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Hipocresías, delirios y decepciones... Solo Carney salvó la reunión en Davos

Columna

La opción para resistir a los autoritarios no consiste en la atomización alocada o el globalismo nihilista, sino en la sabia mezcla entre principios y pragmatismo

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza. / EFE/EPA/Gian Ehrenzeller
Federico Hernández Aguilar

30 de enero 2026 - 06:03

San Salvador/Generalmente celebrado en la ciudad de Davos, un complejo turístico en los Alpes suizos, el Foro Económico Mundial (FEM) reúne a empresarios e inversores de todo el mundo con líderes políticos desde 1974. El fundador de este encuentro, el controversial economista alemán Klaus Schwab, tuvo por mentor a Henry Kissinger en Harvard, posee un largo historial de acusaciones de corrupción y el año pasado se vio obligado a renunciar a la presidencia del Foro en medio de una nube de escándalos laborales y hasta sexuales.

Pero la reunión de Davos, por fortuna, consigue algo que ni siquiera la ONU logra con su desacreditada Asamblea General anual: hace sentir a los políticos que pueden hablar con más confianza y menos protocolo. Tal vez por la audiencia a la que acceden directamente con su palabra, los mandatarios suelen aprovechar el FEM para externar sus verdaderas preocupaciones, pedir apoyos y puentear la diplomacia.

La edición de este año no fue la excepción, pero con una sobrecarga inusitada de hipocresía, delirios y decepción. La hipocresía la puso, en particular, el viejo continente, con la presidenta de la Comisión Europea y el presidente de Francia a la cabeza.

La edición de este año no fue la excepción, pero con una sobrecarga inusitada de hipocresía, delirios y decepción

Tanto Ursula von der Leyen como Emmanuel Macron, por acción y omisión, son responsables protagónicos del espantoso declive europeo actual. Cuando la primera se vanagloria de haber firmado un acuerdo con el Mercado Común del Sur (Mercosur) “después de 25 años de negociaciones”, en realidad ofrece el mejor ejemplo de por qué la lenta y costosa burocracia en Bruselas suma tantos detractores. Por su lado, parecía un mal chiste oír a Macron pronunciarse por un “multilateralismo eficaz”, con casi una década gobernando su país y cooperando activamente en la ineficacia del multilateralismo de su continente. Si Vladimir Putin y Pedro Sánchez hubieran llegado a Davos, el cuarteto más desastroso del último medio siglo en Europa habría estado completo.

Los delirios del foro, por supuesto, corrieron por cuenta de Donald Trump. Su hiperbólico y enmarañado discurso, por enésima ocasión, estuvo plagado de exageraciones, medias verdades y mentiras completas. Afirmó que la inflación “ha sido derrotada” en Estados Unidos, que los norteamericanos están “muy contentos” con él y que después de la II Guerra Mundial su país había “devuelto” Groenlandia a Dinamarca, como si en algún momento la isla ártica hubiera cambiado de propietario. Volvió a repetir que en 2020 había perdido contra Joe Biden en unas “elecciones amañadas”, que ha logrado resolver “ocho guerras” y que “los medios de comunicación —críticos con él— son terribles”.

Al día siguiente, como broche de oro, Trump montó una insólita ceremonia junto a otros 19 jefes de Estado y funcionarios para anunciar la creación de una especie de corporación internacional para la paz. Tras llamarla “una de las organizaciones más relevantes jamás creadas”, procedió a pedir que firmaran su estatuto varios de los líderes presentes. Pocas horas después, según cuenta el periodista mexicano Jesús Esquivel, el propio mandatario estadounidense, visiblemente molesto, habría calificado de “un montón de bebés” a esa Junta de Paz, en referencia al tipo de países que de momento la componen, como Kazajstán, Bahréin, Paraguay, Kosovo, Hungría, Marruecos, Pakistán y Argentina, entre otros.

Este último país, por cierto, presidido por Javier Milei, tuvo una participación decepcionante en Davos. Y no porque el gobernante argentino ofreciera un mal contenido en su discurso, sino porque ninguna de las bellas premisas que compartió sobre la ética, la libertad individual y la eficiencia dinámica es respetada por esos “amigos” que en 2025 mencionó como parte de esa supuesta “alianza internacional de naciones que creen en las ideas de la libertad”, donde incluye al húngaro Orbán, al salvadoreño Bukele y al mismísimo Donald Trump. Si a estos tres personajes Milei los considera defensores del “libertarismo” que él dice abrazar, su admirado Murray Rothbard debe estar retorciéndose en la tumba.

La agradable sorpresa en Davos la dio el primer ministro de Canadá, el economista Mark Carney, quien tal vez fue el único asistente que deleitó con un verdadero discurso de estadista. Carney tiene la ventaja de ser un recién llegado, con buenos antecedentes administrativos y el primer gobernante canadiense en llegar a su cargo sin haberse postulado nunca a un puesto electivo. Al igual que Trump, no procede del establishment, pero tiene la fortuna de encontrarse a años luz del temperamento y las ideas de su homólogo estadounidense.

Carney tiene la ventaja de ser un recién llegado, con buenos antecedentes administrativos y el primer gobernante canadiense en llegar a su cargo sin haberse postulado nunca a un puesto electivo

“El poder de los que tienen menos poder comienza con la honestidad”, dijo Carney en francés, al inicio de su alocución, para luego retomar el inglés. Citó a Tucídides, se sirvió limpiamente de una hermosa analogía de Václav Havel sobre la sumisión de las mayorías durante el comunismo y expresó lo que muy pocos líderes mundiales se han atrevido a decir: “Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa, que los más fuertes se eximían cuando les convenía…”. Incluso mencionó “los riesgos de una integración global extrema”.

Carney entiende el problema de fondo y acierta con la elegancia en las formas de abordarlo. También pudo haber dicho que Trump es solo el efecto de unas causas que el mundo se ha resistido a ver. La opción para resistir a los autoritarios no consiste en la atomización alocada o el globalismo nihilista, sino en la sabia mezcla entre principios y pragmatismo. Gracias a esta sola intervención, la edición 2026 de Davos valió la pena.

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