Fidel Castro y los fantasmas nazis de la Revolución
Hoy como ayer
La misma propaganda que durante seis décadas tachó de fascistas a disidentes y exiliados pagó en 1962 a veteranos de las SS para entrenar a sus soldados
Madrid/Una investigación del servicio de inteligencia alemán, publicada en 2012, documenta que en plena Crisis de los Misiles La Habana reclutó a veteranos de las Waffen-SS y buscó armas a través de traficantes de la extrema derecha alemana.
El 25 de octubre de 1962, mientras el mundo contenía la respiración ante los misiles soviéticos en Cuba, cuatro antiguos oficiales de las Waffen-SS recibieron en Alemania Occidental instrucciones para embarcar rumbo a La Habana. Viajaban contratados por la Revolución para entrenar a sus tropas.
Al día siguiente, el Servicio Federal de Inteligencia de Alemania Occidental, el BND, cerró un informe confidencial con un asunto insólito: “Tráfico ilegal de armas; suministro de subfusiles a Cuba y reclutamiento de instructores para Cuba en Alemania Occidental”. El documento figura en un volumen sobre la Crisis de los Misiles que la agencia publicó hace catorce años, con transcripciones y facsímiles de sus archivos. Cualquiera puede consultarlo. La historiografía oficial cubana ha preferido no hacerlo.
Conviene tomarlo en serio. Un informe de inteligencia trabaja con hechos observados, fechas y fuentes, y el BND demostró en Cuba una capacidad notable. En marzo de 1961 ya informaba de la llegada a la Isla de una misión soviética de especialistas en cohetes. En junio de ese año, un informante describió la descarga en el puerto de La Habana de “cuatro grandes objetos” que tomó por misiles. Un alto funcionario del Banco Nacional, la institución que Ernesto Che Guevara había presidido hasta pocos meses antes, se lo confirmó al BND: “No me sorprendería, sé que algo así está en juego”.
A finales de agosto de 1962, una fuente cubana que la agencia consideraba especialmente fiable advirtió de que las bases de lanzamiento estarían operativas “para finales de noviembre”. Los aviones espía U-2 no fotografiaron las rampas hasta el 14 de octubre. En noviembre, el viceprimer ministro soviético Anastás Mikoyán le dijo a Castro que la primera alerta sobre los misiles había llegado de la inteligencia de Alemania Occidental, un testimonio que el BND considera aún pendiente de verificación.
Los cuatro instructores pertenecían a una asociación de ayuda mutua de veteranos de las Waffen-SS, el cuerpo de Heinrich Himmler declarado organización criminal en Núremberg
Esa red de informantes detectó también el reclutamiento. Según el documento del 26 de octubre, los cuatro instructores pertenecían a una asociación de ayuda mutua de veteranos de las Waffen-SS, el cuerpo de Heinrich Himmler declarado organización criminal en Núremberg. El encargo cubano era preciso: “Se buscan con máxima urgencia, para empleo inmediato, oficiales paracaidistas, oficiales de las Waffen-SS y especialistas de las antiguas tropas técnicas”. La paga, 1.000 marcos al mes en moneda cubana y otros 1.000 en la divisa que eligieran, depositados en una cuenta en Europa, cuadruplicaba el salario medio alemán. Otro informe indica que al menos dos de ellos llegaron a Cuba.
Bodo Hechelhammer, historiador del BND y editor del volumen, lo resumió así: el ejército revolucionario cubano no tuvo miedo de contaminarse con personal de pasado nazi, siempre que sirviera a sus objetivos. En el facsímil del original, una barra negra todavía oculta de dónde procedían los reclutados.
La agencia siguió además el rastro de 4.000 subfusiles belgas que un grupo de traficantes encabezado por Otto Ernst Remer y Ernst-Wilhelm Springer pensaba introducir de contrabando en Alemania Occidental a finales de octubre. Remer fue el oficial que el 20 de julio de 1944 sofocó en Berlín la conspiración de Stauffenberg contra Hitler; tras la guerra cofundó un partido neonazi ilegalizado en 1952 y huyó a un país árabe. Springer había pertenecido a la Oficina Central de Seguridad del Reich, el aparato que incluía a la Gestapo. Ambos se instalaron en la capital de Siria, Damasco, y se dedicaron al comercio de armas.
En junio de 1962, cuando el informante del BND dio la primera alerta, el cargamento iba destinado a Argelia. A finales de octubre, su destino era Cuba: el representante en Bonn del Frente de Liberación Nacional argelino, el FLN, debía enviarlo a puertos alemanes para embarcarlo hacia La Habana. Las vías que el FLN llevaba “años” utilizando con Springer y Remer, escribió la agencia, “se usan ahora también para Cuba”. El BND se preguntaba si detrás había “acuerdos políticos entre Argelia y Cuba” o la mano de “mandantes del Este”.
Sería ingenuo pensar que todo ocurrió a espaldas de Fidel Castro. En 1962 ninguna decisión militar de peso escapaba a su control
Las fechas ayudan a entender la prisa de La Habana. La ayuda soviética llegaba desde 1960, aunque con altibajos: en enero de 1961, el BND describía a Castro como un “factor de incertidumbre especialmente grande” para Moscú, y en la primavera de 1962 registraba un “enfriamiento” entre ambos gobiernos. Desde el verano, el Kremlin volcó en la Isla armas y miles de expertos, hasta que el bloqueo naval decretado por John F. Kennedy el 22 de octubre cortó el flujo: catorce cargueros que debían zarpar hacia Cuba desde el puerto polaco de Gdynia fueron llamados de vuelta o descargados. Ese mismo día, el informante empezó a detallar el desvío de los subfusiles. Días después, Nikita Jruschov pactó con Kennedy la retirada de los misiles sin consultar a Castro.
Las autoridades alemanas actuaron para incautar el cargamento y no consta que llegara. Queda, en cambio, constancia de la voluntad cubana de obtenerlo.
Tampoco hay pruebas de que La Habana recurriera de nuevo a estas redes, pero sí motivos para sospecharlo. En esos años, el régimen estrechó a toda prisa sus lazos con Argelia y con el Egipto de Nasser, dos destinos habituales de traficantes y asesores con pasado nazi (El Cairo llegó a contratar a ingenieros del antiguo programa de cohetes del Reich). A través de esos aliados, Cuba tenía a mano mercados donde nadie preguntaba por la hoja de servicios de quien vendía o enseñaba.
Sería ingenuo pensar que todo ocurrió a espaldas de Fidel Castro. En 1962 ninguna decisión militar de peso escapaba a su control, y un aparato de inteligencia capaz de vigilar cada paso del exilio en Miami difícilmente ignoraba a quién contrataba para entrenar a sus soldados. Los eligieron, precisamente, por su experiencia en una guerra moderna.
Hubo, además, una ironía. La agencia que vigilaba a los antiguos SS reclutados por La Habana la dirigía Reinhard Gehlen, ex jefe de inteligencia de Hitler en el frente oriental, que aconsejaba a Washington un ataque preventivo contra Cuba. Había antiguos nazis a ambos lados del tablero.
La misma propaganda que durante seis décadas ha llamado “fascistas” a disidentes y exiliados pagó en 1962 a veteranos de las SS para que entrenaran a sus soldados
Karl Marx escribió que “es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad”. Con esa vara, la Revolución cubana aparece como un régimen dispuesto a estrechar cualquier mano para mantenerse a flote. Decretó luto oficial de tres días por la muerte Franco. Defendió en la ONU a la junta argentina de Videla. Sostuvo con miles de soldados a Mengistu en Etiopía durante el Terror Rojo. Presidiendo los No Alineados, votó con Moscú contra la resolución que exigía la retirada de las tropas rusas de Afganistán. Un departamento de su Ministerio del Interior se asoció con el cartel de Medellín, y en 1989 el régimen fusiló al general Arnaldo Ochoa para lavarse la cara. Respaldó a Guyana frente a Venezuela hasta que el petróleo chavista empezó a sostener la isla. Hoy, mientras Delcy Rodríguez califica de “histórica” su reunión con Donald Trump, cabe imaginar que los herederos de quien se burlaba del “hermano Obama” descubran pronto a un “compañero Trump”.
La misma propaganda que durante seis décadas ha llamado “fascistas” a disidentes y exiliados pagó en 1962 a veteranos de las SS para que entrenaran a sus soldados. La barra negra del archivo alemán todavía esconde el origen de aquellos hombres. Ya no esconde la naturaleza de quienes los contrataron: una revolución que nunca tuvo principios, sino socios, y a la que su propio canon obliga a juzgar por lo que hizo.