un misterioso accidente de avión en Mongolia Interior, al parecer en su huida tras un fallido intento de golpe de Estado.

Jiang fue juzgada en 1981 en el famoso proceso a la Banda de los Cuatro y condenada a cadena perpetua, aunque se quitó la vida el 14 de mayo de 1991, casi a los 25 años exactos de que la Revolución Cultural se iniciara con aquella notificación de 1966.

Irónicamente, Deng Xiaoping, que para algunos fue el objetivo por el que Mao diseñó la Revolución Cultural, acabaría dirigiendo China a la muerte de éste, pero el Pequeño Timonel no mostró excesivo revanchismo hacia su antecesor, a quien resumió con su famosa cita "fue un 70 por ciento bueno y un 30 por cien malo".

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