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Díaz-Canel llama “parafernalia” a la democracia, la prensa libre y los derechos humanos

Salen más detalles de la entrevista con NBC: el gobernante cubano eludió cualquier autocrítica, negó la existencia de presos políticos y atribuyó la crisis a EE UU

Díaz-Canel durante la entrevista emitida por NBC este domingo. / EFE/ Captura
Yunior García

13 de abril 2026 - 04:42

Madrid/La cadena estadounidense NBC publicó este domingo la entrevista completa al gobernante cubano Miguel Díaz-Canel, conducida por la periodista Kristen Welker en el programa Meet the Press

Poco habituado a enfrentarse a la prensa extranjera –hasta ahora se ha movido casi exclusivamente entre medios oficiales o interlocutores internacionales afines al régimen–, Díaz-Canel respondió con aspereza y se refugió en el repertorio más gastado del poder cubano. A lo largo de más de 50 minutos no asumió una sola responsabilidad política por el deterioro del país. Al contrario, defendió la continuidad del sistema, rechazó cualquier condicionamiento de Washington y se presentó como parte de una “dirección colegiada” dispuesta incluso a “dar la vida por la Revolución”.

Ante las amenazas de Donald Trump, Díaz-Canel da a entender además que el lenguaje agresivo contra Cuba no ha salido solo del presidente estadounidense, sino también de otros miembros de su Administración, en una alusión apenas velada a Marco Rubio, a quien evita mencionar por nombre en ese tramo de la entrevista. En vez de aprovechar el espacio para rebajar tensiones o esbozar una salida política, el mandatario vuelve a instalarse en el terreno de la resistencia, la plaza sitiada y la nación permanentemente en guardia. Un gobernante serio habría hablado de desescalada, legalidad internacional y protección de civiles. Díaz-Canel, en cambio, prefirió la liturgia del mártir y la utilización de la población como retaguardia de la doctrina de “guerra de todo el pueblo”.

Ante las amenazas de Donald Trump, Díaz-Canel da a entender además que el lenguaje agresivo contra Cuba no ha salido solo del presidente estadounidense

El mandatario cubano evita trazar paralelos entre Cuba y otros países y se refugia en la singularidad histórica de la Isla, pero esa cautela no logra borrar un hecho incómodo reciente. La doctrina de la “unión cívico-militar”, que el chavismo copió del castrismo, ya mostró en Caracas su fracaso más estruendoso.

En el tramo dedicado al combustible, Díaz-Canel admite, quizá con más claridad que en cualquier otro momento de la entrevista, la magnitud de la precariedad energética cubana. Reconoce que el buque ruso recién llegado “solo cubrirá un tercio de las necesidades mensuales de petróleo de Cuba”, que ese crudo todavía debe ser refinado y distribuido, y que buena parte se destinará a recuperar 1.200 megavatios fuera de servicio desde hace cuatro meses. A partir de ahí intenta envolver la dependencia de la Isla respecto a Rusia en un lenguaje de resistencia y soberanía, pero lo que queda en pie es la confesión de un país que no puede sostener su economía ni su sistema eléctrico sin auxilio externo inmediato.

Cuando la periodista le pregunta si asume alguna responsabilidad por “el dolor que están experimentando los cubanos”, Díaz-Canel no ofrece una sola admisión concreta sobre mala gestión, errores de diseño económico, ineficiencia estatal o trabas internas. Se limita a devolver la pregunta: “¿Cuál es la causa principal de ese sufrimiento?”. Su respuesta es esquiva: “No es culpa del Gobierno cubano”. Con esa afirmación cancela de golpe cualquier examen serio sobre el papel del Estado en el colapso eléctrico, la escasez de alimentos, la falta de medicinas o la emigración masiva.

Su evasiva resulta todavía más evidente cuando se aborda la pobreza visible en La Habana, los apagones de 20 horas o la salida de cientos de miles de cubanos. Reconoce que “nuestro pueblo está viviendo condiciones muy duras a diario”, pero evita conectar ese sufrimiento con un modelo centralizado, improductivo y políticamente cerrado. Prefiere describir a la población como un sujeto resistente. “El pueblo cubano se siente frustrado”, sí, pero “la mayoría del pueblo cubano no culpa al Gobierno cubano”. La afirmación contradice lo que puede comprobarse en las redes sociales e incluso en las calles, donde cada vez son más los ciudadanos que rechazan abiertamente no solo su gestión, sino también la estructura de poder que la sostiene.

Cuando NBC enumera algunas de las exigencias que Washington suele colocar sobre la mesa –liberación de presos políticos, elecciones multipartidistas, sindicatos independientes y prensa libre–, Díaz-Canel responde con una mezcla de negación y desprecio. Primero asegura que “nadie” le ha planteado esas demandas. Después deja claro que, en cualquier caso, el sistema político cubano y el “orden constitucional” no están sujetos a negociación.

Lo más revelador llega cuando reduce la democracia, los derechos humanos, la libertad de prensa y la autonomía sindical a una simple “parafernalia” de conceptos manipulados y cargados de “prejuicios”. Es decir, no rebate las acusaciones, no ofrece pruebas y no entra al fondo del asunto. Se limita a desacreditar de antemano el lenguaje con que se le cuestiona. Su salida final –“no tenemos tiempo ahora”, “nos tomaría mucho tiempo discutirlo”– termina de retratar la maniobra.

NBC insiste, menciona a Maykel 'Osorbo' y sitúa en más de 1.200 los encarcelados por razones políticas. “Es una gran mentira”, responde el mandatario

NBC insiste, menciona a Maykel Osorbo y sitúa en más de 1.200 los encarcelados por razones políticas. “Es una gran mentira”, responde el mandatario. Según su versión, en Cuba no se castiga la protesta, sino el vandalismo y la subversión alentada desde el exterior. Pero basta revisar uno a uno los expedientes, las acusaciones y las condenas impuestas a manifestantes, artistas, opositores y activistas para comprobar que quien falsea la realidad es el propio Díaz-Canel.

En el terreno diplomático, el gobernante se muestra abierto a negociar con Estados Unidos, pero bajo una condición absoluta: que no se toque “nuestro sistema político” ni “nuestro orden constitucional”. Asegura que el diálogo y los acuerdos “son posibles, pero son difíciles”, y enumera áreas de cooperación como migración, narcotráfico, terrorismo o inversiones. 

Uno de los momentos más reveladores llega al final. Cuando le preguntan si estaría dispuesto a dimitir para “salvar a Cuba”, Díaz-Canel responde, irritado, con una frase que resume la esencia de toda la entrevista: “El concepto de que los revolucionarios abandonen y renuncien no forma parte de nuestro vocabulario”.

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